Alzacuellos

16 nov 2009
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El artículo 16.3 de la Constitución Española de 1978 dice que “ninguna confesión tendrá carácter estatal.” Así que, me temo, España es inconstitucional. Aunque sobran los motivos para afirmar esto, resulta más evidente ahora que la Conferencia Episcopal ha sucumbido a una histeria de declaraciones, una especie de síndrome de Tourette mediático ciego de fe.

Hace unas semanas nos enterábamos de que la visita del Papa a Madrid en 2011 costará unos 50 millones de euros. Se trata de un viaje privado que Ratzinger realiza en calidad de líder de su Iglesia y no como jefe de Estado. Del coste total de la visita, nuestro Gobierno se ha comprometido a pagar la mitad, unos 25 millones de euros, alegando que se trata de un evento de “especial interés” (no dicen para quién). A cambio de la subvención pública para la excusión papal, la Conferencia Episcopal, por boca del omnipresente Rouco Varela, se comprometió a mantener un “perfil bajo en las críticas” contra el Gobierno. Esto, traducido al laico, quiere decir: “si nos dais dinero, dejamos de hacer campaña para la derecha”. Lo más llamativo del hecho no es el afán usurero de la Conferencia Episcopal, sino la naturalidad con que se acepta a la Iglesia como un actor político más.

La semana pasada, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dictaminó que los crucifijos en las escuelas constituyen una violación de la libertad religiosa. Como respuesta, el ministro Gabilondo declaró que deben ser los propios centros quienes decidan la simbología religiosa que colocan. ¿Por qué? ¿Qué ofrece la Iglesia a cambio esta vez? ¿Cuántos votos cuesta respetar la libertad religiosa en nuestro país? Y cuando aún no nos hemos repuesto de los crucifijos, Juan Antonio Martínez Camino, secretario de la Conferencia Episcopal, amenaza con excomulgar a todo aquel que apoye la reforma de la ley del aborto. Porque, ya se sabe, la democracia también puede ser pecaminosa.

En España, la separación entre Estado e Iglesia es todavía un ideal lejano. La Iglesia Católica es el lobby más poderoso de nuestro país, capaz de montar manifestaciones multitudinarias, capaz de levantar debates sociales y enterrarlos, capaz de condicionar políticas sociales, educacionales y fiscales. ¿Quién necesita adaptarse a los tiempos cuando se tiene dinero y poder?

El Diccionario de la RAE define alzacuellos como una “tira de tela endurecida que, ceñida al cuello, obliga a llevarlo erguido”. Que la tela, pues, maquille el pecado capital de la soberbia.

Consenso

15 nov 2009
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Hace un par de años, RTVE llevó a cabo un ERE por el que se libró de todos los profesionales mayores de 50 años. El próximo Presidente de la Corporación RTVE, Alberto Oliart, tiene 81. ¿Captas la ironía?

El señor Oliart es lo que se llama un hombre de consenso, avalado por PSOE, PP y hasta por CiU. También es un hombre sin ninguna experiencia en el mundo de la comunicación. ¿Por qué, entonces, nombrarle Presidente de RTVE? ¿Será porque fue Ministro de Industria y Energía con Adolfo Suárez? ¿O quizá porque fue Ministro de Defensa con Calvo Sotelo y Felipe González? ¿Será quizá porque presidió durante 17 años la Asociación de Criadores de Cerdo Ibérico? ¿O quizá porque las hijas de Joaquín Sabina son sus nietas?

Claro que también es posible que haya sido la única opción. Quizá ningún otro hombre de consenso haya aceptado un cargo tan delicado en un momento tan convulso. Después de todo, ¿quién querría hacerse cargo de una radiotelevisión pública cuyo presidente huye despavorido “por razones estrictamente personales”? ¿Quién querría dar la cara en una etapa marcada por la supresión de la publicidad que en la propia casa se ve como un salto al abismo?

Al señor Oliart le espera una labor peliaguda: evitar que RTVE se vaya al infierno. Si fracasa, al menos, será un fracaso de consenso.

