Aguirre o la mitad de la enseñanza

Aguirre ha vuelto a dimitir. ¿Otra vez? Si, otra vez. Recuerda el tipo que llega de nuevo tarde al trabajo y le dice al jefe: “Es que se ha muerto mi padre”. Extrañado, el patrón le pregunta: “¿Otra vez?”. Y sin mover un músculo, el jeta responde compungido: “Si…Otra vez”. Pues eso, que otra vez ha dimitido Aguirre.

Está bien que lo haya hecho. En política, los errores se conjugan dimitiendo. Aunque sea en diferido. Las luchas internas en el PP van horadando la ciénaga. Cuando había dinero para todos en la burbuja no se pisaban la manguera. Cuando la crisis estalló (por su culpa), abandonaron las maneras amables. Menos a repartir, peores caras. Y estos están en política “para forrarse”, para “tocarse los huevos” y para que “se jodan los parados”. Así que al final, de traición en traición vamos viendo algo de luz. Porque el periodismo de investigación, lo único que hace es procesar filtraciones según los intereses de la junta de accionistas. Si existiera el periodismo de investigación en Europa, Julian Assange no estaría encerrado en la embaja de Ecuador en Londres. Y el Fiscal Anticorrupción no estaría tan alejado de la fiscalización y del anti.

Pero la dimisión de Aguirre es solamente es la mitad del asunto. Ahora queda todo lo demás. Porque si en política los errores se conjugan dimitiendo, en democracia los delitos se conjugan en los tribunales y, si así lo establecen los jueces, en la cárcel. Donde ya están Granados y González, sus dos manos derechas, que así son los liberales, capaces, si hace falta, de tener dos manos derechas. Hay casi mil imputados del PP. Es decir, este partido es lo más parecido a una asociación para delinquir. No puede haber en España ocho millones de personas conformes con esta cuerda de ladrones. Y, sin embargo, les votan. Algo está haciendo mal el resto.

Es verdad que el miedo hace su tarea. Hay un aroma de familia entre la mafia que le rompía las rodillas a los que protestaban, y las personas que gritan “¡Venezuela, Venezuela!” cada vez que uno de los suyos entra en el trullo o va camino del estrado. Cuando Maroto o Casado o Levy gritan “¡Venezuela!” están buscando tapar los delitos de una organización que, de manera evidente en Madrid y en Valencia (lo del yate de Feijoo con un narco ya lo metemos otro día), ha convertido a la democracia española en una piltrafa en manos de rateros. Lo mismo ocurre con los tertulianos con maneras de trileros y los pantuflos que negocian con la policía patriótica. Y otro tanto con los empresiarios que renuncian a ser competitivos y, traicionando a los empresarios decentes, apostaban por el compadreo de la cercanía del poder. Dime quién ha regalado un yate al Rey y te diré por dónde podría a investigar la fiscalía. Si fuera independiente. Por fortuna hay jueces independientes y fiscales con coraje. Los que están fuera de los escopetazos de 50.000 dólares. Porque son los falsos empresarios los que suelen pudrir la democracia. Ellos financian a los políticos, les colocan cuando estén quemados en sus consejos de administración y esperan que les indultan cuando se hayan excedido en las ilegalidades. Son los que financian a los periodistas que abusan de los adjetivos contra Podemos (por qué poquito se venden). Y, eso sí, copa y puro en el palco los domingos. Porque toda esta basura forma parte de ese entramado que gozaba de impunidad y se ha roto cuando se ha roto el bipartidismo. Detrás de cada privatización hay una invitación al saqueo, detrás de cada político corrupto hay seis tertulianos, detrás de cada empresario mafioso hay un ejército de periodistas sin escrúpulos, y detrás de Esperanza Aguirre está Ignacio González, Francisco Granados, Cristina Cifuentes y un partido al que se le está torciendo hasta el Papa. Y el infierno que les queda.