En una entrevista concedida al diario l’Humanité, el presidente de la comisión sanitaria del Consejo de Europa, un tal Wolfgang Wodarg culpa al lobby farmacéutico de la histeria mundial provocada por la gripe A. Sus palabras exactas son: “un grupo de personas en la OMS están asociadas de manera muy estrecha a la industria farmacéutica”. ¿Se lo pueden creer? ¡Que lo despidan! ¡Que echen a ese idiota paranoico del Consejo europeo! ¿Cómo se atreve a dar alas a semejante rumor? Es como si a alguien se le ocurriera decir, por ejemplo, que la guerra de Irak, aquélla que dio origen al innovador concepto de destrucción preventiva, de masacre por si acaso, fue promovida (si no declarada) por el lobby petrolífero en colaboración con el armamentístico que, por entonces, sentaba sus culos en los despachos de la Casa Blanca. Pamplinas, por supuesto. Simplificaciones superficiales de quien no sabe nada de política internacional ni de macroeconomía. Especulaciones de quien no entiende cómo funciona el mundo. Como esos idiotas que van por ahí diciendo que el tabaco sigue comercializándose por la presión del lobby tabacalero. Idioteces simplistas. Igual que ese rumor publicado en ciertos diarios europeos según el cual la reforma sanitaria de Obama ha sido despojada de (casi) todo contenido por el lobby de la sanidad privada. Tan ridículo como esa leyenda que afirma que la crisis humanitaria en la franja de Gaza se perpetúa ante la indiferencia internacional por la presión del lobby judío. Psicosis antisemita. Estupideces todas, invenciones de paranoicos con ganas de llamar la atención y salir en los papeles y en televisión.
Porque en democracia, mal que le pese a algunos, el poder residen en todos y cada uno de los miembros de la sociedad para que elijamos, por mayoría, a las personas que queremos que nos representen. Y esas personas realmente nos representan. ¿Qué sentido tendría todo si las grandes decisiones internacionales estuvieran en manos de grupos de presión empresariales? ¿Para qué serviría la democracia si estuviésemos gobernados por un puñado de multinacionales? Tonterías.
Su pene y su vagina son un asunto de Estado. Sea pequeño o grande, elástica o dentada, desde ahora son una cuestión de Seguridad Nacional y como tales serán tratadas. Nuestro modo de vida se ve amenazado y la amenaza puede estar agazapada tras su bolsa escrotal o bajo su perineo. Al Qaeda nos quiere exterminar por culpa de nuestra disfunción moral, ya sabe, ésa que lo mismo da derechos a unos niños que pone a otros a coser balones. Y como los extremistas (ojo, no confundir con árabes ni con musulmanes) están muy locos, pues ocurre que su pilila y su rajita acaban de engrosar la lista de sospechosos habituales, junto a todos los mujamés del mundo. Pero que no cunda el pánico, ¿eh?, esto no es un Estado policial ni tampoco un borrador de George Orwell. Esto es… ¿Cómo era esa palabra? Garantista. Eso es, garantista, así que calma todo el mundo, que sus pelotas y sus pechos, cántaros de miel, son cosa de petit comité, reservada a unos pocos funcionarios la mar de discretos, media vuelta, por favor, muy bien, gracias, que tenga un buen vuelo.
Nunca se sabe, compréndalo, dónde se oculta el enemigo. Puede estar en una maleta o en una navaja, puede estar en un botellín de agua o en un desodorante en spray, en una pasta dentífrica o en una ensaimada. Puede estar, y aquí viene lo nuevo, en sus mismísimas partes nobles. Porque su cuerpo es de usted, en eso estamos todos de acuerdo, pero no me negará que puede usted ser un arma de destrucción masiva. Cataplines explosivos o pezones de ántrax, quién sabe por dónde nos saldrán ahora esos fanáticos de Alá. La democracia vencerá, ni lo dude, pero tenemos que estar prevenidos, y eso implica ceder en algunas tradiciones como, por ejemplo, todo ese secretismo mojigato que nos traemos con nuestras partes pudendas.
¿Cómo dice? ¿Que qué será lo próximo? Bueno, eso debería preguntárselo a Osama Bin Laden, que es el responsable último de todo este jaleo, ¿sabe? Esperemos que no inventen las bombas intestinales o el Estado no tendrá para tanto guante de látex y para tanta lavativa. Pero no se enfade usted, vamos, confié en nosotros. La libertad está ganando la guerra contra el terror. Bonitas tetas, por cierto.
