Viendo los programa que las cadenas emitieron después de las campanadas, parece obvio cuál ha sido el propósito de año nuevo de nuestras teles: ahorrar. Aun a costa de matarnos a todos se sopor.
La 1 tiró de archivo para hacer un Especial Ouija con retazos de populares cadáveres de nuestro panorama musical. Telecinco repitió la gala de Nochebuena. Cuatro se marcó un zapping, y La Sexta un Lo Mejor De la susodicha. Antena 3, por su parte, emitió una gala de ésas donde varios cantantes hacen como que cantan en un plató robado a alguna tele local.
Por un momento pensé que las teles estaban compinchadas con el sector hostelero y el plan era echarnos a todos a las calles, forzarnos a gastar dinero en los bares y acabar así con la crisis a base de copazos. Pero uno, que estaba enterrado entre clínex y frenadoles, no tenía el cuerpo para fiestas. Así que opté por la perplejidad catódica, por saltar de un botón a otro alucinando del low cost general, de la absoluta falta de ideas, de la ausencia total de esfuerzo innovador por parte de los programadores.
Al día siguiente leí que la noche del 31 se habían producido muchos más incidentes de los habituales, más intoxicaciones etílicas y reyertas. Normal, me digo, porque la sociedad es un reflejo de la tele (o al revés, no me acuerdo).
Me fascina la capacidad narcótica del siglo XXI, ese efluvio racionalista y tranquilizante que emana de la mayor parte de los medios de comunicación. La crispación es mala, de manera que, cuando personajes como Díaz Ferrán sueltan estupideces ofensivas, insultos descarados para cualquier persona con una mínima capacidad intelectual, los medios se encogen de hombros y suspiran. Pero en los bares, donde la opinión política nunca se escribe pero siempre se opina, las valoraciones no son tan templadas. En las barras, entre cañas y carajillos, el presidente de la CEOE se hace merecedor de una ristra de epítetos aceptados por la RAE que, sin embargo, quedarían de lo más chuscos en una contraportada.
Dice Díaz Ferrán que él no hubiera volado con Air Comet, y recuerda a aquella famosa cita de Groucho Marx: “nunca pertenecería a un club que aceptara a alguien como yo de socio”. Desde luego, yo no formaría parte de ningún club que aceptase a Díaz Ferrán como socio y mucho menos como presidente. Y, de hacerlo, pasaría bastante vergüenza. Porque Ferrán me parece un prepotente, un hombre incapaz de disculparse, de admitir sus errores, un chulapa madrileño con mucho parné capaz de asegurar que “la mejor empresa pública es la que no existe” y pedir, un año después, un “paréntesis en la economía de libre mercado”.
A veces, cien columnas de opinión no consiguen resumir la esencia de un personaje. Por eso me resulta mucho más contundente y sincero cuando, apoyado en la barra del bar, un obrero mira de soslayo la televisión y suelta: “qué cabrón”. Quizá no sea una crítica muy estructurada, pero resume a la perfección la opinión mayoritaria.
Los Pájaros, la obra maestra de Hitchcock, acaba sin que nadie sepa qué demonios le ocurre a las aves en cuestión. Sólo sabemos que son peligrosas, que destruyen ciudades y comunidades, que atacan a los niños y, en definitiva, que representan el mal. Revisando ahora la película, me percato de la metáfora: esos malditos pájaros son unos descarados progres. Son gays y liberales, son izquierdistas antitradición. Esas aves buscan destruir la familia tradicional, quieren joder la vida a Rod Taylor y a Jessica Tandy, tan católicos ellos, atacándoles a la salida de la iglesia y reventando sus barbacoas.
Lo desconocido da miedo, sea en forma de pájaros locos, de hombre en la oscuridad o de susurro en la noche. A Rouco le aterran los progres porque, para él, son un fenómeno extraño e incomprensible. Teme que, igual que los pájaros del terror, destrocen el concepto católico de familia, que dejen Europa rota sin remedio y que despueblen el mundo por su malsana afición a los condones y al aborto.
