El artículo 16.3 de la Constitución Española de 1978 dice que “ninguna confesión tendrá carácter estatal.” Así que, me temo, España es inconstitucional. Aunque sobran los motivos para afirmar esto, resulta más evidente ahora que la Conferencia Episcopal ha sucumbido a una histeria de declaraciones, una especie de síndrome de Tourette mediático ciego de fe.
Hace unas semanas nos enterábamos de que la visita del Papa a Madrid en 2011 costará unos 50 millones de euros. Se trata de un viaje privado que Ratzinger realiza en calidad de líder de su Iglesia y no como jefe de Estado. Del coste total de la visita, nuestro Gobierno se ha comprometido a pagar la mitad, unos 25 millones de euros, alegando que se trata de un evento de “especial interés” (no dicen para quién). A cambio de la subvención pública para la excusión papal, la Conferencia Episcopal, por boca del omnipresente Rouco Varela, se comprometió a mantener un “perfil bajo en las críticas” contra el Gobierno. Esto, traducido al laico, quiere decir: “si nos dais dinero, dejamos de hacer campaña para la derecha”. Lo más llamativo del hecho no es el afán usurero de la Conferencia Episcopal, sino la naturalidad con que se acepta a la Iglesia como un actor político más.
La semana pasada, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dictaminó que los crucifijos en las escuelas constituyen una violación de la libertad religiosa. Como respuesta, el ministro Gabilondo declaró que deben ser los propios centros quienes decidan la simbología religiosa que colocan. ¿Por qué? ¿Qué ofrece la Iglesia a cambio esta vez? ¿Cuántos votos cuesta respetar la libertad religiosa en nuestro país? Y cuando aún no nos hemos repuesto de los crucifijos, Juan Antonio Martínez Camino, secretario de la Conferencia Episcopal, amenaza con excomulgar a todo aquel que apoye la reforma de la ley del aborto. Porque, ya se sabe, la democracia también puede ser pecaminosa.
En España, la separación entre Estado e Iglesia es todavía un ideal lejano. La Iglesia Católica es el lobby más poderoso de nuestro país, capaz de montar manifestaciones multitudinarias, capaz de levantar debates sociales y enterrarlos, capaz de condicionar políticas sociales, educacionales y fiscales. ¿Quién necesita adaptarse a los tiempos cuando se tiene dinero y poder?
El Diccionario de la RAE define alzacuellos como una “tira de tela endurecida que, ceñida al cuello, obliga a llevarlo erguido”. Que la tela, pues, maquille el pecado capital de la soberbia.
Érase una vez unos pescadores que no tenían donde pescar porque, durante décadas, habían expoliado las aguas más próximas hasta despoblarlas. Las empresas pesqueras, empujadas por el hambre insaciable del libre mercado, decidieron faenar en aguas hostiles, en la frontera de un país sin gobierno ni esperanza. Penetraron en el corazón de las tinieblas con la maximización de beneficios por bandera y la bendición de la Unión Europea.
La situación de los 36 tripulantes del Alakrana es cada día más angustiosa, y el desenlace no parece próximo ni sencillo. Los alcaldes de Bermeo, Mundaka y Santurtzi han pedido al Gobierno que “sea práctico” y entregue a los piratas detenidos. Y los partidos políticos, tras criticar al Gobierno durante días por negociar tan mal con los chantajistas, muestran ahora su apoyo incondicional al Ejecutivo. Es lo que en dramaturgia política se llama “escenificación de unidad”.
La principal obligación del Estado de Derecho es garantizar la seguridad de sus ciudadanos, incluso cuando se meten en problemas por correr riesgos indebidos. Lo que no debe hacer el Estado de Derecho es financiar esos riesgos ni apoyarlos en ningún caso. Ésta, sin embargo, es una práctica habitual que tiende a pasar inadvertida a la opinión pública hasta que una primera plana nos explota en la manos.
