Para que Euskal Herria se libere de la opresora bota del Estado Español quizá haya que cargarse al 80 o al 90 por ciento de la población mundial. Eso debe de estar pensando estos días algún cerebro de ETA en la melancólica soledad de su minipiso franco.
Otegi se pasó meses amenazando con presentar la ilegalización de Batasuna al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, haciendo hincapié en la legitimidad que tendría dicha sentencia. Esta semana Estrasburgo ha ratificado una ilegalización que considera socialmente necesaria. Reacción de Otegi: en Europa son unos fascistas, no como yo, que soy un demócrata como la copa de un pino vasco.
En unas declaraciones más propias de un bar que de una sala de prensa, Otegi comparó la sentencia de Estrasburgo con la guerra preventiva de Bush contra el terrorismo. Es otro síntoma de vascocentrismo, esa patología ideológica que lleva a decodificar la realidad universal a través del prisma de la ikurriña y la txapela.
Al abertzalismo radical se le amplía el campo de batalla; ya no es sólo España y Francia, ahora es Europa entera y los USA que, recordemos, consideran a Batasuna una organización terrorista. De oriente a poniente, Otegi y sus amigos son vistos como una sospechosa asociación cultural con ánimo de lucro y cariz antisistema. Es absurdo, por tanto, que busquen complicidades (y dinero) dentro del sistema.
Ahora, sin opciones de diálogo con el Gobierno español y una vez quemada la salida Estrasburgo, Batasuna ya sólo puede recurrir al Supremo Tribunal Divino. Lamentablemente para ellos, son marxistas. Y Dios no habla con marxistas. Será facha…
Hay semanas en que no pasa nada. Semanas en que la gente, en los bares, charla del jefe o de fútbol o de Supervivientes. Y hay semanas en que pasa de todo, en que abres el periódico y el mundo se acaba, o lo intenta, en dos de cada tres titulares. Semanas como ésta.
Habemus pandemia económica y (ahora también) gripal, coartada perfecta para lanzar a primera plana los palabros preferidos por los medios. Alerta. Crisis. Pánico. Pero la Gran Venganza Porcina, según leo en la prensa, no es la principal amenaza a nuestra especie. Porque resulta que existe algo llamado Congreso sobre Defensa Planetaria que, al contrario de lo que podría pensarse, no se celebra en Vulcano sino en Granada. Y, mientras medio planeta se protege del pánico global con máscaras de papel, los expertos en defensa planetaria manifiestan sus inquietudes sobre un posible impacto de asteroide contra nuestro planeta. Un riesgo, en palabras de Pedro Duque, “real y medible”.
Como real y medible es la agonía de la placa Wilkins de la Antártida, también noticia esta semana por descongelarse más rápido que un Frigopie en una sauna. Igual de real pero menos medible fue el flashback al infierno que vivieron el martes los neoyorquinos al ver un avión sobrevolando sus rascacielos. Resultó que era el Air Force One ejecutando una muy mala idea de alguien. Incluso Wall Street, dicen, “reaccionó con nerviosismo”. Y Dios sabe que, si hay algo que no necesitamos esta semana, son brokers nerviosos.
Hay semanas, como ésta, en que lo único esperanzador de los periódicos es el crucigrama. Horizontal, 11 letras: “Último libro canónico del Nuevo Testamento”. Eh… ¿Apocalipsis? Oh, mierda.
De las muchas estupideces que orbitan en torno a la televisión, la más recurrente es ésa que afirma que la televisión pública debe ser un servicio público. Como un váter de monedas, pero con Teletexto. Debe servir al ciudadano, que para eso la paga. “Esta noche, en prime-time, Telefarmacia, donde Carlos Sobera leerá la lista de farmacias abiertas en cada una de las ciudades españolas.”
Y es que los adalides de la televisión seria (los mismos que afirman no ver/tener televisión) nunca aclaran qué significa exactamente eso de “servicio público”. Ocurre que a los españoles no nos gustan los documentales de animales ni los programas de libros. A los españoles nos gusta ver a españoles bailando, a españoles gritándose y a americanos buscando rastros de semen con luz ultravioleta. Eso dicen los audímetros.