A mí, sin embargo, me da miedo la gente como Rouco. Para mí, el pájaro es él y los suyos, apostados en las cornisas, mirando desde arriba, prestos al ataque. Me aterra cuando grita que recemos, que nos casemos y tengamos retoños, cuando mezcla nacionalismo y Dios, cuando exige que abracemos la fe en Cristo y la Virgen y el Espíritu Santo. Cuando grita que pidamos perdón por nuestros pecados, cuando nos avisa de que el Gran Señor Barbudo nos dará una patada en nuestro progre culo si no nos arrepentimos sinceramente de actuar con sano libertinaje.
Será que, a fin de cuentas, el hombre es un pájaro para el hombre. Sólo que algunos, reza Rouco, pajarean más que otros.
Anoche tuve una epifanía, como San Juan Bautista en el Jordán. Vi, con perfecta nitidez, los hechos y deshechos de este 2010 que nos espera a la vuelta de la esquina. Desconozco por qué el Creador (sea un magnánimo Señor Barbudo o una Singularidad Cuántica) me regaló esta revelación, pero lo hizo, y ahora me siento en la obligación de compartir mis visiones con vosotros.
El año empezará con la Presidencia española del Consejo de la Unión Europea, lo que provocará que el paro se dispare en Europa hasta el 27%. Rajoy clamará que Europa se rompe y el planeta se achata por los polos por culpa del buenismo progre de Zapatero y sus muchachos. José Blanco, en un alarde de pedagogía democrática, replicará: “Me rebota y te explota”.
La crisis económica asfixiará a los medios impresos, lo que provocará que El País amplíe el sudoku a 14 páginas (que también firmará Juan Cruz). Público, por su parte, se consolidará como el periódico con más colorines, rompiendo así la larga hegemonía de Marca.
En marzo, Esperanza Aguirre decidirá privatizar todos los ascensores de Madrid, lo que acabará de un plumazo con la obesidad infantil y con los ancianos. Los madrileños, como protesta, tomarán las calles del centro y se las llevarán al extrarradio, sembrando un enorme caos, principalmente entre taxistas y carteros.
El apagón analógico, en abril, provocará que ciertas zonas de Teruel, donde aún no llega la señal digital terrestre, se queden sin televisión. Los turolenses se verán forzados a leer todo el rato, lo que provocará un nuevo renacimiento cultural que convertirá la ciudad en el Soho español.
El escándalo SITEL se avivará en mayo, cuando Esteban González Pons declare que ha oído respirar a Rubalcaba al otro lado del teléfono mientras mandaba un SMS. El mundo llevará esta noticia a portada con el titular: “El del 11-M te escucha”.
Los casos de gripe A se irán reduciendo a lo largo del año, de modo que se producirá una mutación inesperada del virus H1N1 llamada SDE (Síndrome del Dolor Extremo), que podrá tratarse con Tamiflu en stock. La nueva enfermedad se hará pública el mismo día que Tamiflu salga a Bolsa.
En Euskadi, por fin democrática gracias a los socialistas, Patxi López se comerá una bandera española con el asta y todo sólo porque ningún Lehendakari del PNV lo ha hecho antes. Lamentablemente, el asta no le cabrá entera y necesitará que uno del PP se trague la otra mitad.
La histeria antitaurina provocará que los toros sean prohibidos en Sanfermines. Para mantener vivo el evento, el Ayuntamiento de Pamplona decidirá que los mozos corran delante de linces ibéricos, iniciativa que tendrá un gran éxito, pero que no se podrá repetir nunca más.
A lo largo de 2010 se descubrirán 16.352 nuevos casos de corrupción. En noviembre, Baltasar Garzón anunciará su firme determinación de acabar con al corrupción en España, pero le sobornarán y la investigación no llegará a nada.
El año acabará con un huracán, fruto del cambio climático, que arrasará Kioto. En unas históricas declaraciones, Barack Obama afirmará: “No hay Kioto, no hay protocolo.”
Que tengas un buen año.