Por un puñado de atunes

09 nov 2009
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Érase una vez unos pescadores que no tenían donde pescar porque, durante décadas, habían expoliado las aguas más próximas hasta despoblarlas. Las empresas pesqueras, empujadas por el hambre insaciable del libre mercado, decidieron faenar en aguas hostiles, en la frontera de un país sin gobierno ni esperanza. Penetraron en el corazón de las tinieblas con la maximización de beneficios por bandera y la bendición de la Unión Europea.

La situación de los 36 tripulantes del Alakrana es cada día más angustiosa, y el desenlace no parece próximo ni sencillo. Los alcaldes de Bermeo, Mundaka y Santurtzi han pedido al Gobierno que “sea práctico” y entregue a los piratas detenidos. Y los partidos políticos, tras criticar al Gobierno durante días por negociar tan mal con los chantajistas, muestran ahora su apoyo incondicional al Ejecutivo. Es lo que en dramaturgia política se llama “escenificación de unidad”.

La principal obligación del Estado de Derecho es garantizar la seguridad de sus ciudadanos, incluso cuando se meten en problemas por correr riesgos indebidos. Lo que no debe hacer el Estado de Derecho es financiar esos riesgos ni apoyarlos en ningún caso. Ésta, sin embargo, es una práctica habitual que tiende a pasar inadvertida a la opinión pública hasta que una primera plana nos explota en la manos.

La polémica de la seguridad a bordo y el secuestro del Alakrana han arrinconado la verdadera pregunta: ¿a quién compensa esta situación? Los atunes no son la base de la economía española, ni de la vasca. Y sin embargo, cada cierto tiempo, decenas de hombres se embarcan en botes ultratecnológicos rumbo a un país con 8 millones de desesperados sólo para alargar la agonía de un sector en fase terminal, un modelo de negocio sin futuro alguno. Por supuesto que hay familias que viven de esa pesca, como las hay que viven de todos los sectores en decadencia, y siempre resulta dramático. Biólogos y ecologistas llevan décadas advirtiendo a voz en grito del peligro medioambiental y económico de sobreexplotar nuestros mares sin que nadie, ni empresarios ni instituciones les hayan tomado en serio.

Salvemos a esos marineros haciendo uso de todas las herramientas de que disponemos. Y, cuando estén por fin en casa, abramos un debate sobre la legitimidad de mandar hombres al abismo por el beneficio económico de unas pocas empresas. Si realmente queremos ayudar a los pescadores, invirtamos las subvenciones en reciclar a quienes no tiene más remedio que jugarse la vida por un puñado de atunes.

El mundo americano

08 nov 2009
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El miércoles La Primera dedicó la noche a Barack Obama con un especial de 59 segundos y el documental Camino hacia el cambio, rodado durante la campaña electoral. La excusa era el primer aniversario de la elección de este tipo capaz de manejar la guerra con una mano y el Nobel de la Paz con la otra.

En este mundo americano, los pequeños países satélites celebramos las efemérides yankis como si fueran propias. Lo que más nos gusta del Imperio, lo que mostramos en televisión es el folclore: fiestas de Hollywood, tiroteos en institutos, Halloween y Obama. La parte más pop de una cultura pop infinitamente más molona que la nuestra. Llegará un día, me temo, en que toda nuestra iconografía sea americana. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gustaría que nuestras alcantarillas echaran humo por las rendijas? ¿Quién no visitaría un Gran Cañón en Los Monegros? ¿Cómo no te va a enamorar la Ruta 666, el skyline de Nueva York, las cuestas de San Francisco? ¿Cómo no va a hechizar un líder mundial que ha hecho del posibilismo un eslogan, de la raza un símbolo, de las buenas intenciones un Nobel?

El sueño americano es ya el sueño del medio mundo, y los países satélites lo celebramos en prime time, combinando información con fenómeno fan a partes iguales. Que Dios bendiga América. Que Dios os bendiga.