La polémica de la seguridad a bordo y el secuestro del Alakrana han arrinconado la verdadera pregunta: ¿a quién compensa esta situación? Los atunes no son la base de la economía española, ni de la vasca. Y sin embargo, cada cierto tiempo, decenas de hombres se embarcan en botes ultratecnológicos rumbo a un país con 8 millones de desesperados sólo para alargar la agonía de un sector en fase terminal, un modelo de negocio sin futuro alguno. Por supuesto que hay familias que viven de esa pesca, como las hay que viven de todos los sectores en decadencia, y siempre resulta dramático. Biólogos y ecologistas llevan décadas advirtiendo a voz en grito del peligro medioambiental y económico de sobreexplotar nuestros mares sin que nadie, ni empresarios ni instituciones les hayan tomado en serio.
Salvemos a esos marineros haciendo uso de todas las herramientas de que disponemos. Y, cuando estén por fin en casa, abramos un debate sobre la legitimidad de mandar hombres al abismo por el beneficio económico de unas pocas empresas. Si realmente queremos ayudar a los pescadores, invirtamos las subvenciones en reciclar a quienes no tiene más remedio que jugarse la vida por un puñado de atunes.
Quién se lo iba a decir. Casi tres décadas después del fallecimiento de su creador, Tintín se enfrenta a su más apasionante aventura. Se titula Tintín y los mojigatos; en ella, el periodista belga se las ve con una horda de malandrines llamada La Liga de Bienpensantes. Estos Bienpensantes consideran que el álbum Tintín en el Congo, publicado originalmente de 1931, es racista. Hace unos días, un miembro de la Liga pedía la retirada de tan infesto tebeo desde las páginas de Le Figaro.
Ya en 1946, el propio Hergé redibujó la totalidad del álbum eliminando las referencias colonialistas más sangrantes. Pero el buen gusto avanza que es una barbaridad, y lo que en el 46 era tolerable ahora es motivo de mojigato sonrojo. Hace dos años, la biblioteca de Brooklyn, la única de Nueva York que aún conservaba un ejemplar accesible al público, cedió a la presión de los Bienpensantes retirándolo de las estanterías. El Mein Kampf de Hitler, sin embargo, sigue siendo de libre acceso.
El joven periodista belga, me figuro, estará de lo más desconcertado. ¿Tanto mal pueden hacer mis aventuras por más que, en efecto, haya un poso racista, un cariz xenófobo, un deje cruel y despótico? Sí, responde La Liga de Bienpensantes, porque los jóvenes y jóvenas contemporáneos podrían acceder a esa pérfida historieta y descubrir que, en efecto, Europa fue declaradamente racista, xenófoba, cruel y despótica. Que el purísimo aventurero pelirrojo a lo mejor era un poco cabrón (tan cabrón, al menos, como sus conciudadanos). Arranquemos, por tanto, la prueba de las bibliotecas. Privemos del conocimiento a aquellos que, por razones económicas, sólo tiene acceso a los fondos bibliográficos públicos. Después de todo, cualquier niño rico puede pedirle el tebeo a su mamá, y ella encantada se lo comprará. No podemos, por ahora, regular lo que la gente con pasta puede leer, porque eso iría en contra del libre mercado, pero sí podemos decidir lo que los pobres pueden o no leer. Lo que deben y lo que no deben saber.
Hoy le ha tocado al tontorrón de Tintín. Dentro de 70 años, quién sabe, a lo mejor descubrimos que Pocoyó es un cabrón con pintas. La Liga de Bienpensantes seguirá ahí, vigilando nuestros muñecos.
Hace 20 veranos que vivo en el epicentro de la Aste Nagusia, las fiestas patronales de Bilbao, y nunca en mi vida había visto tantas jetas de presos etarras como este año. Las bases abertzales llegaron incluso a imprimir fotos en formato cromo para pegarlas en señales de tráfico, escaparates, cajeros, portales y papeleras. Dondequiera que mirases, había un preso de ETA devolviéndote una aviesa mirada en blanco y negro. Sin embargo, la realidad radiada fue muy distinta: en los medios, Patxi López se felicitaba por la espléndida labor que su ejecutivo venía desarrollando en la desaparición de lo que llama “espacios de impunidad”. No dudo que la intención del Gobierno Vasco sea desaparecer de las calles al nacionalismo radical, pero debería hacerse con un escrupulosos respeto democrático para no dar nuevas coartas al victimismo nacionalista.