Llega fin de año y, con él, los listados de la gente más importante. La idea, creo, es que los no importantes miremos las fotos de los importantes y nos maravillemos de su importancia. Este año, nos dicen, ha importado Barack Obama, porque ganó las elecciones y le regalaron un Nobel. Y ha importado Patxi López, porque perdió las elecciones pero se ganó a la derecha. Son importantes ciertos actores y actrices porque han hecho películas bien promocionadas, y es importante tal o cual deportista porque su deporte tiene share.
Estos días, las televisiones nos machacan con doce meses de imágenes yuxtapuestas. Y resulta que éste ha sido el año de Tamiflu y de SITEL, de los corruptos y los presuntos. El año que buscamos a Lorca y no lo encontramos. El año que los crucifijos se quedaron en las aulas, cuando la ciencia fue castigada en los presupuestos públicos y volvieron las máscaras antiglobalización. Cuando a Berlusconi le partieron la cara. El año en que la suave desaceleración económica dejó en las calles de nuestro país a más de cuatro millones de desacelerados trabajadores. El año en que se fusionó todo el mundo y Freixenet repitió anuncio en Navidad. El año en que 29 medios de comunicación murieron en España y con ellos, un poco, el periodismo.
Pero, sobre todo, éste ha sido el año en que te enamoraste o rompiste, cuando te acostaste con éste o aquélla, cuando le conociste, cuando nació o falleció. El año de aquel viaje, de aquella noche, el año que pasaste todo el año sin verle. El año en que las imágenes del año pasaron a tu alrededor sin tocarte. Igual que el anterior, el año que fuiste importante pero a ninguna lista le importó.
Feliz 2010.
El humor vasco ha llegado a Cuatro, dicen, con la versión nacional de “Vaya Semanita”. No sé qué humor es ése, como tampoco sé qué humor es aquél que dicen catalán. Será que España es un crisol de humores diferenciales e irreconciliables.
El mejor humor, eso seguro, está ahora en Telecinco, que ha devorado a Cuatro, y se consolida como imperio televisivo. En Prisa, por su parte, temen que el humor español sea devorado por el italiano y les congele a todos la sonrisa.
En La Sexta, pendiente de una presunta fusión con Antena 3, Wyoming disfraza su cabreo de buen humor mientras en su archienemiga Telemadrid todo el mundo anda de mal humor porque les contrataron así.
El humor de la directiva de TVE está por los suelos, un poquito por debajo de sus previsiones de ingresos para el próximo ejercicio. Ya no saben si poner el acento en ti o venderlo junto a los muebles.
El humor navideño inunda los spots repetidos del año pasado porque las grandes marcas no han generado beneficios suficientes para inventar mentiras nuevas.
Y por las calles del País Crisol, el de los 17 humores y pico, la gente echa pestes navideñas por los embotellamientos, las huelgas y la crisis.
Gracias al cielo, aún nos queda la tele, ese mundo donde siempre reina el buen humor. Al menos, si lo miras desde fuera.
Sugiere Esperanza Aguirre que a Hermann Tertsch le han pegado por culpa del Gran Wyoming y de La Sexta. Alfonso Ussía, por su parte, acusa desde La Razón al “payasete Emiliuco Aragón” y se refiere al agresor como “cualquier idiota fanático de los que ven el programa producido por Globomedia”.
No es nada nuevo. Cada vez que un suceso conmociona a la sociedad, la Liga de los Bienpensantes lanza sus fantasmas contra el show-bussiness, sea Marilyn Manson, Padre de Familia, el Gran Wyoming o Emilio Aragón. Se criminaliza el entretenimiento (que podrá ser deplorable pero no criminal) y se le culpa de la crisis de valores porque siempre es más fácil que analizar los verdaderos motivos. Es más sencillo culpar a la tele que a unos políticos incapaces de construir, enredados en una interminable campaña electoral basada en la descalificación y la propaganda. Es más fácil culpar a los humoristas que a un sistema educativo vergonzoso que tiene el honor de copar los niveles más bajos en todos los indicadores europeos. Es más fácil culpar a los payasos que a la cultura cívica y democrática de un país que todavía arrastra demasiados vicios de dictadura. Los malos, ya ves, son los payasos. Porque los muy imbéciles van por ahí sugiriendo verdades. Con Franco esto no pasaba, ¿verdad, señor Ussía?