Nostalgia de buena tele

02 nov 2009
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Leo en el Periódico de Catalunya una columna de Ramón de España donde viene a decir que, a juzgar por la tele actual, el nivel intelectual de los españoles y las españolas se acerca peligrosamente al de los monos. El artículo está escrito en pleno arrebato de indignación catódica que comprendo perfectamente, aunque no comparto que la gente sea cada vez más estúpida ni que la tele de hoy sea peor que la de ayer. Con la tele, me da la impresión, ocurre ese fenómeno psicológico por el cual uno suprime o minimiza los recuerdos especialmente traumáticos sólo para poder seguir viviendo.

Nos quedamos con “El perro verde”, pero borramos “A las ocho con Raffaella”. Recordamos “La Bola de Cristal” y olvidamos “Caliente”, un programa de la tele pública presentado por Ana Obregón donde bailaban señoritas en bikini que podías ver en 3-D, quizá lo recuerdes, si comprabas unas gafas de cartón en el quiosco.

Hoy la tele es tan mala y tan buena como siempre ha sido. Hoy, igual que ayer, la tele se concibe para eso que los programadores y los productores prepotente y compasivamente llaman “el gusto medio”. Dentro de unas décadas, cuando pensemos en la tele de principios de siglo, nos acordaremos de lo bueno, que lo hay, y obviaremos lo malo. Es ley de vida: cualquier tiempo pasado se recuerda mejor.

Todo por el show

26 oct 2009
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Érase que se era un padre de familia cazatornados que llamó a la CNN para decir que su hijo estaba atrapado en un globo meteorológico. Era un montaje, lo que no impidió que la familia al completo se hiciera una ronda de shows por todas las cadenas. América, sintiéndose estafada, inició un debate sobre la credibilidad de los medios que lleva ya una semana ocupando todas las tertulias televisivas.

La polémica se centra en la aparente facilidad para globalizar una patochada con la ayuda de la CNN y el resto de cadenas nacionales, en la confusión entre información y chorrada. Es curioso que este debate sobre la seriedad de los medios no se desarrollara durante las invasiones de Irak y Afganistán, cuando las televisiones americanas convirtieron la guerra en un reality, y todo aquél que cuestionaba el tratamiento informativo era tachado de antipatriota, comunista y francés.

La televisión ha puesto el turbo para intentar ser más rápida que internet, más inmediata que la propia realidad. Cuestionar y contrastar es cosa del pasado. ¿Que hay un niño volador cruzando el desierto de Colorado? Le mandamos tres furgonetas y un helicóptero, cuatro cámaras en total, ya verá lo chulo que queda. Y si no hay niño, que nos quiten lo bailao. Estamos en el siglo XXI, que la realidad se adapte a la parrilla.

Nocturnidad

19 oct 2009
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La nueva Ley General Audiovisual aprobada el viernes es bastante extraña. De primeras, despídete de ver porno en abierto (lo que aumentará, sin duda, el tráfico en Internet los sábados por la noche). Aunque hay medidas evidentemente acertadas (se refuerza el horario protegido y se potencia el subtitulado para sordos), hay un punto en la nueva Ley que me trastorna. Los call tv, esos programas basados en llamadas a números 905, sólo podrán emitirse entre la 1 y las 5 de la madrugada. Es decir, que uno sólo podrá ser timado de madrugada, con nocturnidad y alevosía.

Son muchas las voces que piden desde hace tiempo la retirada de este tipo de formatos. Incluso hay webs dedicadas a poner de manifiesto los timos más o menos descarados de estos programas. La nueva Ley Audiovisual parecía la oportunidad perfecta para prohibirlos definitivamente, pero, claro, las cosas del capitalismo no son blancas o negras. Hay grises hasta aburrir. Y ocurre que este tipo de programas tienen un coste ridículamente bajo y generan cuantiosos ingresos.

Quizá deberían aplicar a estos formatos la misma normativa que al fútbol: interés general. Después de todo, la gente tiene derecho a saber cómo se las apañan los estafadores contemporáneos.