Me fascina la capacidad narcótica del siglo XXI, ese efluvio racionalista y tranquilizante que emana de la mayor parte de los medios de comunicación. La crispación es mala, de manera que, cuando personajes como Díaz Ferrán sueltan estupideces ofensivas, insultos descarados para cualquier persona con una mínima capacidad intelectual, los medios se encogen de hombros y suspiran. Pero en los bares, donde la opinión política nunca se escribe pero siempre se opina, las valoraciones no son tan templadas. En las barras, entre cañas y carajillos, el presidente de la CEOE se hace merecedor de una ristra de epítetos aceptados por la RAE que, sin embargo, quedarían de lo más chuscos en una contraportada.
Dice Díaz Ferrán que él no hubiera volado con Air Comet, y recuerda a aquella famosa cita de Groucho Marx: “nunca pertenecería a un club que aceptara a alguien como yo de socio”. Desde luego, yo no formaría parte de ningún club que aceptase a Díaz Ferrán como socio y mucho menos como presidente. Y, de hacerlo, pasaría bastante vergüenza. Porque Ferrán me parece un prepotente, un hombre incapaz de disculparse, de admitir sus errores, un chulapa madrileño con mucho parné capaz de asegurar que “la mejor empresa pública es la que no existe” y pedir, un año después, un “paréntesis en la economía de libre mercado”.
A veces, cien columnas de opinión no consiguen resumir la esencia de un personaje. Por eso me resulta mucho más contundente y sincero cuando, apoyado en la barra del bar, un obrero mira de soslayo la televisión y suelta: “qué cabrón”. Quizá no sea una crítica muy estructurada, pero resume a la perfección la opinión mayoritaria.
Los Pájaros, la obra maestra de Hitchcock, acaba sin que nadie sepa qué demonios le ocurre a las aves en cuestión. Sólo sabemos que son peligrosas, que destruyen ciudades y comunidades, que atacan a los niños y, en definitiva, que representan el mal. Revisando ahora la película, me percato de la metáfora: esos malditos pájaros son unos descarados progres. Son gays y liberales, son izquierdistas antitradición. Esas aves buscan destruir la familia tradicional, quieren joder la vida a Rod Taylor y a Jessica Tandy, tan católicos ellos, atacándoles a la salida de la iglesia y reventando sus barbacoas.
Lo desconocido da miedo, sea en forma de pájaros locos, de hombre en la oscuridad o de susurro en la noche. A Rouco le aterran los progres porque, para él, son un fenómeno extraño e incomprensible. Teme que, igual que los pájaros del terror, destrocen el concepto católico de familia, que dejen Europa rota sin remedio y que despueblen el mundo por su malsana afición a los condones y al aborto.
A mí, sin embargo, me da miedo la gente como Rouco. Para mí, el pájaro es él y los suyos, apostados en las cornisas, mirando desde arriba, prestos al ataque. Me aterra cuando grita que recemos, que nos casemos y tengamos retoños, cuando mezcla nacionalismo y Dios, cuando exige que abracemos la fe en Cristo y la Virgen y el Espíritu Santo. Cuando grita que pidamos perdón por nuestros pecados, cuando nos avisa de que el Gran Señor Barbudo nos dará una patada en nuestro progre culo si no nos arrepentimos sinceramente de actuar con sano libertinaje.
Será que, a fin de cuentas, el hombre es un pájaro para el hombre. Sólo que algunos, reza Rouco, pajarean más que otros.
Anoche tuve una epifanía, como San Juan Bautista en el Jordán. Vi, con perfecta nitidez, los hechos y deshechos de este 2010 que nos espera a la vuelta de la esquina. Desconozco por qué el Creador (sea un magnánimo Señor Barbudo o una Singularidad Cuántica) me regaló esta revelación, pero lo hizo, y ahora me siento en la obligación de compartir mis visiones con vosotros.
El año empezará con la Presidencia española del Consejo de la Unión Europea, lo que provocará que el paro se dispare en Europa hasta el 27%. Rajoy clamará que Europa se rompe y el planeta se achata por los polos por culpa del buenismo progre de Zapatero y sus muchachos. José Blanco, en un alarde de pedagogía democrática, replicará: “Me rebota y te explota”.
La crisis económica asfixiará a los medios impresos, lo que provocará que El País amplíe el sudoku a 14 páginas (que también firmará Juan Cruz). Público, por su parte, se consolidará como el periódico con más colorines, rompiendo así la larga hegemonía de Marca.
