¡Usted, letrado, no sabe con quién está hablando!

“el grillo del teléfono se orina en el regazo burocrático”

Luces de bohemia, Valle-Inclán

Razones tenía el PP para molestarse por la mera presencia de la bancada de Unidos Podemos en el Parlamento. Por eso intentó esconderles en el gallinero. En esa institución, el uniforme viene dictado por la victoria histórica de la burguesía sobre el trabajo, de los hombres sobre las mujeres, de los viejos sobre los jóvenes, de la derecha sobre la izquierda. Ver sentados en los escaños a gente vestida como viste el común de la ciudadanía era una prueba evidente de que el PP ya no puede esgrimir sus victorias históricas para marcar las normas que reparten en el poder simbólico en las Cortes españolas. En el poder judicial, sin embargo, otro gallo es el que canta. Y canta con maneras antiguas aderezadas con caspa decimonónica.

La judicatura española se acostó franquista y se levantó demócrata. Cosas de la Transición. Gente como Manuel García Pelayo, Francisco Tomás y Valiente, José María Mena o Carlos Jiménez Villarejo (entre otros muchos) fueron abriendo paso a una justicia que se ganó la confianza de la democracia. Sin embargo, cosas como el reparto partidista  de los jueces en el Consejo General del Poder Judicial, los abusos de Gallardón o de Trillo, la politización de la fiscalía con el PP o con el PSOE o la entrada en tromba del PP en el Tribunal Constitucional ha hecho retroceder mucho de lo ganado.

La comparecencia de Rajoy como testigo por la corrupción de su partido podría haber servido para demostrar que la justicia es igual para todos los españoles. Pero los jueces responsables decidieron perder esa oportunidad y trasladaron al país la certeza de que este testigo iba a gozar de privilegios simbólicos y prácticos en su comparecencia. En la Audiencia retumbó con sorna gallega el exabrupto que Rajoy pensaba cada vez que se orinaba en el regazo burocrático: ¡Usted, letrado, no sabe con quién está hablando! ¿Puedo soltar otra gracia señor Juez? Qué buen rato estamos pasando.

Que el PP lleva más de treinta años haciendo trampas lo sabe hasta Al Capone. Ahí está la totalidad de sus tesoreros imputados por corrupción o con delitos prescritos por el filibusterismo leguleyo que permite, gracias al dinero bajo sospecha, pagar dilaciones jurídicas hasta que los delitos prescriben o sean archivados por algún asunto de forma. Sin quitar aquella advertencia de Trillo: quién vaya contra nosotros va a saber lo que es tener el aliento del Estado en su nuca. Nos consta. El PP dice con voz amable que colabora con la justicia pero con la mano enguantada destroza los discos duros de Bárcenas para que no se sepa de sobresueldos, corrupciones y pagos contra obra pública. El PP es el partido que más pruebas ha perdido o destrozado en vez de custodiarlas. Rara manera de colaborar con la justicia. Y ahora resulta que las anotaciones durante tres décadas realizadas por Bárcenas eran apostillas maquiavélicas pensadas con antelación de treinta años con el único fin de fastidiar a Rajoy en julio de 2017. Un argumento a la altura de donde se ha sentado Rajoy en su comparecencia, donde nunca se sientan los testigos, dejando claro que el PP se acomoda donde pueda mirar a los ojos a los jueces para recordarles quién manda. El mismo Rajoy que no sabe/no contesta. Que ignora o consiente. O mejor aún: que ha consentido y dice que ignora. ¿Qué onda güey?, que dicen en México. Y luego, si son del PRI, se toman unos tequilas y se fuman un puro.

La actitud de Rajoy es, otra vez, una señal de que la España del PP ya no se parece a España. La comparecencia ha sido una escena de cine de barrio, una burla distorsionada, una charada, un sainete frívolo donde un mal actor se creía gracioso, donde letrados al servicio de quien más paga trasladaban a la audiencia sus maneras sobradas interrumpiendo y queriendo recordarle al juez que quien paga manda, donde el propio juez no ha sido capaz de imponerse, diciendo a Rajoy, bien al contrario, venga, portese bien, hombre, como un maestro asustado que reprende con miedo al hijo del capataz para que no vuelva a acuchillar a algún alumno en clase de matemáticas. A Rajoy sólo le faltó hablar de Venezuela.

Me hubiera gustado ver al ciudadano Rajoy como un ciudadano más, cumpliendo con sus obligaciones, sentado donde los testigos, rindiendo cuentas, humilde, ayudando a la justicia, enfrentándose a unos jueces que fungieran firmes de brazo democrático de la ley, con letrados con mayor capacidad retórica, en fin, me hubiera gustado ver un juicio de un país que es la cuarta economía del euro en el siglo XXI. Pero aún nos queda. Menos mal que Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes, escoltadas por Cospedal, Rafael Hernando y Soraya Saénz de Santamaría, son las principales heroínas al servicio de la justicia. Ya lo decía Francisco de Rojas, “del Rey abajo, ninguno”. Y del Rey ni hablamos.