Programas para ‘el niño optimista’: mejor educar en valores

Joseba Achotegui

Como no podía ser de otra manera, la campaña para el logro de que los sufridos ciudadanos tengamos a cualquier precio una visión optimista y positiva del mundo que nos rodea, ha llegado también al colorista mundo de la infancia. Así ya tenemos programas para lograr el  niño optimista y positivo en el parque, en el patio… Puede  pensar el  lector en la situación, por inimaginable que quiera,  que habrá un programa para lograr el máximo  de optimismo y positividad ante esta situación, incluso en el caso de los bebés,  los denominados ya  “bebés optimistas”.

Ya he señalado en algún otro artículo que diferencio la psicología positiva, una rama relativamente reciente de la psicología,  de la ideología de la psicología positiva, una ideología plenamente consolidada  que inculca  descaradamente el sometimiento del ciudadano  a todo tipo de realidad opresiva.  Una ideología, que se halla además continuamente publicitada en los medios de comunicación, en una especie de cruzada, para convencernos de que es el súmmum de la salud mental.

El optimismo  es una actitud que nos predispone a la acción y sabemos desde el evolucionismo que no siempre la acción es la mejor respuesta a un conflicto. Muchas veces es mejor esperar, estarse quieto y por supuesto analizar racionalmente las consecuencias de nuestras acciones. Porque todo lo que hacemos tiene consecuencias y si guiados por un falso optimismo cometemos muchos errores, pagaremos las consecuencias.

Los niños nacen con una gran capacidad de afrontar el estrés y la adversidad, con un enorme potencial de desarrollo, son optimistas por naturaleza, han sido descritos como auténticas “máquina de supervivencia”.  Y los que tienen problemas, que los hay,  han de ser ayudados a  ir adelante, claro está,  pero no con recetas simplistas, sino abordando en profundidad sus problemas, estableciendo fuertes vínculos afectivos y confiando  en sus potencialidades como seres humanos.

Se nos dice para justificar los programas para inculcar optimismo en los niños que vivimos en un mundo que padece una epidemia de pesimismo, rodeados de conflictos y problemas  (será por que algo no va bien, decimos muchos)  y que  hemos de educar al niño en la positividad en vez de educar al niño en entender ese mundo, comprenderlo e involucrarle en convertir nuestra sociedad  en un lugar en el que valga la pena vivir.

Considero que es mucho mejor y da más fortaleza al niño el ser educado en los valores que recoge por ejemplo la Declaración Universal de los Derechos humanos, Declaración en la que,  por cierto, la necesidad del optimismo no aparece por ninguna parte. Valores como la solidaridad, la empatía, el reconocimiento del otro y de la diversidad… esos sí que nos dan  fortaleza y  seguridad para afrontar e intentar cambiar las adversidades y problemas de la vida,  mucho más que recitar jaculatorias para inculcar un optimismo impostado y artificial.

Así, por ejemplo,  un momento en el que nos sentimos muy bien es cuando nos encontramos en una sobremesa rodeados de amigos y familiares. No es difícil entender por qué. Nos sentimos queridos, protegidos,  aceptados, apoyados por el grupo para ir adelante, formando parte de una comunidad en la que tenemos un lugar. Si en ese momento de la sobremesa , por ejemplo, hubiera un peligro o alguien  se pusiera enfermo, se hallaría  con todo un grupo que le podría ayudar. Eso sí que da optimismo, como se ve en el buen humor y la alegría de la sobremesa,  y además de optimismo natural y de calidad.

Estos textos  de adoctrinamiento sobre el optimismo comienzan ya a recordar aquellos manuales de urbanidad de tiempos pretéritos, como el famoso manual de Carreño, en los que se adoctrinaba a los niños a cumplir escrupulosamente con todas las normas y convenciones sociales, muchas de ellas extremadamente clasistas. Es muy memorable aquel  texto que decía “el niño debe tener siempre en la escuela una actitud circunspecta…” Ni niños  optimistas ni  niños circunspectos. Niños, con toda su complejidad, potencialidad y diversidad.

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