En marzo, Esperanza Aguirre decidirá privatizar todos los ascensores de Madrid, lo que acabará de un plumazo con la obesidad infantil y con los ancianos. Los madrileños, como protesta, tomarán las calles del centro y se las llevarán al extrarradio, sembrando un enorme caos, principalmente entre taxistas y carteros.
El apagón analógico, en abril, provocará que ciertas zonas de Teruel, donde aún no llega la señal digital terrestre, se queden sin televisión. Los turolenses se verán forzados a leer todo el rato, lo que provocará un nuevo renacimiento cultural que convertirá la ciudad en el Soho español.
El escándalo SITEL se avivará en mayo, cuando Esteban González Pons declare que ha oído respirar a Rubalcaba al otro lado del teléfono mientras mandaba un SMS. El mundo llevará esta noticia a portada con el titular: “El del 11-M te escucha”.
Los casos de gripe A se irán reduciendo a lo largo del año, de modo que se producirá una mutación inesperada del virus H1N1 llamada SDE (Síndrome del Dolor Extremo), que podrá tratarse con Tamiflu en stock. La nueva enfermedad se hará pública el mismo día que Tamiflu salga a Bolsa.
En Euskadi, por fin democrática gracias a los socialistas, Patxi López se comerá una bandera española con el asta y todo sólo porque ningún Lehendakari del PNV lo ha hecho antes. Lamentablemente, el asta no le cabrá entera y necesitará que uno del PP se trague la otra mitad.
La histeria antitaurina provocará que los toros sean prohibidos en Sanfermines. Para mantener vivo el evento, el Ayuntamiento de Pamplona decidirá que los mozos corran delante de linces ibéricos, iniciativa que tendrá un gran éxito, pero que no se podrá repetir nunca más.
A lo largo de 2010 se descubrirán 16.352 nuevos casos de corrupción. En noviembre, Baltasar Garzón anunciará su firme determinación de acabar con al corrupción en España, pero le sobornarán y la investigación no llegará a nada.
El año acabará con un huracán, fruto del cambio climático, que arrasará Kioto. En unas históricas declaraciones, Barack Obama afirmará: “No hay Kioto, no hay protocolo.”
Que tengas un buen año.
Llega fin de año y, con él, los listados de la gente más importante. La idea, creo, es que los no importantes miremos las fotos de los importantes y nos maravillemos de su importancia. Este año, nos dicen, ha importado Barack Obama, porque ganó las elecciones y le regalaron un Nobel. Y ha importado Patxi López, porque perdió las elecciones pero se ganó a la derecha. Son importantes ciertos actores y actrices porque han hecho películas bien promocionadas, y es importante tal o cual deportista porque su deporte tiene share.
Estos días, las televisiones nos machacan con doce meses de imágenes yuxtapuestas. Y resulta que éste ha sido el año de Tamiflu y de SITEL, de los corruptos y los presuntos. El año que buscamos a Lorca y no lo encontramos. El año que los crucifijos se quedaron en las aulas, cuando la ciencia fue castigada en los presupuestos públicos y volvieron las máscaras antiglobalización. Cuando a Berlusconi le partieron la cara. El año en que la suave desaceleración económica dejó en las calles de nuestro país a más de cuatro millones de desacelerados trabajadores. El año en que se fusionó todo el mundo y Freixenet repitió anuncio en Navidad. El año en que 29 medios de comunicación murieron en España y con ellos, un poco, el periodismo.
Pero, sobre todo, éste ha sido el año en que te enamoraste o rompiste, cuando te acostaste con éste o aquélla, cuando le conociste, cuando nació o falleció. El año de aquel viaje, de aquella noche, el año que pasaste todo el año sin verle. El año en que las imágenes del año pasaron a tu alrededor sin tocarte. Igual que el anterior, el año que fuiste importante pero a ninguna lista le importó.
Feliz 2010.
El artículo 16.3 de la Constitución Española de 1978 dice que “ninguna confesión tendrá carácter estatal.” Así que, me temo, España es inconstitucional. Aunque sobran los motivos para afirmar esto, resulta más evidente ahora que la Conferencia Episcopal ha sucumbido a una histeria de declaraciones, una especie de síndrome de Tourette mediático ciego de fe.
