Que Dios te otorgue el doble de lo que me deseas

Que Dios te otorgue el doble de lo que me deseas. Así reza en muchos autobuses de Caracas. Los autobuses en el Caribe te llevan a cualquier parte porque los trenes los quitaron cuando lo dictaron así quienes trabajaban para los dueños de los camiones. El tren siempre lleva a alguna parte mientras que las naves podían encallar en mitad de la nada. Una parte importante de las grandes obras de la literatura occidental son un viaje, un viaje de conquista como en las sagas, de regreso a casa como en la Odisea, un viaje para buscar el mal que tenía nombre de ballena, un viaje desde la locura a la lucidez como en el Quijote, también hacia el Calvario como en los Evangelios o en Luces de Bohemia o hacia las primeras decisiones como en Grandes Esperanzas. La vida, de hecho, es un éxodo donde pasas obstáculos y vas creciendo camino de volver a la tierra.

Los viajes forman parte del ser humano. Nos hicimos humanos viajando. Salimos de África de viaje. Planear un viaje muchas veces es la parte más alegre de todo ese proceso. Porque no viaja todo el mundo igual y no es lo mismo viajar a un sitio donde te ponen una pulsera en la muñeca que te da vía a barra libre de daiquiris que vender todo lo que tienes para ponerte en manos de mafias y de un mar que nunca sabe que te ahoga.

Viajar cuando huyes de la guerra, de las sequías, del hambre es otra cosa y el plan del viaje es tan triste como el viaje. En una Europa sin ideas, sin alternativas económicas, con un deterioro salarial evidente, partidos sin ideas usan a los inmigrantes para canalizar el descontento. Los inmigrantes parecen diferentes a nosotros y son el blanco más sencillo para dirigir la ira.

Cuando tu única idea es la de la patria en peligro, eres un pozo sin fondo de ira y los argumentos te van a dar lo mismo. Sabes que una inmigrante concreta, a la que le conoces el nombre, es la que cuida a tus padres ancianos, pero se te llena la boca de insultos a los inmigrantes abstractos de los que dices que ponen la patria en peligro y te hacen sentirte útil porque eres de aquí y ellos no y ya tienes una misión en el mundo que te tranquiliza y te da un lugar.

Los Ministros del Interior se están convirtiendo en los grandes gestores de la política nacional. Como señores del bien y del mal, deciden quién muere en altamar y quién encuentra un puerto abierto donde ser sujeto de eso que llamamos derechos humanos. Europa, que nació a la democracia dando refugio en la Grecia clásica (Las suplicantes, de Esquilo), hoy está convirtiéndose en un sitio odioso donde cosas que parecían imposibles, vuelven a ser posibles. Regresarán los trabajos forzados, los castigos corporales, las ejecuciones públicas. Obvio es que los presos que van a trabajar no se apellidan Urdangarín. Europa va marcha atrás. Y todo habrá empezado porque pensando que no tiene nada que ver contigo, empezaste a negar los derechos humanos a los inmigrantes.