Los socialistas y los populares decidieron no enviar representación institucional al inicio de la Aste Nagusia bilbaína porque la txupinera encargada de abrir las fiestas era hermana de un etarra. Se supuso que, dado su parentesco, esa mujer sería una fanática desalmada. Y quizá lo sea. Como quizá lo sea yo, o quizá lo sea el propio Patxi López. Pero el artículo 24 de la Constitución Española establece que todos tenemos derecho a la presunción de inocencia. Incluso los cabrones desalmados.
Acabadas las fiestas bilbaínas, Rodolfo Ares, consejero de Interior del Gobierno Vasco, ha pedido a los ayuntamientos que prohíban las txoznas (casetas) “que todos sabemos que están creadas para amparar y justificar la violencia terrorista y dar soporte social a ETA”. Y quizá sí lo sepamos todos, pero, en democracia, la certeza popular no es suficiente. Se necesitan pruebas y jueces que las avalen. El PSE es un partido autoproclamado “constitucionalista”, por lo que conocerán perfectamente el artículo 24 y sabrán, por tanto, que, cuando los poderes políticos lo obvian, las libertades civiles merman.
Casi todos en Euskadi queremos acabar con esos “espacios de impunidad”. Pero no a cualquier precio. Permítame un consejo, lehendakari: cuando mire una pancarta, una foto o una proclama y le hierva la sangre, cierre los ojos y cuente hasta 24. Ser un cabrón, recuerde, no es un delito.
Según un reciente estudio, el 15% de los jóvenes españoles votaría a un partido racista. Y según otro estudio, el 15% de los jóvenes vascos apoya la violencia por motivos políticos. Conclusión: el 15% de los jóvenes españoles son fanáticos, solo que, dependiendo de la región, apuntan sus fanatismos a objetivos distintos. La culpa, según algunos, es de la PlayStation, de Marilyn Manson y de esas películas modernas que tanto incitan a la violencia. Claro que ETA nació en tiempos de los Beatles, El Dúo Dinámico y Superratón. Y tampoco parece que la generación Tuenti sea más racista que la generación correo postal. Pero de padres gatos, ya se sabe, hijos michines. La facción más escorada de la derecha patria (y sus medios de comunicación) opina que ser como ellos es parte de nuestra idiosincrasia, y que si uno se pasa de moreno, o dice “papito”, pues español, lo que se dice español, no lo será en su vida. Y la otra derecha, la centrífuga, afirma que llenar las calles con retratos de terroristas es una cosa si no deseable, sí democráticamente tolerable (después de todo, sólo tratan de expresar su sano apoyo hacia los asesinos de su pueblo).
De modo que los españoles podemos felicitarnos por no haber ido a peor. Tras tanta reforma educativa y tantísima pedagogía política, hemos conseguido limitar el fanatismo social a un razonable 15%. Quizá Zapatero, con su proverbial optimismo antropológico, deba anunciar solemnemente que tenemos una de las intolerancias más sólidas de nuestro entorno. Los datos aportados por los estudios nos garantizan que, en el futuro, habrá un 85% de españoles que no sea explícitamente racista y un 85% de vascos que no crea que matar personas es una opción vital como otra cualquiera. La mala noticia es que, en ese futuro, los jóvenes encuestados podrán votar, dando nuevas alas a formaciones políticas xenófobas y filoterroristas. Pero bueno, oye, tampoco vamos a renunciar a todas nuestras señas de identidad.
Así las cosas, los progresistas, o lo que quede de ellos, ya pueden ir metiendo mano en sus agendas para alejar la utopía de la igualdad un par de milenios. Hasta que todos seamos iguales y pensemos igual. O hasta que el sol engulla la Tierra, lo que suceda primero.
Hace unos días, Francisco Camps comparecía ante los medios para expresar su alegría por la decisión del TSJCV. La frase anterior puede parecer correcta, pero no lo es. Porque es mentira. Lo que ocurrió realmente fue que el Partido Popular remitió a los medios un video en el que Camps comparecía ante nadie. O, más precisamente, ante una cámara operada por un trabajador subcontratado por el propio partido.
