Las manos en los hombros de la Vicepresidenta

Vivimos en sociedades atravesadas por tres grandes desigualdades: de clase, de género y de raza. Cuando no perteneces a ninguna de las tres es muy fácil que cometas algún tipo de abuso con los que están debajo en cualquiera de esas líneas de separación -pobres, gente racializada -marroquíes, gitanos, subsaharianos, negros-, o mujeres-. Esa superioridad está metida en los tuétanos de la sociedad y no la ves. Por eso es importante estar atento a cualquier señal que te lo recuerde. No la vemos porque está en los pliegues del lenguaje, en las metáforas, en la escuela, en los anuncios, en las leyes, en las redacciones de los periódicos, en los libros científicos y en los cuentos para niños.

En un acto de mujeres en la política ayer en Gran Canarias, Teresa Rodríguez ponía el ejemplo de un niño que decía de una niña: “es mi novia”, trasladando la posesión de los juguetes de Reyes a una persona. ¿Quién Nos enseña eso? Hemos visto sentencias de jueces que nos han escandalizado. ¿Cómo se cuela en la justicia ese sesgo? Todos los días se repiten estereotipos en los anuncios con las mujeres como reclamo sexual. ¿Por qué siguen funcionando esos anuncios?

El día de la moción de censura, en el patio del Congreso de los Diputados quise decirle a la Vicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría que han hecho mucho daño y que me alegraba profundamente de que se fuera del gobierno gente que ha hecho tantas trampas. Hice un gesto que, aunque lo repito con hombres y mujeres, ha sido leído por personas a las que respeto como un gesto machista. Lejos de mi intención, pero si lo parece, toca disculparse.


 

Creo que es lo que toca en estos casos, siempre que hay una queja por parte de personas que están en la parte de abajo de esa línea de clase, género o raza, es pedir disculpas porque su queja es bastante probable que tenga razones que uno mismo ignora. Está bien pedir disculpas porque la gente golpeada todos los días por estar bajo esa línea tiene una sensibilidad que no siempre tenemos los que no somos mujeres, los que no somos pobres, los que no estamos racializados. Especialmente en el tema de género aprendo todos los días y me abochorno de no haber sido muchas veces más sensible y cuidadoso (vine a aprender con la sentencia de la manada que cuando la justicia equipara violación sólo con penetración vaginal está traspasando a una ley esa idea masculina de que “la honra” de la mujer es también una cosa de hombres y que se juzga no por la sensibilidad de la víctima sino por el honor del hombre y el mito de la virginidad entendido como pureza y posesión). Cuando decimos que el 8 de marzo vino a cambiar la política en España es precisamente porque esa sensibilidad va a cambiarnos a todos.

Pedidas estas disculpas, que es lo más importante, quiero compartir algunas ideas porque hay ángulos que no termino de entender y otros que no comparto.

La queja con el gesto con la Vicepresidenta tiene dos ángulos. El primero es el que señala un posible gesto de “micromachismo”. Es evidente que no estaba en mi voluntad y que hubiera hecho lo mismo si el que salía en ese momento hubiera sido Montoro o Rajoy (aunque a ellos no los conozco personalmente y a Sáenz de Santamaría sí).  Mis disculpas han venido porque hay gente que cree que no es así y por eso no he tenido reparos en pedirlas. Pero no es verdad que hubiera la mínima violencia. Agarro por los hombros a Sáenz de Santamaría y ella pone su mano sobre mi brazo después de darnos un par de besos. Si hubiera habido la más mínima presión la Vicepresidenta me hubiera quitado los brazos como hizo la Princesa de Asturias con su abuela. No es persona Sáenz de Santamaría que tolere ninguna falta de respeto. Sin olvidar que estaba rodeada de guardaespaldas que me hubieran roto un brazo de identificar la mínima violencia. No es cierto y es honrado reconocer que no hubo ningún ejercicio de fuerza. La composición, que reconozco que no es amable, no se debe a que la Vicepresidenta sea débil, sino a que, aunque yo no haya sido agraciado por una estatura notable, es evidente la diferencia. ¿Pero de verdad que la débil es la Vicepresidenta?

Me encontré fuera del Congreso a Sáenz de Santamaría hace un año, en la moción de censura que presentó Unidos Podemos -por cierto, una moción con exactamente la misma fórmula con la que ha salido Presidente Pedro Sánchez aunque con un programa claro de gobierno que hoy falta-. Le dije a la Vicepresidenta, a la que no conocía, que se habían excedido con nosotros quebrando casi todas las reglas: creación de una policía política para inventar pruebas contra Podemos que luego aireaba ese dechado de virtudes que es Inda, manipulación de noticias en RTVE para criminalizarnos, presiones para echarnos de nuestros trabajos -con la colaboración de manos limpias-, uso del Ministerio de Hacienda para perseguirnos por ser adversarios políticos, intentos de imputarnos delitos para encarcelarnos. Le dije que eso era contrario a los mínimos democráticos. Soraya Sáenz de Santamaría me contestó: “qué piel más fina tenéis”. 

