Mujeres al borde de un ataque de nervios al sistema

¿Y si es la derecha quien está leyendo correctamente lo que está pasando con las reivindicaciones feministas? ¿Se equivocan acaso el PP y Ciudadanos o son los que mejor están entendiendo el fondo de esas reclamaciones? ¿No le dan más razón a las exigencias los que quieren silenciarlas que quienes las asumen sin mayores compromisos? Hay que tener cuidado para que tanto consenso no sea una forma sutil de vaciar las demandas feministas.

Es espectacular el salto de las reivindicaciones de las mujeres en España. El Corte Inglés celebra el 8 de marzo haciendo un 20% de descuento en la ropa interior femenina. ¿Por qué no en escobas, fregonas y costureros? Hacen el ridículo porque las mujeres ya no están ahí. Se nota en el aire, en las conversaciones, en los matices de urgencia que han tenido que esgrimir Rajoy, Cifuentes o Rivera ante la huelga. Los programas de televisión de la mañana, uno de los pilares del sistema, han fundido a negro este 8 de marzo. Ha ayudado, sin duda, la arrogancia de la derecha, en concreto Rajoy y Tejerina, diciéndoles lo que tienen que hacer. Cuando te están pisando que encima te llamen arrastrada te enerva. Todas las plazas de toda España se están llenando y el protagonismo es de las mujeres. Las plazas están llenas de vida.

Que las exigencias de igualdad se conviertan en un nuevo sentido común es un logro civilizatorio. Sin un cambio de conciencia no hay posibilidad de avanzar. Decía Hobbes que la ley sin la espada es papel mojado. Creo que la ley sin conciencia sólo deja a una espada roma y sin filo. Los grandes logros sociales de los que nos enorgullecemos no son sin más logros de la clase obrera, sino de la clase obrera que cobró conciencia y se organizó. Ese es el éxito de esta huelga, y por eso me gustan tanto los alaridos asustados de los conservadores. Creo que su lamento expresa con enorme claridad –por su miedo a perder privilegios, por el espejo inmenso que refleja sus contradicciones- que lo que estamos discutiendo tiene en verdad tintes de revolución.

No hay dinero para pagar los cuidados que hacen las mujeres en nuestras sociedades, especialmente cuando tu voluntad política es rescatar bancos, privatizar y saquear lo público. No hay dinero para pagar las tareas de reproducción que hacen las mujeres en exclusiva. ¿Estamos dispuestos a ceder todos esos privilegios que la mitad de la población, los hombres, disfrutamos sobre los hombros de la otra mitad, es decir, las mujeres? Nadie suelta privilegios sin que se los arranquen.

Como sostiene Nancy Fraser, todos los acuerdos sociales de los últimos doscientos años, incluido el socialdemócrata del Estado social, se han hecho sobre las espaldas de las mujeres. De manera que si las mujeres se niegan a seguir siendo el sostén del acuerdo social, éste se rompe. Es decir, se rompe el modelo económico basado en la búsqueda a toda costa del beneficio a través del mercado (donde todo se convierte en una mercancía). Y la cosa empieza a tomar tintes revolucionarios. Porque la revolución es una situación donde lo que era imposible empieza a ser factible e incluso probable.

Sólo por cuestiones electoralistas el PP y Ciudadanos han dado marcha atrás y dicen que “entienden” las razones de las mujeres que hoy paran en sus empleos y también en sus trabajos de cuidados y en la rueda del consumo y los procesos de enseñanza. Y hay que decirlo con claridad: no hay igualdad para las mujeres si no se revisa el modelo económico.

Hay tres ámbitos, que son nacionales y globales al tiempo, que pueden ayudarnos a repensar de raíz nuestras sociedades: la redistribución de la renta sobre la base de compartir lo común (la desmercantilización de ámbitos de la vida que puso en marcha el estado social y revirtió el neoliberalismo), los problemas ecológicos ligados al modelo de consumo y la igualdad social real de hombres y mujeres. Esta reivindicación tenía el problema de que era contra los padres, los hermanos, los hijos. Pero resulta que ahora puede tener la ventaja contraria: que la tienes en casa y te la van a recordar todos los días. Marx ha colgado hoy su delantal en el balcón.