Politiquería y narcisismo

El lanzamiento de jabalina del ciclo electoral ha terminado. Podemos debe ahora ampliar y sonrisahacer real la transversalidad, esto es, debe democratizar la organización y construir /contribuir a otro sentido común. Un primer paso de cara a fomentar la participación y la pluralidad puede ser hacer campaña para aumentar a las personas inscritas y aplicar un sistema proporcional de primarias. Necesitamos articular un proyecto que consiga incorporar a mucha más gente, sobre todo a las mujeres, a los sectores más golpeados por la crisis, a las zonas rurales y a los mayores. Para conseguirlo es preciso “caminar entre precipicios”, porque solo en el equilibrio y en la tensión puede darse el cambio político y la transformación social. Los caminos seguros en política nunca transforman nada en beneficio de los de abajo. Se trata de ser muchos siendo algo diferente, una mayoría de naturaleza distinta a las mayorías del régimen del 78. Hablar de bloque histórico es hablar de los que faltan y de los que ya están, pero también es hablar de nuestra capacidad para vertebrar sectores sociales diferentes en un nuevo espacio.

Un matiz: no se trata de juntar solo a quienes viven conflictos, a quienes ya están organizados o a quienes acuden normalmente a manifestaciones. Debemos abrir el foco e incorporar también a una gran mayoría que quiere cambio, pero que no pertenece a una a sociedad civil ya organizada ni se comunica con el lenguaje y los registros propios de quienes “están en esto”. Tiene más que ver con incorporar al “cualquiera”, es decir, a quienes en tiempos de crisis hacen bascular a las sociedades. La transversalidad transformadora es aquella que supera los límites físicos de la calle  y consigue impregnarlo todo. Para armonizar a gente diferente busquemos los puntos clave que tenemos en común, porque no es necesario estar de acuerdo en todo para coincidir en lo fundamental. Eso es hoy más necesario que en 2014.

Salir de la fortaleza y formar una mayoría que sea al mismo tiempo transformadora. Si no somos transformadores lo que hagamos va a dar igual y si no somos mayoría va a dar igual lo que hagamos. En palabras de Manuel Sacristán, “la política sin ética es politiquería; y la ética sin política es narcisismo”. Así pues, el debate radical/moderado y todas sus variantes musicales o estilísticas, debería desaparecer. Ni radical, ni transversal, ni feminista, ni anticapitalista, ni ninguna otra etiqueta tiene sentido por repetirla muchas veces. Los símbolos, las identidades, la liturgia no son nada por sí mismos, solo existen si logran construir relaciones sociales a su alrededor.

Algo parecido ocurre con calles/instituciones: debemos ser una fuerza anfibia. Es necesario contar con un diseño institucional y económico; un proyecto cargado de medidas rigurosas, democráticas e innovadoras acompañadas de un buen trabajo parlamentario, junto con un cambio cultural y productivo que atraviese a la sociedad con las redes masivas de cooperativas, asesorías, servicios del común, actividades, encuentros, medios de comunicación etc… Levantando toda una economía colaborativa con fines comunes, no privados, sustrayendo tiempo-vida al circuito de valorización capitalista: eso es movimiento popular, una nueva institucionalidad, autonomía.

Partir de la realidad social quiere decir que necesitamos construir partiendo del análisis concreto de la situación concreta: cómo vive la sociedad, cómo sufre, cómo desea y se comunica, con qué se emociona, qué imaginarios sociales existen, qué composición de clase hay, etc… “Quien no entiende su reflejo no conoce al oponente” canta la Mala Rodríguez. Quien no entiende por qué alguien que vive en un barrio popular no le vota cuando dice defender sus intereses, no conoce las razones que le llevan a votar a su oponente. Repetir los manuales de la forma-partido que trata de unificar bajo su mando a “la movilización” es la salida más fácil pero no nos lleva a ningún sitio nuevo. En nuestra sociedad las posibilidades de cambio no pasan por reinventar el espacio de la izquierda, pasan por reinventar el espacio de la democracia, donde por supuesto también tiene cabida la izquierda dentro de una confederación de almas. Más que las identidades en sí, importan los espacios que se dan en el encuentro de lo diferente, es en los procesos no tutelados donde se producen cambios.

Necesitamos a quienes se llaman de izquierdas pero necesitamos mucho más que eso, necesitamos a quienes quieren vivir en un país más justo, más decente y que cuide más de su gente. De esa gente hay mucha, no renunciemos a ella, otros no lo harán. Si los de arriba atacan a la sociedad, deberíamos poder nadar en ella como pez en el agua, pasar a la ofensiva y no limitarnos a resistir. No solo dar la nota, sino componer una nueva sinfonía, no solo denunciar lo existente, sino construir otras formas de existir. Lo mismo sucede con los partidos, lo importante no es fusionar organizaciones aunque sea desde abajo, sino confluir con los dolores y deseos de la ciudadanía en toda su complejidad. Las fuerzas del cambio deben compartir espacios pero Podemos no puede disolverse en una suma de siglas y perder su independencia. “La verdad está ahí fuera”, en las corrientes subterráneas que atraviesan a la sociedad, no en los movimientos que se dan entre los partidos: el poder no teme a la izquierda ni a los partidos, el poder teme al pueblo.

La profundidad de la realidad que debemos cambiar deshace las dicotomías realidad/teatro estructura/superestructura, adentro/afuera. El capitalismo no existe como una cosa ajena, existe porque media y construye relaciones sociales de todo tipo: el capitalismo aparece como indiscutible no porque ignoremos cómo funciona el mundo,  sino porque nuestras vidas se tejen con sus relaciones e imaginario. Solo otra mediación social que forje otro tejido y otro imaginario más fuerte pueden deshacer los nudos. Por lo tanto, lo importante no es parecerse más o menos a la sociedad, sino de ser sociedad, de someterse a su mandato y avanzar  para que no retroceda. Podemos solo tiene sentido si forma parte de un movimiento de vida que consiga mover a las placas tectónicas de España y de Europa en favor de la democracia. “Renunciamos a todo menos a la victoria” no quiere decir volverse un cínico y renunciar a tus principios, es lo contrario, significa estar dispuesto a renunciar a todo por ellos. No es elegir entre una u otra, la tecla es la tensión entre ambas: conseguir que la gente se junte.