No es una práctica exclusiva del PP; el PSOE también es aficionado a artimañas semejantes (aunque algo menos). Durante la última campaña, los actos electorales eran grabados, editados y difundidos por los partidos, de manera que el material emitido por los medios era exactamente el que los partidos deseaban que se emitiera. Alguno de esos videos podría haber ganado un Goya al mejor cortometraje de ficción (si no lo hizo fue, me temo, por el poco carisma de sus protagonistas).
Hace unos años, se pusieron de moda las ruedas de prensa sin preguntas, moda que ha llegado hasta nuestros días en excelente forma. Se trata de una suerte de NO-DOs contemporáneos en que los políticos emiten su mensaje sin esas absurdas molestias periodísticas llamadas preguntas. Es un alivio, imagino, que nadie te lance tus contradicciones a la cara, que nadie ponga de manifiesto los agujeros de tu discurso o te arrastre hacia una concreción que deseas evitar.
Los políticos dependen de los medios de comunicación de masas, porque, en el fondo, ellos son y se saben personajes televisivos. Por ese motivo, la relación entre la política y los periodistas siempre será tensa. Y también por eso, los políticos recurren en ocasiones a tretas como las mencionadas. Videos pregrabados, sin periodistas, sin preguntas, donde los comparecientes puedan ensayar, errar, retomar y hacer tantas tomas como necesiten hasta quedar satisfechos. Claro que el producto resultante nunca será información por más que tenga su forma. Será otra cosa a la que convendría ponerle nombre para saber a qué atenernos. A nuestros políticos les ocurre lo mismo que a Truman Capote: que los géneros se les han quedado cortos. Capote inventó la novela de no ficción; nuestros políticos, el periodismo de no realidad. Son unos sinvanguardias.
Aprovechemos la placidez del verano, del sol y la brisa, para ejercitar un poco la imaginación. Empecemos imaginando un país donde el 18% de la población está desempleado. Un país con escándalos políticos, fraudes y cohechos que cada cierto tiempo sacuden las primeras planas nacionales. Imagina que ese país es fuente y víctima de un terrorismo provocado por antiguas tensiones territoriales. Un país con el índice de fracaso escolar más alto de su entorno. Un lugar del que los talentos más destacados huyen, en busca de entornos más favorables donde desarrollar su potencial. Un país sin apenas industrias innovadoras porque el énfasis gubernamental siempre se ha puesto en políticas económicas de bajo perfil. Un país de mano de obra, con una población orgullosamente no cualificada.
En ese país imaginario, las televisiones públicas cambian de manos caprichosamente, según quién gobierne. Allí el pueblo acepta con normalidad esta instrumentalización propagandística al grito de “¡en todas partes cuecen habas!”. Imagina que ese país tiene su historia reciente enterrada en las cunetas, asesinada y anónima, porque no es capaz siquiera de gestionar su propia memoria, de perdonarse y asumir su vergüenza. ¿Para qué?, dirían quizá sus habitantes, nos va bien como estamos. Y, desde su punto de vista, tendrían razón, porque ese país sería el octavo más rico del mundo. De algo ha servido destruir buena parte de sus costas y bosques para levantar decenas de resorts y kilométricos campos de golf. Y el dinero, ya se sabe, todo lo cura. Menos la ignorancia, cierto, pero al ignorante eso poco le importa.
Si ese país existiera, estarás de acuerdo conmigo, convendría que sus habitantes más jóvenes, los que aún tengan ganas y arrojo para no conformarse, se parasen a reflexionar en todo esto. Porque quizá así un número suficiente de personas llegase a la conclusión de que ya es el momento de reinventar ese país suyo. De crear un lugar más justo, más culto y generoso. Un lugar al que los cerebros fugados puedan regresar; donde los valores, y no el dinero, sean el pilar que sustente la sociedad. No sería tarea fácil, por supuesto. Haría falta mucha imaginación. Y, por eso mismo, convendría ejercitarla.
Existe un concepto, llamado punto de inflamabilidad, que define la temperatura mínima necesaria para que una sustancia arda en contacto con el aire. Se trata de un valor fijo para cada sustancia… salvo en nuestro país. Porque España arde o no según factores socioeconómicos. Es uno de los grandes enigmas de la ciencia moderna: el misterioso punto de inflamabilidad español.
