Poca épica en la derrota y la victoria

¿Así que ha ganado La Moncloa?

En las guerras, como la que se está librando en Catalunya, siempre pierden los pueblos aunque en los libros aparecen solo los generales. Generales que ganan, que pierden y algunos que sobreviven porque siempre llegan cuando la batalla está decidida.

En la derrota, quien tiene grandeza crece en dignidad y escribe su ejemplo para las generaciones futuras. Quien carece de esplendor, en la derrota se convierte en una sombra chinesca que pertenece de inmediato al olvido. En la victoria, quien gana por convencimiento y con limpieza enjuaga las pérdidas y las bajas y entrega coraje a las futuras peleas. En la victoria, quien gana con trapacerías y en nombre de intereses mezquinos, pone su triunfo en el calendario de las mezquindades y sólo los celebran paniaguados que cobran o esperan cobrar por cantar a los vencedores. Nunca faltan rapsodas y tertulianos.

Junqueras ha crecido en dignidad en la cárcel. Puigdemont en Bruselas ha sido cubierto con la brea y las plumas 2.0 de unos mensajes de móvil que alguien ha querido dar a conocer. Sáez de Santamaría, desde su soberbia minúscula ha rematado al Tribunal Constitucional que ya venían envenenando, y Rajoy es imprescindible solo porque tiene el brazo enganchado taponando la balsa que se les hunde.

La imagen patética de Catalunya, la imagen patética de España solo se solventa renunciando al photoshop y atreviéndonos a pensar esa España digna y diferente donde quepa una Catalunya diferente y digna. Donde, como dice la chirigota, cuando colguemos banderas en los balcones, en Madrid o Barcelona, sea para defender la sanidad pública, las pensiones públicas, la lucha contra la corrupción, la exhumación de la dignidad que aún reposa en las cunetas, la protesta contra las puertas giratorias y en defensa de los que no pueden pagar el alquiler o la luz.

Esa patria digna ocultada hoy bajo las banderas porque al final, el problema no son las banderas, sino los que las sostienen.