Es la ciencia, estúpido

12 oct 2009
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La semana pasada se concedió el Premio Nobel de Medicina. Una de las (tres) galardonadas realizó sus más relevantes trabajos junto a la española María Blasco, que se ha quedado sin Nobel quizá por no ser americana, o quizá porque no cabían todos en la foto. No tendrás ni idea de esto, supongo, porque ninguna televisión (ni, ejem, diario) lo ha mencionado. Este dato no aparecía en la nota de EFE, y ni un solo redactor se tomó la molestia de consultar nada. Es raro el despiste, teniendo en cuenta el enorme respeto que nuestra televisión muestra por la ciencia. No hay más que recordar aquel estupendo reportaje que TVE nos ofreció en el aniversario del alunizaje, con Anne Igartiburu dando su astrofísica opinión junto a Concha Velasco.

También la semana pasada, la blogosfera española protestó al unísono contra el recorte en los presupuestos de Ciencia previstos para el próximo año. Más de 1.000 blogs. Mientras, le tele dedicaba el día a belenes esteban, realities varios y los ya míticos superlativos amarillos de Pedro Piqueras. Como contrapartida, La 2 ha tenido a bien colocar a Punset y sus Redes a las 9 de la noche, para que la gente pueda no verlo a un horario decente. Es más fácil cambiar de canal que la mentalidad de todo un país, y también más barato. Pero no más rentable.

Guionismo

05 oct 2009
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La semana pasada este periódico publicaba un artículo sobre los másteres para guionistas. Un oficio bien poco agradecido en España, porque lo más probable (por pura estadística) es que esos jóvenes acaben con sus huesos en una mala serie o un mal programa, cobrando una miseria los primeros años hasta alcanzar el estatus nobiliario en esto del guionismo: la categoría senior.

Parece que siempre fue así, pero nada más lejos de la realidad. La semiprofesionalización del mundo del guión que vivimos ahora es un fenómeno reciente. Hasta hace poco, las series eran escritas por novelistas, actores y tipos graciosos llegados allí de rebote. Y sus guiones no eran peores que los de ahora.

Hace unos años, Globomedia organizó un ciclo de conferencias en Madrid. Los ponentes eran todos guionistas norteamericanos de primer nivel. Durante la ronda de preguntas, un productor español contó que los guionistas senior de su productora estaban quemados, que muchos abandonaban su trabajo de la noche a la mañana, y pidió un par de consejos para evitarlo. Uno de aquellos superguionistas se acercó al micrófono y respondió: “páguenles más y denles más vacaciones”. La masa de guionistas allí presente prorrumpió en un estruendoso aplauso. No hemos avanzado ni un milímetro desde entonces. Palabra de guionista.

Diosas y monstruos

28 sep 2009
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Mi amigo Juan Herrera, veterano en esto de los esparajismos catódicos, sostiene que en televisión sólo triunfa la belleza y la monstruosidad. El terreno intermedio, la mediocridad, la medianía física es la que conforma la vida. Y la vida, tal cual, no es televisiva. En los viejos tiempos, la tesis de lo bello y lo monstruoso se aplicaba sólo a los programas de entretenimiento y a la ficción, pero desde hace unos años la epidemia ha contagiado a los telediarios. Ahora (casi) todas las presentadoras de informativos, jovencísimas y perfectamente simétricas, parecen recién salidas de un anuncio de cerveza.

Cuento esto porque, a finales de la semana pasada, la BBC anunció que estaba buscando una mujer mayor para presentar un informativo. “Con canas”, decía su comunicado. La cadena inglesa tomaba esta decisión de marketing para contrarrestar la lluvia de sopapos recibida tras la limpieza de veteranos y veteranas que ha llevado a cabo en su seno (limpieza similar al arrebato prejubilatorio de TVE). Ahora, claro, los rostros de la BBC son todos angeliciales y cuasinfantes. Y en el fondo, no está mal que sea un busto pin-up quien te lea las miserias internacionales de la jornada. Siempre y cuando, por supuesto, asumas que se trata de espectáculo. La realidad no tiene nada que ver con esto.