Durante el franquismo y la transición, este país ardía sensatamente, pero entonces llegó 1979, y los incendios se dispararon de una forma asombrosa, tanto en número como en superficie quemada (casi cinco veces más que el año anterior). La nueva España democrática se quemaba sin control, preparando ya el nuevo modelo de negocio en que asentaríamos (precariamente) buena parte de nuestra economía. Pero los récords de incendios empezaron a sucederse a partir de 1995. Fueron los años de la burbuja inmobiliaria, de la especulación, la recalificación, las urbanizaciones y los resorts demenciales. Los árboles ardían al contacto con el dinero.
Y llegó el punto de inflexión, en 2003, con la entrada en vigor de la Ley de Montes, que impide recalificar terrenos quemados hasta pasadas tres décadas. Desde entonces, España prende mucho peor, como prueban las cifras del pasado año (las más bajas de la década). Alguien debería profundizar seriamente en el misterio del punto de inflamabilidad, porque podría darnos una importante clave para entender el milagro económico español y el precio que hemos pagado por él. Dice nuestra Constitución que todo individuo tiene derecho a una vivienda. Yo añadiría: y también a un árbol.
Dice la sabiduría popular que en todas partes cuecen habas. Este axioma fue reformulado por Pasqual Maragall hace unos años, cuando le soltó a Artur Mas que, si tiraba de la manta, él tiraría de la colcha, y la política catalana quedaría en pelota picada, con sus corruptas vergüenzas al aire. Para entonces, España ya estaba curada de espanto tras los escándalos de aquel PSOE noventero corrupto hasta las trancas. Los socialistas superaron aquella crisis con mucha renovación, mucha paciencia opositora y mucha labor de relaciones públicas. Hasta cambiaron el logotipo.
Ahora, las habas que más huelen son las del PP. La trama Gürtel se ha enredado tanto que, si uno tira del hilo, igual estrangula a la gaviota. Rajoy ejerce de González, enterándose por los papeles, mientras los implicados se afanan en poner cara de presunción de inocencia y en apelar a su vocación de servicio público. Veremos cuánto tardan en cambiar el logotipo.
La Historia nos ha enseñado que la corrupción política es inevitable, y la única arma que tiene el ciudadano para sobrellevar esta certeza y seguir creyendo en la democracia es confiar en la prensa. Porque, en un sistema como el nuestro, se supone que es labor de los medios controlar al poder y desvelar sus excesos. Informar no es copiar notas de prensa, como parecen entender hoy muchos medios. Informar es buscar la verdad y transmitirla, sean cuales sean las consecuencias para el propio medio o para terceros. No se llama Cuarto Poder porque tenga sudokus. En todas partes cuecen habas, cierto. Lo importante es que lleguen al papel antes que al plato.
Según un estudio publicado esta semana, en España invertimos en educación menos que la media europea, tenemos una tasa de abandono escolar récord y, sin embargo, pagamos mejor a los profesores. Me parece justo, porque los antidepresivos no son precisamente baratos.
En cada campaña electoral, los candidatos de todos los colores nos machacan con la importancia de la educación, nos aseguran que es una inversión de futuro y que, con su partido en el sillón, todo irá mejor. Desconozco si se lo escriben los gabinetes de comunicación o lo creen sinceramente, pero el caso es que a todos se les olvida con el shock del triunfo electoral. Es un asunto complejo, dicen los responsables educativos nacionales para que nadie les culpe de la falta de resultados. Eso sí, entre cabezazo y cabezazo contra la pared, nos cuelan una reforma educativa. Por reformar que no quede. Porque en España nos gustan más las reformas educativas que la tortilla de patatas, tanto que podríamos hacer de ellas un símbolo nacional: España, país de sol, toros y planes de estudio.
Las sucesivas administraciones van probando, intercambiando piezas, a ver si en algún momento, de pura chamba, nos sale una generación competitiva. Saquemos la religión de las escuelas, sí, pero dejemos la fe dentro o estaremos perdidos. Porque, viendo la gestión de los responsables en materia educativa, la fe es lo único que nos queda; fe en la paciencia de los profesores, en el talento natural de alguno de nuestros alumnos y en esa persona que llegará un día y arreglará todo este percal… con otra reforma educativa. La enésima. La buena.