A los listos (ahora les llaman sabios) les gusta poner de ejemplo la BBC, como si la BBC no emitiese porquería. Porque, señores listos, la BBC tiene su Mira Quién Baila, sus realitys y sus escándalos (el presentado mejor pagado de la cadena fue suspendido 12 semanas tras varias bromas desafortunadas).
Con anuncios o sin anuncios, lo único seguro es que no podemos pedirle peras al pirulí. Y quienes se indignan porque los bailarines aficionados de la Primera cobran un pastizal quizá deberían mirar las cifras de audiencia de sus patochadas y recordar que siempre ha habido bufones. Y siempre han vivido de la corte.
Cuando los listos dicen que la tele pública la pagamos entre todos se olvidan de que todos no son sólo ellos. Es lo malo de los comités de sabios, que nunca hay un estúpido por allí para explicarles cómo funcionan las cosas.
Echando la vista atrás, uno se da cuenta de que la transición cubana fue pasmosamente rápida. Si hubiera que buscar una fecha clave, sería probablemente enero de 2009, cuando Zara abrió su primera tienda en La Habana. Poco después, Obama eliminaba las restricciones a los viajes y a las transacciones.
McDonald’s y Burger King se repartieron la distribución de la isla a partes iguales. Coca-Cola y Pepsi llevaron a cabo sendas campañas de marketing, a cual más agresiva, regalando refrescos a todos los cubanos durante más de un año. Vodafone puso sus móviles a precio de costo, y ATT contraatacó repartiendo aparatos a cambio de permanencia. La enésima peli de James Bond se abrió con una secuencia en el recién inaugurado Guggenheim La Habana, y el Malecón se convirtió en el decorado predilecto por los guionistas de comedias románticas hollywoodienses.
El rostro clonado del Che, desprovisto al fin de ataduras ideológicas, adornó la temporada 2020 de Louis Vuitton, y Disneyland Sierra Maestra se lanzó como el parque de atracciones más grande del planeta. La ley antitabaco prohibió fumar habanos en bares, pero los puros cuadriplicaron su precio. La gala de apertura de los Juegos Olímpicos de Santiago, producida por Emilio Estefan, dejó boquiabierto al mundo entero, por no hablar de Castro, el musical, y sus siete oscars. Cuba, de la noche a la mañana, cambió socialismo por prisa, orgullo por comida, utopía por servicios.
Se vertieron ríos de tinta sobre el milagro económico cubano, del subdesarrollo al G-8. Y ahora, echando la vista atrás, todo el mundo se pregunta: ¿dónde estabas tú el día en que Zara abrió su primera tienda en Cuba?
Por algún motivo, el programa Microsoft Word, en su versión española, considera incorrecta la palabra “Losantos”, y te sugiere que la sustituyas por “Lozanitos”. Lozanía, según el Diccionario de la RAE, significa viveza y gallardía o, en otra acepción, orgullo y altivez. Microsoft Word sabe cosas.
A Lozanitos los obispos le han robado sus mañanitas, y él ha declarado, orgulloso y altivo, que morirá matando. Nadie lo duda, porque Lozanitos es muy de impulsos, muy de pensar con el hemisferio derecho y de hablar con el estómago revuelto. A Lozanitos le pone despertar al personal a base de improperios, cual Larra enfarlopado.
Y, sin embargo, hay algo triste en la despedida de Lozanitos. Porque la ironía patria pierde a uno de sus más explosivos representantes, un hombre que, impertinencia mediante, ha logrado que un país entero no dé crédito al mismo tiempo. Y eso, por más que a algunos les parezca fácil, tiene un mérito innegable.
Lozanitos seguirá, por supuesto, disparando palabrarismos desde su blog, su web y su programa de televisión. Pero no será lo mismo, porque había algo mágico en eso de encender la radio por la mañana y descubrir que la guerra civil empezaba a media tarde. Había un qué sé yo tierno en esa constatación hertziana de que las dos españas siguen ahí fuera, en alguna parte, esperando el momento adecuado para seguir fusilando maricas, pancarteros y demás tropelía comunista.
Pero que no cunda el pánico. Lozanitos podría incorporarse a una nueva emisora, de la mano de Pedro J. y una tal Esperanza Aguirre. Las mañanas volverán a ser orgullosas y altivas. Para que, quienes así lo deseen, puedan levantarse cara al sol. Con la camisa nueva.