Hace unas semanas nos enterábamos de que la visita del Papa a Madrid en 2011 costará unos 50 millones de euros. Se trata de un viaje privado que Ratzinger realiza en calidad de líder de su Iglesia y no como jefe de Estado. Del coste total de la visita, nuestro Gobierno se ha comprometido a pagar la mitad, unos 25 millones de euros, alegando que se trata de un evento de “especial interés” (no dicen para quién). A cambio de la subvención pública para la excusión papal, la Conferencia Episcopal, por boca del omnipresente Rouco Varela, se comprometió a mantener un “perfil bajo en las críticas” contra el Gobierno. Esto, traducido al laico, quiere decir: “si nos dais dinero, dejamos de hacer campaña para la derecha”. Lo más llamativo del hecho no es el afán usurero de la Conferencia Episcopal, sino la naturalidad con que se acepta a la Iglesia como un actor político más.
La semana pasada, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dictaminó que los crucifijos en las escuelas constituyen una violación de la libertad religiosa. Como respuesta, el ministro Gabilondo declaró que deben ser los propios centros quienes decidan la simbología religiosa que colocan. ¿Por qué? ¿Qué ofrece la Iglesia a cambio esta vez? ¿Cuántos votos cuesta respetar la libertad religiosa en nuestro país? Y cuando aún no nos hemos repuesto de los crucifijos, Juan Antonio Martínez Camino, secretario de la Conferencia Episcopal, amenaza con excomulgar a todo aquel que apoye la reforma de la ley del aborto. Porque, ya se sabe, la democracia también puede ser pecaminosa.
En España, la separación entre Estado e Iglesia es todavía un ideal lejano. La Iglesia Católica es el lobby más poderoso de nuestro país, capaz de montar manifestaciones multitudinarias, capaz de levantar debates sociales y enterrarlos, capaz de condicionar políticas sociales, educacionales y fiscales. ¿Quién necesita adaptarse a los tiempos cuando se tiene dinero y poder?
El Diccionario de la RAE define alzacuellos como una “tira de tela endurecida que, ceñida al cuello, obliga a llevarlo erguido”. Que la tela, pues, maquille el pecado capital de la soberbia.
Érase una vez unos pescadores que no tenían donde pescar porque, durante décadas, habían expoliado las aguas más próximas hasta despoblarlas. Las empresas pesqueras, empujadas por el hambre insaciable del libre mercado, decidieron faenar en aguas hostiles, en la frontera de un país sin gobierno ni esperanza. Penetraron en el corazón de las tinieblas con la maximización de beneficios por bandera y la bendición de la Unión Europea.
La situación de los 36 tripulantes del Alakrana es cada día más angustiosa, y el desenlace no parece próximo ni sencillo. Los alcaldes de Bermeo, Mundaka y Santurtzi han pedido al Gobierno que “sea práctico” y entregue a los piratas detenidos. Y los partidos políticos, tras criticar al Gobierno durante días por negociar tan mal con los chantajistas, muestran ahora su apoyo incondicional al Ejecutivo. Es lo que en dramaturgia política se llama “escenificación de unidad”.
La principal obligación del Estado de Derecho es garantizar la seguridad de sus ciudadanos, incluso cuando se meten en problemas por correr riesgos indebidos. Lo que no debe hacer el Estado de Derecho es financiar esos riesgos ni apoyarlos en ningún caso. Ésta, sin embargo, es una práctica habitual que tiende a pasar inadvertida a la opinión pública hasta que una primera plana nos explota en la manos.
La polémica de la seguridad a bordo y el secuestro del Alakrana han arrinconado la verdadera pregunta: ¿a quién compensa esta situación? Los atunes no son la base de la economía española, ni de la vasca. Y sin embargo, cada cierto tiempo, decenas de hombres se embarcan en botes ultratecnológicos rumbo a un país con 8 millones de desesperados sólo para alargar la agonía de un sector en fase terminal, un modelo de negocio sin futuro alguno. Por supuesto que hay familias que viven de esa pesca, como las hay que viven de todos los sectores en decadencia, y siempre resulta dramático. Biólogos y ecologistas llevan décadas advirtiendo a voz en grito del peligro medioambiental y económico de sobreexplotar nuestros mares sin que nadie, ni empresarios ni instituciones les hayan tomado en serio.
Salvemos a esos marineros haciendo uso de todas las herramientas de que disponemos. Y, cuando estén por fin en casa, abramos un debate sobre la legitimidad de mandar hombres al abismo por el beneficio económico de unas pocas empresas. Si realmente queremos ayudar a los pescadores, invirtamos las subvenciones en reciclar a quienes no tiene más remedio que jugarse la vida por un puñado de atunes.
