Tomarse en serio Podemos (I)

 

Rodrigo Amírola, Coordinador de la Secretaría política de Podemos

César G. Mendoza, miembro del Área de Discurso de Podemos

De un tiempo a esta parte, se conocen los debates de Podemos a través de los titulares de los medios de comunicación, las redes sociales u otro tipo de intervenciones públicas poco adecuadas para profundizar en estas discusiones. Hasta cierto punto, ello nos separa de las formaciones políticas tradicionales, en las cuales no se explicitan las diferencias en abierto y con transparencia, a menos que se encuentren ante una gran crisis. Con todo, nos parece que esos medios no se adecúan al fin de las verdaderas discusiones públicas, es decir, alcanzar posibles puntos de acuerdo y delimitar las diferencias existentes. Más allá de responsabilidades individuales o acciones de mayor o menor fortuna, este hecho nos parece un síntoma de una realidad fundamental: la ausencia de condiciones mínimas para el debate al interior de la organización y de una hoja de ruta clara y compartida.

Por lo tanto, la cuestión fundamental que enfrenta Podemos no es una cuestión de tono – a la que, por otro lado, no habría que quitarle su debida importancia –, sino una de mayor profundidad: Podemos mantuvo un rumbo claro hasta el pasado 20-D cuando finalizaba la hoja de ruta establecida en Vistalegre y, a partir de entonces, va hasta cierto punto a la deriva.

Esa falta de orientación estratégica en el inédito y difícil escenario abierto el 20-D, así como la ausencia de una organización asentada y de un diagnóstico acertado y compartido de la situación son factores que explican la fluctuante trayectoria en esos meses de negociaciones de gobierno. El aumento del tedio y la apatía a nivel social ante la función parlamentaria, protagonizada por una relación ambivalente con el PSOE, se vive con insatisfacción y con un cierto anhelo permanente de regreso a “los orígenes”, a un tiempo de excepcionalidad supuestamente perdido y susceptible de ser recuperado artificialmente. Este paisaje y nuestra interacción con él como formación política explican quizás mejor la pérdida de empuje y apoyos del 26-J que ningún matiz de tono o ninguna alianza poco fructífera. En buena medida, los análisis de Carolina Bescansa y Belén Barreiro acerca de los resultados electorales de las elecciones del 20-D ya apuntaron a nuestra acción política tras la entrada en el parlamento como causa fundamental de la pérdida de apoyos. La ilusión fue el origen de nuestra fuerza y, por tanto, el desencanto puede ser nuestra mayor fuente de debilidad.

En estos momentos, aunque seguimos en el mismo impasse ya que la situación de bloqueo institucional persiste, la posibilidad de conformar un gobierno alternativo al del PP parece por momentos haberse esfumado. La implosión del PSOE en buena medida atravesada por la presencia anómala de Podemos y su contradicción fundamental como la obra por antonomasia de la Transición ha puesto de manifiesto de forma salvaje la profundidad de la crisis del régimen del 78, a la vez que certifica que Podemos está llamado a seguir teniendo un papel protagonista en el desarrollo de la misma. Tomarse en serio Podemos pasa por hacerse cargo de esta situación histórica y asumir nuestro papel en ella. Nada garantiza que nosotros seamos la oposición fundamental al PP en esta nueva etapa, nada garantiza que vayamos a ser capaces de erigir un proyecto de país alternativo y antagónico al de las viejas élites, y nada garantiza tampoco la articulación de una mayoría política que lo respalde. Todo eso, como hemos aprendido estos años, solamente nos lo ganaremos nosotros con nuestras acciones.

Nacimos como una herramienta democrática para cambiar la vida de la gente de nuestro país, y una herramienta no vale por sí misma ni en función de su autenticidad, vale en función de su utilidad. Podemos no debe reducir su condición a la de objeto decorativo cuya belleza haya que preservar y contemplar, Podemos debe ser una herramienta útil a la ciudadanía, y para ello debe mutar y adaptarse a las nuevas circunstancias políticas. Todo ello implica la necesidad de dotarse de una nueva hoja de ruta política y de un nuevo modelo organizativo ajustado a ésta. Para esto, ya no contamos con una dirección formada por un número reducido de personas, inmaculada de errores y con un criterio prácticamente unánime, sino con una organización grande y compleja, con centenares de cargos públicos en los diferentes niveles territoriales, concejales en gobiernos municipales de las principales ciudades de nuestro país miles de círculos y militantes y millares de votantes y simpatizantes.

La prioridad, ampliamente compartida en el nuevo ciclo, es la construcción de movimiento popular, aunque se puede diferir en su concreción y en los detalles, siempre fundamentales: ¿qué papel ha de jugar Podemos en ese movimiento popular más amplio? ¿Cómo relacionarse con otras fuerzas políticas y sociales desde el respeto y la autonomía para ganar autoridad en la conducción política del campo popular? ¿Cómo podemos generar sinergias entre “la institución” y “la calle”? Nosotros apostamos por el perfeccionamiento de la actividad parlamentaria como método de control al ejecutivo y a algunos resortes de poder fundamentales, por la formación permanente de cuadros políticos y técnicos, capaces de cumplir esa tarea institucional y de impulsar Podemos como una máquina de construcción social en el conflicto y también en la cotidianidad.

Frente al miedo del acuciante “cretinismo parlamentario” y la domesticación institucional creemos que nuestro mayor riesgo es dar muestras de incapacidad o falta de solvencia en el complejo desarrollo de la labor parlamentaria y de gobierno y no ser capaces de generar certezas, ni aumentar nuestra credibilidad. Lejos de conexiones sociológicas estrechas con las élites, independizados de los bancos como fuente de financiación y lejos políticamente de su único programa posible por el momento, el de regeneración del régimen del 78, la falta de solvencia puede mantenernos alejados de la mayoría social que necesitamos para transformar la sociedad.

La construcción de esa mayoría política necesita de “las que faltan”. En buena medida, éstas son personas que fueron fuertemente golpeadas por la crisis económica, se sitúan en las zonas inferiores de la escala de ingresos y forman parte importante de las tan aclamadas como poco comprendidas clases populares. Aún, en muchos casos, estas personas siguen votando a partidos viejos o se sitúan en los márgenes de la política institucional; parece que el statu quo les genera menor inseguridad que garantías les proporciona el cambio político o que no les hemos dado suficientes motivos para confiar en nosotros.  Sostener que ese motivo es una condición de outsider difícilmente identificable que se poseyó en algún pasado remoto y que no se verificó en ningún momento – por ejemplo, en ninguna convocatoria electoral anterior – parece más una fantasía ideológica que un análisis concreto de la situación concreta.

 De todos modos, esto son solo pinceladas de nuestro planteamiento. Esperamos más ideas y planteadas desde diferentes perspectivas para afinar los argumentos de uno y otro lado, y sobre todo que emerjan las diferencias políticas. Tomarse en serio Podemos pasa por discutir con argumentos, honestidad intelectual y fraternidad qué hacer ante el nuevo ciclo sin agarrarnos a viejas certezas, ni a intuiciones individuales tan geniales como poco conectadas con nuestra realidad social.