El delito de odio de los que siempre han odiado la democracia

Hubo un tiempo en en el que las denuncias contra Podemos de sectores vinculados a la derecha y a la extrema derecha tenían siempre el mismo efecto: provocar portadas en los periódicos y medios de derecha y extrema derecha que, a su vez, generaban un halo de sospecha sobre la nueva formación. Denuncias de sectores policiales ligados a las cloacas del Estado, grupos corporativos de cuerpos y fuerzas de seguridad  afines al Partido Popular, asociaciones de cazadores conservadoras, el sindicato Manos Limpias (cuyo presidente terminó en la cárcel por extorsión) se convertían en portadas de buena parte de la prensa basura que daba alas al PP rodeado de corrupción para hablar de otros temas. Pero igual que el tiempo en el que el diario El país tumbaba ministros y asediaba a presidentes ya pasó, estas farsas tienen el mismo efecto que un petardo mojado.

El PP de Rajoy, Cifuentes y Zoido ha ayudado en este populismo punitivo al entender que cualquier cosa puede ser catalogada como delito de odio. Vienen unos años en donde España va a ser el hazmerreír de Europa cuando, sentencia tras sentencia de los tribunales europeos, tumben los disparates con los que el PP quiere acallar a la ciudadanía.

La situación de los inmigrantes subsaharianos en España es terrible. En manos de mafias que les venden mercancía china (ya vimos que alguno de los grandes importadores chinos tenía vinculación con las cloacas del Estado), hacinados en pisos patera, perseguidos constantemente por una ley que castiga con más dureza la venta ilegal que el robo de dinero público, sin papeles, sin acceso a la sanidad salvo en caso de urgencias… Los españoles supimos de ese malvivir cuando tuvimos que emigrar en busca de trabajo a Europa durante el franquismo. Nadie querrá estudiar su esperanza de vida, pero debe de ser de más de una decena de años menor que la media en España. Aunque sean nuestros vecinos.

El jueves pasado falleció Mame Mbaye, vecino del barrio madrileño de Lavapiés. Llevaba 14 años en España y se hacía cargo de su familia. Mantero, sabía lo que era tener que salir corriendo cuando la Policía, cumpliendo órdenes, tenía que requisar su mercancía y detenerles. No sabemos si ese jueves estaba en la Puerta del Sol cuando hubo una redada. Sabemos que cuando le atacó el infarto, caminaba de regreso a casa, y sabemos que la Policía que le atendió no le estaba persiguiendo en ese momento, sino asistiéndole con profesionalidad como tocaba en esa ocasión. Esa noche, las agencias y los medios dijeron que había fallecido mientras lo perseguía la Policía. Algunas agencias citaban incluso como fuente a la Jefatura de Policía. Algunos pensamos que a Mmame, fueran cuales fueran las circunstancias, le había matado la pobreza y que no se trataba de enfrentar a pobres contra gente aún más pobre, ni de echar la culpa a la Policía -cumplen órdenes de los políticos- sino de lamentar que se hubiera perdido una vida que, de ser otras sus condiciones, se habría salvado.

No me sorprende el odio de algunos grupúsculos policiales en cuyo entorno se jalea la dictadura o se muestra un odio cerval contra la alcaldesa Manuela Carmena. Siempre han estado ahí y aúllan porque ya no mandan. No son ni por asomo el grueso de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Me sorprende el odio de los medios pagados por la Conferencia Episcopal y me sorprende la virulencia de medios que se entienden a sí mismos como católicos. El odio que desprenden a Podemos -odio financiado, por supuesto- les hace quebrar su compromiso cristiano. De las declaraciones de estos medios, como del PP o de Ciudadanos, desaparecen los muertos -al día siguiente un ictus se llevaría a otro inmigrante- y solo queda la voluntad de enfrentar a los vecinos con los inmigrantes, con Podemos y con la Alcaldía. El odio y el interés político les vale más que la honestidad y los valores. Ojalá exista ese Dios que reparte justicia y castiga a los sinvergüenzas.

El delito de odio nació para defender precisamente a Mame Mbaye. Pero la deriva irracional del PP está usándolo para defender a los poderosos de la tierra o a sus defensores: banqueros, reyes, ejércitos, presidentes, diputados o jueces y policías que han leído mal la Constitución. Y se daña la democracia. La desconfianza ante la ley tiene que ver con que leyes hechas para defender a los débiles se convierten en fortalezas al servicio de los potentados. Ahí está, sin ir más lejos, la inmunidad parlamentaria, convertida en el PP en una garantía contra la gestión corrupta de cientos de sus cargos.

El PP ha engañado a demasiada gente durante demasiado tiempo. Pero todos los que están en la calle, están protestando precisamente porque ya no les creen sus mentiras. Y sería bueno que las instituciones del Estado, los cuerpos y fuerzas de seguridad, los jueces y fiscales y los medios de comunicación, al menos los públicos, entendieran que no se deben a nada que no sea la Constitución. Porque malinterpretar los delitos de odio y ponerlos a favor de los fuertes es propio de esa gente que en nuestro país siempre ha odiado la democracia.