Como cada año, la Semana Santa desempolva la España más tradicional y bulliciosa. Sevilla se llena de turistas ávidos de berreantes beatos, y los informativos nos bombardean con excentricidades locales en las que lugareños se fustigan, se crucifican, lloran y cantan en una orgía de culto desenfrenado, una rave de penitentes.
Pero es que este año, además, la contrición viene que ni pintada. Pocas veces, en los últimos tiempos, los españoles hemos tenido tantos y tan buenos motivos para buscar en Dios la esperanza que nos niegan los organismos internacionales. Bajo nuestros pies se ha abierto un infierno de EREs e impagos, un averno de números rojos y ajustes de personal. La plaga del paro ha descendido sobre nosotros, y los creyentes miran al cielo, más allá de los despachos más altos, en busca de un poco de consuelo.
Porque, cuando el futuro se pinta negro negrísimo, sólo Dios puede prometernos contratos fijos y pensiones dignas. Sólo el Creador puede dar sentido a un universo donde el capitalismo pierde dinero. Sólo una mente omnisciente puede entender que directivos despedidos por incapacidad manifiesta cobren primas multimillonarias. Sólo Jesús puede velar por nuestros bancos y cajas, sólo Su luz tiene la intensidad necesaria para iluminar el camino al superávit presupuestario. Sólo Él puede velar por la nómina nuestra de cada día.
Antes bastaba con tener un poco de confianza en el futuro, pero dicen los expertos que la confianza ha muerto. Así que ya sólo nos queda la fe. Y la fe, como la bolsa, escapa a toda lógica. Pongámonos en pie y repitamos todos juntos: “Si Dios hubiese querido capitalismo, nos habría dado acciones”. Amén.
Si la teoría de cuerdas es correcta, en alguna de las dimensiones paralelas que cabalgan invisibles con nosotros, la Guerra Civil española nunca tuvo lugar. En esa dimensión imperceptible, la República siguió siendo republicana, con sus conflictos y sus errores, para evolucionar, quizá, hasta una democracia parlamentaria.
En esa otra España, Federico García Lorca, Pau Casals, Luis Buñuel y otros muchos permanecieron en sus hogares para reinventar el arte del siglo XX y el siglo XX mismo, década tras década, dejando una larga y brillante herencia para las futuras generaciones de artistas españoles.
En esa España paralela, el terrorismo vasco nunca existió, y las tensiones regionales se solventaron con acuerdos consensuados por todos. La Pasionaria nunca lo fue porque no hizo falta, como tampoco hizo falta elegir entre silencio y cordura, entre exilio o muerte, entre patria y libertad. En ese país que convive con el nuestro, jamás un tanque horadó las calles de Valencia, y jamás la Iglesia arropó a fascistas confesos. En esa tierra, sin Rey ni príncipe, sin revisionismos ni negaciones, sin vencedores ni vencidos, la Historia no fue rota por los disparos y la mezquindad. Allí los cementerios rebosan cadáveres porque las cunetas nunca fueron socavadas para enterrar la vergüenza. Allí la dignidad se impuso siempre a las ideas. En los pueblos de esa España no hay España negra, ni silencios heredados por tres generaciones. No hay fantasmas en ese país de la luz y la razón.
Al otro lado del espejo cuántico cabalga una España que pudo ser. Hace 70 años que nos la arrebatamos definitivamente. Pero sigue ahí. Justo a nuestro lado.
Que dice Dios que los condones no son una solución contra el sida. Lo ha dicho a su manera, esto es, a través de un señor alemán de 82 años, llamado Joseph, que, además de ser su voz en la Tierra, es el Jefe de Estado más influyente del mundo.
Al señor Joseph, teólogo licenciado, le da igual que la comunidad científica disienta unánimemente de su postura. Él sólo mueve los labios para que Dios se exprese, y Dios no sabe de inmunodeficiencias, linfocitos y demás jerga atea. Dios sólo sabe que practicar sexo con condón es sucio, y ahí se acaba su divino razonamiento.