Quién se lo iba a decir. Casi tres décadas después del fallecimiento de su creador, Tintín se enfrenta a su más apasionante aventura. Se titula Tintín y los mojigatos; en ella, el periodista belga se las ve con una horda de malandrines llamada La Liga de Bienpensantes. Estos Bienpensantes consideran que el álbum Tintín en el Congo, publicado originalmente de 1931, es racista. Hace unos días, un miembro de la Liga pedía la retirada de tan infesto tebeo desde las páginas de Le Figaro.
Ya en 1946, el propio Hergé redibujó la totalidad del álbum eliminando las referencias colonialistas más sangrantes. Pero el buen gusto avanza que es una barbaridad, y lo que en el 46 era tolerable ahora es motivo de mojigato sonrojo. Hace dos años, la biblioteca de Brooklyn, la única de Nueva York que aún conservaba un ejemplar accesible al público, cedió a la presión de los Bienpensantes retirándolo de las estanterías. El Mein Kampf de Hitler, sin embargo, sigue siendo de libre acceso.
El joven periodista belga, me figuro, estará de lo más desconcertado. ¿Tanto mal pueden hacer mis aventuras por más que, en efecto, haya un poso racista, un cariz xenófobo, un deje cruel y despótico? Sí, responde La Liga de Bienpensantes, porque los jóvenes y jóvenas contemporáneos podrían acceder a esa pérfida historieta y descubrir que, en efecto, Europa fue declaradamente racista, xenófoba, cruel y despótica. Que el purísimo aventurero pelirrojo a lo mejor era un poco cabrón (tan cabrón, al menos, como sus conciudadanos). Arranquemos, por tanto, la prueba de las bibliotecas. Privemos del conocimiento a aquellos que, por razones económicas, sólo tiene acceso a los fondos bibliográficos públicos. Después de todo, cualquier niño rico puede pedirle el tebeo a su mamá, y ella encantada se lo comprará. No podemos, por ahora, regular lo que la gente con pasta puede leer, porque eso iría en contra del libre mercado, pero sí podemos decidir lo que los pobres pueden o no leer. Lo que deben y lo que no deben saber.
Hoy le ha tocado al tontorrón de Tintín. Dentro de 70 años, quién sabe, a lo mejor descubrimos que Pocoyó es un cabrón con pintas. La Liga de Bienpensantes seguirá ahí, vigilando nuestros muñecos.
Hace 20 veranos que vivo en el epicentro de la Aste Nagusia, las fiestas patronales de Bilbao, y nunca en mi vida había visto tantas jetas de presos etarras como este año. Las bases abertzales llegaron incluso a imprimir fotos en formato cromo para pegarlas en señales de tráfico, escaparates, cajeros, portales y papeleras. Dondequiera que mirases, había un preso de ETA devolviéndote una aviesa mirada en blanco y negro. Sin embargo, la realidad radiada fue muy distinta: en los medios, Patxi López se felicitaba por la espléndida labor que su ejecutivo venía desarrollando en la desaparición de lo que llama “espacios de impunidad”. No dudo que la intención del Gobierno Vasco sea desaparecer de las calles al nacionalismo radical, pero debería hacerse con un escrupulosos respeto democrático para no dar nuevas coartas al victimismo nacionalista.
Los socialistas y los populares decidieron no enviar representación institucional al inicio de la Aste Nagusia bilbaína porque la txupinera encargada de abrir las fiestas era hermana de un etarra. Se supuso que, dado su parentesco, esa mujer sería una fanática desalmada. Y quizá lo sea. Como quizá lo sea yo, o quizá lo sea el propio Patxi López. Pero el artículo 24 de la Constitución Española establece que todos tenemos derecho a la presunción de inocencia. Incluso los cabrones desalmados.
Acabadas las fiestas bilbaínas, Rodolfo Ares, consejero de Interior del Gobierno Vasco, ha pedido a los ayuntamientos que prohíban las txoznas (casetas) “que todos sabemos que están creadas para amparar y justificar la violencia terrorista y dar soporte social a ETA”. Y quizá sí lo sepamos todos, pero, en democracia, la certeza popular no es suficiente. Se necesitan pruebas y jueces que las avalen. El PSE es un partido autoproclamado “constitucionalista”, por lo que conocerán perfectamente el artículo 24 y sabrán, por tanto, que, cuando los poderes políticos lo obvian, las libertades civiles merman.
Casi todos en Euskadi queremos acabar con esos “espacios de impunidad”. Pero no a cualquier precio. Permítame un consejo, lehendakari: cuando mire una pancarta, una foto o una proclama y le hierva la sangre, cierre los ojos y cuente hasta 24. Ser un cabrón, recuerde, no es un delito.