“Grítele, señora, grítele. Dígale algo, señora… ¡Bandido!” Se lo dice un reportero a una mujer que pasa por allí justo cuando Diego Pastrana, el hombre falsamente acusado de violar y asesinar a su hijastra, entra detenido en comisaría. En el video emitido en televisión no se escucha la dirección de actores del reportero, pero sí a la señora gritando: “¡Sinvergüenza, bandido!” Una gran interpretación, por cierto. Muy orgánica. El caso Pastrana empieza a convertirse en un manual de malas prácticas periodísticas. A la condena mediática se suma ahora este episodio que fue denunciado la semana pasada por TV3 y BTV.
En los programas de entretenimiento, un cómico sale al plató antes de que comience la grabación para entretener al respetable con chistes y esparajismos. En la jerga de la tele a esto se le llama “calentar al público”. Su objetivo es que el graderío esté animado desde el primer segundo de grabación. Práctica, por lo visto, adaptada a los informativos. Esta vez ha trascendido porque Pastrana resulta ser inocente a pesar de la hemeroteca, pero imagínate la de veces que nos habrán colado improperios inducidos como espontáneos. Es lo que pasa cuando la información y la prensa rosa se confunden. Es lo que pasa cuando la información es devorada por el show. Que siga el espectáculo.
El condón no sirve para luchar contra el sida en África por tres motivos. Primero, porque los africanos tienen las uñas hechas un cristo y rompen la goma. Segundo, porque los africanos no saben leer y, por tanto, no comprenden las complejísimas instrucciones del profiláctico. Y tercero, porque los condones deben mantenerse en un lugar fresco y seco. Eso dice el informativo de Intereconomía en un video que arde en Internet. El periodista que lo cuenta, un tal Rafael G. García de Cosío, se muestra nervioso y tartamudo, incapaz de creerse lo que está soltando en antena. Podría relacionar esto con la tesis de la banalidad del mal de Hannah Arendt -ésa que afirma que cierta gente es capaz de ejercer el mal ciegamente si el contexto le invita a ello-, pero prefiero hablar de la banalidad de la idiotez. Se trata de una simplificación de la filosofía de Arendt que me he inventado y que afirma que cualquiera puede llegar a ejercer la más virulenta estupidez inhumana por un contrato temporal. García de Cosío tenía la orden de defender en su reportaje las científicamente indefendibles tesis del Papa en contra del uso del preservativo en África. Así que optó -banalmente- por asesinar el sentido común y lanzarse a los brazos de la demagogia y la más apabullante imbecilidad. Por mil euros al mes.
Tras décadas de gresca política por los informativos de TVE, la actual directiva del ente público parece haber encontrado la panacea. Se trata de un modelo basado en el ni pa ti ni pa mí según el cual la realidad ya no es poliédrica, sino dual: la realidad del PSOE y la del PP. Una verdad compartida a partes iguales, medio punto de vista para cada uno, que unidos conforman el de este país (aunque sean, como suele ocurrir, puntos de vista antagónicos).
El instituto alemán Media Tenor, dependiente de la agencia para la innovación social InnoVatio Publishing, ha galardonado al Telediario 2 como el mejor informativo del mundo. Quizá sea un tributo a sus aplastantes medios técnicos, a su look amable y moderno o al tono cercano pero serio de sus presentadores. O quizá sea un premio al descubrimiento de ese modelo de verdad dual.
Es fácil confundir eso que hace el Telediario (la exposición sucesiva de diversos puntos de vista) con buen periodismo. Pero el periodismo no debería ser un collage equilibrado de distintas propagandas; el buen periodismo debería analizar la realidad desde los valores democráticos y divulgarla (lo cual, a veces, se confunde con opinión). Felicito sinceramente al equipo del informativos de TVE, pero si el Telediario 2 es el mejor informativo del mundo, mal vamos.