Opinion · Postdatas

Uno dei nostri

Aunque Cristina Cifuentes quedó absolutamente desenmascarada por el rector de la Universidad Juan Carlos I, Javier Ramos, que aseguró que la memoria del Trabajo de Fin de Máster de la susodicha no fue remitida ni la defensa de dicho trabajo realizada, y que el archivo obligatorio del acta en el servicio de posgrado tampoco se produjo, la presidenta de la Comunidad de Madrid reaccionó anunciando que no piensa dimitir porque “no he mentido en nada”.

Y explicó su enroque: “Todas las cuestiones que se han conocido pertenecen exclusivamente al ámbito de gestión de administración de la Universidad. Es la propia Universidad quien lo tiene que aclarar. Yo presente mi trabajo delante de tres personas…”.

Pero, tras echar balones fuera en dirección a la portería de la propia Universidad, Cifuentes se envalentonó: “Que los tribunales lleguen hasta el final y determinen las responsabilidades. Si aquí hay una persona interesada en que se llegue hasta el final, soy precisamente yo”.

Que Cifuentes quiera aferrarse al cargo hasta que los tribunales de justicia decidan sobre lo que parece más que evidente, era hasta cierto punto previsible.

Es costumbre muy extendida en el PP aguantar a la espera de que un juez amigo o una de las muchas vírgenes de imaginario popular –preferente la del Rocío- le salve a uno los muebles.

Y la asunción de responsabilidades políticas y la conjugación del verbo ruso dimitir no forman parte del ADN del homus genovensis.

Pero que la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, arranque la convención nacional de su partido en Sevilla con una defensa de Cifuentes –eso sí, sin mencionarla, no vaya a mancharse- es una señal inequívoca de que la metástasis de la corrupción ha afectado al sentido común de los principales líderes populares.

“Hay que apoyar lo nuestro, a los nuestros”, porque “van a tratar de desacreditarnos, de que lleguemos a las urnas cansados, desmoralizados”, dijo en un perfecto castellano.

En siciliano (italiano) se diría algo así como“bisogna appoggiare ciò che è nostro, appoggiare i nostri”, perché “tenteranno di screditarci, di farsi arrivare alle urne stanchi, demoralizzati”.

En el contexto donde lo dijo, esta traducción es más que pertinente, ¿no?

De la misma forma, tampoco tiene mucho sentido las manifestaciones de Ignacio Aguado, portavoz de Ciudadanos en la Asamblea de Madrid, que, ante la moción de censura del PSOE –apoyada por Podemos-, anda haciéndose solitarios filosóficos sobre la verdad.

¿Qué es la verdad? Desde Sócrates a Platón, pasando por Aristóteles, Spinoza y Ortega y Gasset, y terminando con Homer Simpson, la verdad sería que Cifuentes representa el punto y final del intento regenerador del PP de Madrid, que ha sido sinónimo de corrupción durante una década larga con los principales colaboradores de Esperanza Aguirre, lideresa indiscutible del peperismocapitalino entre 2004 y 2016, en el talego –Ignacio González y Granados y Francisco Granados-.

Esa verdad indiscutible no se soslaya con otra salida a la murciana: quítame a esta y ponme a otro. Ciudadanos tiene que demostrar que su proyecto reformista no se presta a pasteleos y es independiente, y debe responder para ello sin tacticismos a la moción de censura que encabezará el socialista Ángel Gabilondo para poner a la Comunidad de Madrid lejos del bandolerismo político imperante.

Si no, será como me temía desde el principio: Ciudadanos pasará de ser socio a ser cómplice del PP, porque Cifuentes no deja de ser  “uno de los nuestros” también para ellos, ¿no?

En siciliano (italiano) es “uno dei nostri”, con música de Nino Rota.