Pedro Sánchez: sin velas a Dios y al diablo

“La historia de la ciencia nos enseña una y otra vez que ampliando nuestros conocimiento podemos llegar a reconocer relaciones entre grupos de fenómenos que hasta entonces parecían inconexos”

Niels Bohr (citado en Peter Watson, Convergencia. El orden subyacente en el corazón de la ciencia)

Dicen los que entienden que los conejos, cuando presienten el peligro, corren a su madriguera, mientras que las liebres confían en su velocidad para escapar de los zorros. Las cosas de la evolución son maravillosas. Lo importante cuando se abre la vedad es que sepas si eres liebre o conejo. Porque los cazadores no filosofan mucho y tienen las escopetas cargadas.

Las conclusiones a las que uno llega reflexionando, leyendo en los libros, escuchando a la experiencia, interrogando día a día el pasado, el presente y el futuro van construyendo el propio pensamiento. Lo que nos ronda la personalidad se va asentando en una mezcla de inclinaciones, biografía y entendimiento. Cuando ya se tiene una edad, la responsabilidad del rostro es de cada uno, sea la palidez, los surcos, el ceño fruncido o las vacaciones permanentes ancladas en pieles veraniegas. Pero la vida da muchas vueltas y ayer se cayó una torre, que canta la seguidilla.

Hay circunstancias excepcionales que pueden hacer replantear todo lo hecho, que sacan la personalidad oculta, el ángel o el demonio interior, que permiten expresar la coherencia de una vida o ganar una segunda oportunidad. Pueden ser también momentos de constatación de que todo lo que pasa no es sino una nueva posibilidad de envolver lo mismo con un nuevo papel de regalo. O todo lo contrario. Es el argumento estremecedor de El general de la Rovere, la película de Rossellini tantas veces traída, acerca de ese caradura que se convierte sin pretenderlo y sin entenderlo del todo en héroe. Pero también es la coherencia de gente como Juan Negrín, que entendió que resistir era salvar vidas en los momentos más difíciles de la guerra española. En política, la intuición es esencial. Y la suerte.

Sánchez ha ganado las elecciones del PSOE. No había pronósticos cerrados. El argumento del día anterior era que todo era posible porque dos lógicas contradictorias pugnaban. Parecía probable que Susana Díaz tuviera más avales que votos, porque el PSOE andaluz lleva mucho tiempo enredando y representando lo peor de los partidos cartelizados. Que podían doblarle el brazo a gente que dependía del aparato para obtener el aval. Pero que luego el voto es secreto. Lo que le ha pasado a Susana Díaz le pasa al PRI y al PAN en México: pueden asustar, pueden comprar, pero en la soledad de la cabina también puede pasar cualquier cosa. Tenían a su favor el argumento de que una parte sustancial de la militancia del PSOE son aparato y que, como tal, iban a primar la estabilidad dentro del orden existente. Sánchez desestabiliza al PSOE tradicional, y toda la gente que lleva mucho tiempo viviendo del PSOE no juega con las cosas de comer. Por eso le defenestraron. Y por eso la mitad del partido ha votado contra Sánchez. Incluyendo la práctica totalidad de ese aparato, incluyendo Felipe González, Zapatero, Rubalcaba y el grupo PRISA. Por cierto, qué papelón está haciendo esa prensa y los intelectuales que les acompañan.

Sánchez ha ganado porque, pese a llevar toda su vida siendo aparato, la parte más oxidada de esa burocracia le regaló la posibilidad de presentarse como un outsider de la política. La vida te da sorpresas. La política de partido tiene una segunda oportunidad como outsider de la política de partido. Un estruendoso silencio. De miembro de la nomenklatura escogido para frenar a Madina a representar a la izquierda del PSOE, mientras Madina se consume al lado de quien le frenó con sus artimañas hace tres años. Miro hacia atrás y me vienen imágenes de una película en blanco y negro. El PSOE está representando la quiebra de la fórmula partido propia de todo el mundo occidental, y Sánchez es una salida de urgencia que regala a los que llevan toda una biografía confiando en el PSOE la posibilidad de pensar que van a cambiar las cosas al tiempo que desean que cambien solamente lo justo. Es legítimo. Aunque cargado de demasiadas contradicciones. No es un problema irresoluble, porque la política en el siglo XXI ha venido con el mandato de cabalgar contradicciones. Pero es un reto no menor.

La victoria de Sánchez coloca a tres partidos en una posición “destituyente” similar y tres posiciones “constituyentes” diferentes. La parte destituyente viene marcada por el nuevo relato que marcó el 15M: lucha contra la corrupción y denuncia de los excesos del sistema, especialmente la expulsión de sectores crecientes de la sociedad lejos del ascenso social. En la parte destituyente es más fácil parecerse. Es el momento de la denuncia y el papel y los micrófonos lo aguantan todo. Ciudadanos hizo campaña jurando y perjurando que era el adalid de la regeneracion democrática. Y ahí está, sosteniendo a la Susana Díaz de los ERE, a la Cifuentes de la Púnica, la Gürtel, el Canal de Isabel II y lo que venga, y al Rajoy “se fuerte” del partido más corrupto de Europa. En este cambio de época, el único partido que marca una orientación de futuro realmente diferente es Podemos. Porque en la parte constituyente, en las propuestas reales, es donde se ve realmente si vas de farol o vas de veras. Tuvo Podemos sus más y sus menos en Vistalegre II, y pudo caer del lado del mimetismo, pero después de esa asamblea ha decidido un rumbo que apuesta al “enfrente” como faro. Eso le desafía mucho más electoralmente -más gente a la que convencer de cosas que no siempre son sencillas de asumir- pero también le hace más honesto políticamente.