En el patio del Congreso de los Diputados ¿yo era el fuerte? Nunca se me ocurriría hacer nada de lo que el Gobierno de Sáenz de Santamaría ha hecho contra nosotros. No me inventaría pruebas para decir que han cobrado dinero de donde no lo han cobrado, no usaría a policías corruptos para intentar hacerles daño y encarcelarles con mentiras, no mandaría días enteros a periodistas a la puerta de su casa a ver si pierden los nervios, no sobornaría a jueces para hacer querellas contra ellos (¿recordáis el caso de  la jueza Victoria Rosell y la manipulación del Ministro Soria y el juez Alba? Nadie dijo que aquello era un acoso de hombres sobre una mujer. ¡Y vaya si lo fue!), no amenazaría a las empresas que les contraten con hundirlas si siguen trabajando allí, no mandaría a los antidisturbios a golpear a las mujeres que protestan por la subida de las tasas, o a las que están sobre las vías en Murcia porque el AVE les parte en dos la ciudad,  o a las que se quejan porque les despiden o porque cobran un euro por habitación limpiada en el país del récord del turismo. Todas estas cosas las he hecho Soraya Sáenz de Santamaría. Sumad las decenas de miles de desahuciadas, la falta de una ley integral de violencia machista, los cero euros para abuelas que se mueren sin poder saber dónde están los restos de sus familiares fusilados por Franco, el que tiene el Mausoleo en el Valle de los Caídos. Lamento sinceramente que haya parecido un gesto de fuerza porque hay que erradicarlos -y reitero mis disculpas- pero Soraya Sáenz de Santamaría nunca ha sido débil frente a mí. En cualquier caso, seré mucho más cuidadoso en el futuro.

Hay gente que dice que no es elegante despedir a la Vicepresidenta del Gobierno más corrupto de la historia de España diciéndole que me alegro de que se vayan. Es que me alegro. Me alegro y mucho quizá porque tengo memoria y, además, se lo que van a empezar a hacer desde ayer mismo. A mí se me gastaron las ingenuidades. Me alegro porque ahora se puede plantear que no mueran diez personas al día porque no les llega la ayuda a la dependencia. Me alegro porque las mujeres maltratadas tienen una posibilidad para acceder a un piso de acogida. Me alegro de que los pensionistas que ven el futuro con angustia tengan un poco de paz, de que ese 50% de jóvenes parados tenga esperanza, de que deje de crecer la crispación en Catalunya, de que los medios de comunicación públicos dejen de ser una cloaca y que la cloaca de los privados al menos no reciban financiación para mentir.  Me alegro de que algunos abuelos y abuelas van a poder recuperar los restos de sus familiares y van a poder vivir el resto de su vida en paz.

No hubo en mis palabras a Sáenz De Santamaría gritos ni insultos, sino afabilidad en las formas y un gesto en la cara sonriente y sin crispación. Quienes la convierten en víctima olvidan no solamente que yo no soy así -que tienen derecho- sino que ella no lo hubiera tolerado. Aunque las mujeres y los hombres del PP nos lo han hecho constantemente. ¿Recordamos las palabras de Dolores de Cospedal a una abuela que quería recuperar los restos de su padre asesinado por Franco? ¿Las de Esperanza Aguirre a las víctimas que no sentía como suyas? ¿Recordamos las lindezas de Rita Barberá a los muertos del metro de Valencia? Ya basta de ese miedo que metieron a España en los huesos. Pero no tener miedo no nos hace como ellos. En esta discusión hay algo de fondo. En España parece que nos cuesta hablarle de tú a tú al poder. Por mi parte, es lo que llevo haciendo cuatro años, desde que fundamos Podemos, con el poder político y también con el financiero y el empresarial. Y pagas un precio por hacerlo. Parece que todavía nos cuesta trabajo marcarle líneas a los poderosos. Ellos pueden decir a los parados “que se jodan”, decirle a los pensionistas “que se jodan”, decirle a los abuelos que reclaman la memoria histórica “que se jodan”, pero nosotros no podemos decirles: me alegro de que os vayáis. Ahí no estamos de acuerdo. Y así como me disculpo por un gesto que puede interpretarse como machista, no lo hago por sentirme más cerca de Labordeta que de otras personas en su relación con el PP. Esperad un par de semanas y vais a ver lo que es el PP en la oposición. Si te comportas como el Tío Tom, vuelven a creer que España les pertenece en tres meses. ¿O hay que recordar que Ricardo Costa fue a declarar imputado por robarle a España con la pulserita de España en la muñeca?

En 1931, contaba Salvador de Madariaga, un cacique repartía unas pesetas a sus jornaleros para que votaran por la derecha en las elecciones que ganaría la República. Uno de los jornaleros le devolvió las monedas y le dijo: “en mi hambre mando yo”. Esa dignidad siempre me orienta y para hacerla más fuerte, ahí está mi voluntad de no querer cargos (tranquilidad a los que me preguntan: Pedro Sánchez  no me va a ofrecer ninguna Vicepresidencia).

Hay que seguir luchando contra las desigualdades de una sociedad que es patriarcal, clasista y racista. Las tres luchas deben darse la mano. Porque hay mujeres, como las dirigentes del PP que explotan y abusan de los que tienen menos, que destrozan la naturaleza, que desprecian a los inmigrantes, que separan a las familias y les hacen la vida imposible; porque hay pobres y personas precarizadas que son profundamente machistas y racistas; porque hay personas racializadas que desprecian a los inferiores económicamente y reproducen una cultura machista que golpea a las mujeres. El Gobierno del PP no ha hecho nada ni por las mujeres ni por las mayorías cada vez más desiguales ni por los inmigrantes, salvo criminalizarlos. Por todo esto, al tiempo que he aprendido que hay gestos que es mejor no hacer, me alegro infinitamente que se hayan ido y de que la maquinaria judicial y policial pueda hacer su trabajo sin interferencias. No me molestan las críticas de periodistas mercenarios ni las de los que son conocidos por acosar en sus redacciones. Tampoco de los que querrían que no existiéramos por razones políticas. Sabemos que nos van a cuestionar cualquier cosa que hagamos. Pero quiero seguir escuchando todo lo que la cera machista, clasista y racista tampona mis oídos. Así que añado a mi alegría por haber cumplido el primer paso de lo que prometimos hace cuatro años, mi agradecimiento a todas las mujeres por estar alertas y recordarme cada tropiezo.