Opinion · Postdatas

Cataluña: los extremos se tocan

La irrupción de Quim Torra, un racista de tomo y lomo, un supremacista de campeonato, un xenófobo superlativo, como nuevo presidente de la Generalitatme dejó estupefacto.

Yo era de los pensaban que, superado el disparate del tomate de Puigdemont, los independentistas elegirían a alguien capaz de sacarles del callejón sin salida donde se metieron ellos solitos el 1-O, camino de una república independiente a ninguna parte.

Pero me equivoqué. Puigdemont, que fue el artista que señaló a la criatura, escogió a Torra, un ser humano con alma de marioneta que, haciendo honor a su condición, conformó un Gobierno teledirigido desde tierras bávaras a golpe de consellers fugados y encarcelados, y reivindicó la república independiente con dos collons.

Ni que decir tiene que el Gobierno, el PSOE y Ciudadanos pactaron de inmediato afilar el 155 para endurecerlo, con TV3 entre ceja y ceja.

En definitiva, una nueva reedición de ‘los extremos se tocan’. Por un lado, están los independentistas, que se han empeñado en convertir Cataluña en un lugar inhóspito para la convivencia en paz y para la prosperidad.

Es como si todos se hubieran vuelto locos, y quisieran transformar Cataluña en un gran manicomio de esteladas y prozac.

Y por otro está Ciudadanos, que ha arrebatado al PP el liderazgo en la derecha y que se ha convertido en parte del problema catalán.

Y me explico: con su discurso e iniciativas, de un nacionalismo español populista en lo territorial y de un ultraliberalismo sin complejos en lo económico y en lo social, Cataluña va directo al al precipicio.

El nuevo patriotismo que abandera Rivera, rematado el pasado domingo con el himno de Marta Sánchez y con un mensaje de apoyo grabado por Manuel Valls –un traidor a los suyos se mire por donde se mire-, parece encaminado a defender una España sin media Cataluña, o, mejor dicho, una España con media Cataluña cabreada.

Frente a Rivera y lo que representa, Rajoy, tocado y hundido por la corrupción que ha devorado al PP por los cuatro costados, parece un moderado, un centrista.

Debe ser que ya la pifió bastante cuando dejó crecer y crecer la bola independentista, y ahora intentar pescar en los caladeros patrios le resulta misión imposible.

Ahí, el naranjito dicharachero le ha robado la de Ubrique. Pero quiero creer que el gallego aún le queda un puntito de sentido de la responsabilidad y no quiere dejar a España sin media Cataluña.

Mientras tanto, el PSOE de Pedro Sánchez se mantiene al lado del Gobierno, tal como les gusta a los barones socialistas más críticos, que están ahora inmersos en una guerra más soterrada que descarada contra él. Eso sí, siguen pagando puntualmente el fuego amigo y practicando el lenguaje taurino.

Así no es de extrañar que el gran servicio a la unidad de España que está protagonizando Pedro Sánchez no se refleje en las encuestas patrocinadas por Telefónica y el Banco de Santander, que, como es sabido, apuestan por Rivera, un valor bursátil más seguro.

Aparte del tradicional cainismo socialista, que veremos a ver si no llega a las playas andaluzas, el actual PSOE peca de una inflación de federales de chichinabo que, a veces, no saben ni donde están de pie.

En cuanto a Unidos Podemos, pues que quieren que les diga: yace volcado en la cuneta y no está para nada. Lo de la casita con vistas de Irene Montero y Pablo Iglesias para criar a sus churumbeles va camino del esperpento ahora que ha derivado en una especie de plebiscito entre las bases sobre la continuidad de ambos dos. ¿Pero hay alguien que se lo vaya a tomar de verdad en serio? ¿Por qué no abrir mejor una crowfunding para pagarles del tirón la hipoteca y acabar con el follón?

Aunque lo ganen, que lo ganarán, Podemos se ha pegado un tiro en cada pie, con cascabeles.

Lo normal es que en las próximas encuestas reciban un bajonazo, que, como es evidente, permitirá a los patrocinadores otorgarles la mayoría absoluta a Ciudadanos. Sí, no se me descojonen, a Ciudadanos, que, por si no lo saben, es también un partido de izquierdas.  ¿Se imaginan a Marta Sánchez cantando la Internacional Socialista tuneada por Valls? Para llorar, ¿no? Pues eso.