Claro que, por otra parte, existe la posibilidad de que el señor Joseph no esté interpretando correctamente los mensajes que el Creador le envía. ¿Es posible que el teólogo esté anteponiendo sus propios prejuicios y los de sus colegas a la auténtica voluntad de Dios? Después de todo, el señor Joseph no deja de ser humano, y, como todos los humanos, es imperfecto, limitado, egoísta. Quizá por eso no se percata de que su boca es un arma de destrucción masiva, y sus palabras, una ofensa a la ciencia, al progreso, al humanismo y a la humanidad. Quizá por eso no comprende que sus ideas, cargadas de obstinada ignorancia, contribuyen a la miseria de África y a este tiránico sistema de ricos más ricos y pobres más miserables. Y quizá por eso no comprende que, queriendo honrar a Dios, el bueno de Joseph deshonra a la raza humana.
Pero no desesperemos. Estoy convencido de que, dentro de 50 ó 60 años, nuestros hijos escucharán al Papa de turno pedir perdón por la actitud de la Iglesia ante el sida en África. Y Dios les perdonará. Porque Dios lo perdona todo. Hasta el fanatismo.
Últimamente no dejo de toparme con gente que dice hacer cosas para no pensar. Ven cierta televisión para no pensar, leen ciertas novelas para no pensar y se meten en un cine a condición de que el director no les exija el más mínimo esfuerzo intelectual. Esto es extraño, ya que, según los neurólogos, la actividad cerebral no puede interrumpirse así como así. De modo que, me temo, lo que esa gente busca no es tanto dejar de pensar como desactivar su capacidad crítica, su derecho a cuestionar e indignarse. Eso sí puede anularlo la mala literatura, el mal cine y la mala televisión. Lo que esas personas no quieren pensar es que, quieran o no, piensan.
Es la misma gente que dice detestar los informativos por estar llenos de horrores y tristeza. Los no-pensantes exigen informativos alegres como contraste a sus vidas tristes. Hace poco se puso de moda cerrar los telediarios con un pantallazo feliz, esperanzador, un happy-ending para evitar que uno se plante en el prime-time con mal cuerpo. Cualquier imagen sirve, sea una ballena azul o un amanecer en Andorra, cualquier postal que limpie la pátina de mierda que suelen dejar Internacional y Nacional.
Son, me temo, síntomas del maldito buenismo, la parte idiotizante de esta democracia nuestra, empeñada en infantilizarnos por todos los medios (de comunicación). Acabaremos generando un mundo de tam tams hipnóticos para que nadie se distraiga de su nada cotidiana. Haremos informativos bonitos, para que, si has tenido un mal día en el curro, te chutes tu dosis de realidad brillante. Para que, imbéciles todos, el mundo nos moleste lo justo.
A la mierda, hablemos de otra cosa. No me apetece pensar en esto.
No hace falta ser psiquiatra para ver que los nacionalistas vascos presentan un cuadro de intenso estrés postraumático. Han ganado las elecciones por una amplia mayoría que, regla D´Hont mediante, no les sirve para gobernar (trauma). Consecuencia inmediata: el derrumbamiento de tres décadas de chiringuitismo monopólico, cuya onda expansiva alcanzará inevitablemente a altos cargos de la administración pública, a la Sanidad, a la ertzaintza y a los medios de comunicación públicos.
Es comprensible, por tanto, que el enfermo se vea dominado por el vértigo y la desesperanza. Así lo ha demostrado Anasagasti al asegurar en una entrevista que, con un López lehendakari, ETA aumentará su productividad asesina, barriobajerismo de corbata que podríamos traducir como: si me echas del patio, mi primo te cose a hostias.
Otro síntoma habitual del estrés postraumático es el bloqueo subconsciente de algún aspecto del trauma. Los nacionalistas gobiernan en minoría en las diputaciones de Álava y Guipúzcoa, fórmula que les resulta democráticamente intolerable si es otro quien la practica. Actitud ésta típica de hijo único malcriado por tres décadas de caprichos que se ve, de pronto, privado de atención exclusiva.
Para este cuadro, los médicos recomiendan terapias de grupo y de familia. Es fundamental hablar sobre el hecho traumático, recordarlo sin revivirlo. Los del PNV las van a pasar canutas viendo cómo ruedan sus propias cabezas, cómo cambian las subcontratas y cómo El Partido se convierte en un partido. Pero, cuando todo eso pase, seguirá amaneciendo sobre Euskadi. Seguirá el sirimiri y el Athletic y La Concha y los pintxos. Y se verá que Euskadi no era el PNV. Euskadi era, es y será las personas que la conformamos. Juntas.