Zerolo, un político que siempre te daba dos besos

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Estamos tristes. Yo estoy triste. Nos vimos en mil sitios. Siempre con coraje. Siempre poniendo el cuerpo para el amor y para la guerra. Era socialista en tiempos en donde no era un regalo ser socialista. Uno de los socialistas que lavaba la cara a los socialistas que no merecen el nombre. Vivía el socialismo como una identidad que le llenaba la vida. Todas sus luchas las reivindicaba para la memoria de su partido. Llevaba con mucho orgullo ser del PSOE y mentiría si no dijera que gente como él podían reinventarse  el partido que fundó un tipógrafo honesto a finales del siglo XIX. La “ese” del partido, en su cara, era “ese” de socialista y era “ese” de sonrisa. Siempre fue elegante, incluso en la contienda. Se hizo peleando y eso marca carácter.

Venía a la Tuerka siempre que le llamábamos y nos estampaba dos besos que actuaban como la kriptonita en las fuerzas de los supermán  “anticasta”. Se defendía con las razones de quien estaba en la calle con los movimientos y siempre se presentaba como el socialista coherente que no le tenía miedo ni al amor ni a la pelea. Le sacábamos los colores por las cosas que hacía su partido y él nos decía: ¡no todos somos así! Y sonreía y sabía que quien viene de peleas tan grandes como la que él había dado por los derechos de los homosexuales en la España nacional-católica machorra y acomplejada no le tiene miedo al largo plazo de las transformaciones políticas. Pedro siempre sonreía y cuando se enfadaba se ponía corriendo los deberes de que se le pasara el enfado. Pedro Zerolo era un socialista con una coherencia vital que mantenía firme en el tóxico mundo de la política, ese que otorga la alegría infinita del trabajo colectivo y la amenaza permanente de los cortesanos sin alma. Era un político diferente. Por eso en su ausencia el dolor es diferente. Entendía por qué había nacido Podemos y estaba convencido de que con las banderas de la honestidad podíamos caminar mucho trecho juntos. Por eso estaba en las calles además de en los parlamentos y  vivía de la luz de quien hace las cosas correctamente.

Estamos tristes. Yo estoy triste. Pedro Zerolo era un amigo. Y su alegría, su fuerza, su compromiso, su sosiego y su sentido común nos acompañan mitigando algo la tristeza porque ya no va a estar con nosotros. Que la música,  el sol y la mar de sus islas canarias lo mezan para siempre. Y nosotros, que tenemos que volver  a asumir  que estamos un poquito más solos, hagamos todo lo posible por no olvidar que gentes como Pedro podían hacer posible lo imposible.