El PSOE de Sánchez va a enfrentar tres problemas no menores: uno, como partido que quiere maximizar los votos en una lógica de empresa electoral, lo que le lleva, al tiempo que denuncia la corrupción del PP, a confrontar con Podemos y, al tiempo, quitarle al PP el apoyo de Ciudadanos, del PNV y del PdeCat, siempre con la tensión añadida de no decepcionar a los militantes que le han apoyado para representar a la izquierda del PSOE. El tema de la plurinacionalidad tampoco es baladí. Si ayer era una línea roja esencial, es imposible que Sánchez prospere sin apoyar un referéndum pactado con el Estado. Pero eso va en la dirección contraria de todo lo que han dicho. Ocupar la izquierda desde un partido del sistema atacando a lo nuevo, dejando de la lado los elementos más irrenunciables de lo nuevo y pactando con la vieja y la nueva derecha. Nada sencillo.

Otro problema lo tiene como partido de régimen, que gobierna en varias comunidades autónomas y ayuntamientos y que, con excesiva frecuencia, está prefiriendo que le aprueben los presupuestos desde la derecha antes que ceder a las propuestas de Podemos. Ese mismo partido de orden es el que apoya en Europa el CETA o el TTIP (y ahí Sánchez siempre se ha mostrado entusiasta de las líneas principales marcadas por la Unión Europea). Es la parte de régimen del PSOE, los que organizaron la abdicación del Rey Juan Carlos I, los que son controlados por el grupo PRISA y tienen los contactos con el resto de medios, los que están en el IBEX 35 y en los organismos financieros internacionales, los que negocian con la cúpula de la conservadora iglesia católica española, los de los ERE en Andalucía y el robo del dinero bajo la excusa de la minería en Asturias, los que negocian las deudas del partido, los que negociaron la venta de FCC a Carlos Slim, los que están en los contratos multimillonarios, los que negocian con la burguesía vasca o catalana pero no quieren saber nada de la idea de plurinacionalidad cuando viene reclamada por los sectores populares, los que forman parte del entramado de la OTAN, los que han adversado a toda la izquierda latinoamericana, a Corbyn, a Sanders e, incluso, la alianza de izquierdas en Portugal. Son la mitad del PSOE y tienen todo el poder orgánico. Salvo, desde anoche, la Secretaría General.

En tercer lugar, el PSOE de Sánchez tiene que cumplirle a los que han asumido que va a virar hacia la izquierda. Aquí las posibilidades que se abren son enormes. Pero no caben engaños. Sánchez no puede ponerle una vela a Dios y otra al diablo. Es el momento de que el PSOE se una al esfuerzo de acabar con el gobierno más corrupto de la historia de nuestro país y con las políticas que se derivan de la corrupción. Porque la corrupción también son las privatizaciones, las políticas de austeridad, los planes privados de pensiones, la precariedad laboral, los inmigrantes, Europa y tantas otras cosas. Sin ambigüedades. No puede ocurrir como el año pasado, donde el PSOE se sentó al mismo tiempo con los que quieren cambiar las cosas y dos habitaciones más allá con los que quieren que las cosas sigan en el mismo sitio. Los militantes del PSOE no van a aguantar una mentira más. Y por eso es buena la victoria de Sánchez. Si la ganadora hubiera sido Díaz, ese alma progresista del PSOE seguiría esperando su oportunidad. El PSOE con Sánchez ha llegado a su momento de la verdad.

La ventana de oportunidad de Sánchez tiene que ser aprovechada. Al igual que en 2004 los militantes socialistas fueron a Ferraz a decirle a Zapatero “no nos falles”, los que han rescatado a Sánchez del Averno tienen que acompañarle para que no se tambalee. Es verdad que los tres retos del PSOE son incompatibles entre sí, y que la sombra de Francia planea sobre Sánchez (ganar Hamon las primarias, pero apoyar el aparato a Macron). Sánchez es Secretario General de un partido que tiene todos los problemas de los partidos, todos los problemas de la socialdemocracia, a lo que hay que añadir los problemas propios del Reino de España. La solución, como ocurre con el resto de retos que tenemos, no la van a encontrar en las sedes de los partidos, sino en la capacidad de empujar que tenga la ciudadanía. Esa ciudadanía que le ha dado una lección al aparato del PSOE no le debe permitir a Sánchez que flirtee con ese mundo que ahora desprecia pero que habitó durante la mayor parte de su vida política. Es tiempo de atreverse. De unir en la diversidad. Decía Albert Einstein: “Qué maravillosa sensación la de reconocer la unidad en un conjunto de fenómenos que a la observación directa se muestran como cosas distintas”. Como distintos ya somos, toca hacer fuerza en lo que nos acerca.