Que el pesimismo sea malo no quiere decir que el optimismo sea bueno

Joseba Achotegui

Hay un viejo chiste en el que le preguntan a un rabino con fama de ser muy sabio sobre qué hay que hacer para tener una gran idea, una idea genial. El rabino se queda pensando largo rato y finalmente responde: ¡es muy fácil!. Tan solo hay que pensar una idea muy tonta, muy estúpida….pues lo contrario!

Algo así ocurre con el tema del optimismo: gran parte de la cerrada defensa que se hace hoy en día del optimismo se basa en atacar  por tierra, mar, y aire al pesimismo, convertido en algo demoníaco,  para  tratar de  reforzar así  la idolatría  del optimismo, su contrario. Para exaltar el valor del optimismo, todo vale. Es algo así como si se nos  dijera que dado que el que haga mucho frío suele dar lugar a  muchos problemas de salud, el que haga mucho calor sería necesariamente bueno. En realidad, los dos extremos suelen resultar  bastante problemáticos.

El optimismo ha pasado en pocos años, de ser considerado  una actitud que es adaptativa en muchas ocasiones y por lo tanto valiosa,  a convertirse en toda una ideología, sospechosamente exaltada,  al servicio del modelo del consumismo y la voracidad.  Se ha convertido en una especie de  nuevo crecepelos  mágico, un bálsamo de Fierabrás  que todo lo arregla.

El optimismo, tal como se nos presenta habitualmente hoy en día en los medios de comunicación,  es la acción por la acción. El lema es: siempre adelante.  Pero el problema es que se olvida que,  a veces  hay otras respuestas  que también pueden ser adaptativas ante una situación conflictiva, como por ejemplo, entre otras,  postponer la acción,  estarse quietecito y esperar a que pase la galerna antes de embarcarnos en alocadas aventuras embriagados por el optimismo. Tal como se ve de forma muy clara en la naturaleza, la inmovilidad, el camaleonismo, etc,  hay también  otras estrategias muy adaptativas.

Además, se ha de tener en cuenta que toda acción, toda modificación de la realidad, tiene consecuencias. Lo que pensamos es libre y podemos imaginarnos todo lo que nos dé  la gana, para eso están el arte, la literatura…. el extraordinario mundo de la fantasía y la libertad  humana. Pero cuando movemos un dedo, cuando pasamos a la acción,  lo que hacemos tiene consecuencias reales sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre  lo que nos rodea.  Y si no hemos calculado bien los riesgos, embriagados en el optimismo, estas consecuencias pueden ser muy problemáticas, como ocurre muchas veces (que se lo pregunten por ejemplo a tanta gente a la que engañaron diciendo que fueran optimistas y cogieran una hipoteca).

Como señala el filósofo coreano alemán Byung-Chul Han, hoy  el  modelo social nos incita al optimismo, a la acción. Hemos de esforzarnos siempre más: el gimnasio, el consumo en el centro comercial… los referentes de nuestra cultura actual, son centros de excitación.  Han  sustituido al viejo modelo social abiertamente represivo que planteaba Foucault y que estaba representado por la cárcel, el manicomio y el  cuartel. Como señala Byung-Chul Han  nuestra época padece “un exceso de positividad” y el optimismo exacerbado constituye un elemento central de este modo de vivir. Por eso hoy es la depresión, el no poder mantener ese nivel de excitación y de   competitividad,  el trastorno  de referencia.

Ser optimista,  es una actitud que tiene aspectos positivos,  pero es aún mejor  aprender  a tolerar la incertidumbre, la complejidad a menudo inmanejable de la realidad. Y no tratar de solucionar,  refugiándonos en un vacuo  e infantil optimismo,  la ansiedad que sentimos al constatar las limitaciones que tenemos  para controlar  la realidad, tal como se nos incita hoy  continuamente desde el sistema social dominante

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