Saben los neurobiólogos que las pasiones residen en nuestro cerebro más primitivo. Toda decisión “racional”, explica Antonio Damasio (Y el cerebro creó al hombre, Madrid, Destino, 2010) es antes “emocional”. Nuestro cerebro primitivo no deja emanciparse al cerebro más reciente. Para contrarrestar una emoción negativa es menester tener “una emoción positiva muy fuerte”. No es una apuesta por la irracionalidad. Lo es, bien al contrario, por una “razón emocionada” o una “emoción razonada”, precisamente la que permita salir de las trampas de un mundo que, gracias al cierre intelectual de los que niegan una parte de la realidad al tiempo que la bautizan, dice que la protesta es terrorista, la risa subversiva, los parados perezosos, los estudiantes revoltosos y las mujeres reivindicativas, aligeradas. Los indignados que se disfrazan de payasos para manifestarse contra los recortes sociales lleva a que las cargas de los antidisturbios validen no solamente al capital financiero, sino también su imagen inclemente de verdugos de Gabi, Fofó, Miliki y Milikito. Emocionalidad bien inteligente.
La izquierda sólo ha entusiasmado cuando se atrevió a brindar un mundo diferente, que, casi necesariamente, siempre estuvo poco concretado. Te lanzas a la calle por leyes más justas, no por reglamentos mejor elaborados. “Libertad, igualdad y fraternidad” en la revolución francesa, “tierra y libertad” en la revolución mexicana, “pan, paz y trabajo” en la revolución rusa o “patria, socialismo o muerte” de los procesos cubano y venezolano. ¿Puede acaso hoy tumbarse la jaula de hierro del consumismo sin emocionar a quien va a serrar los barrotes?
El 15-M ha sido capaz de lograr lo imposible para ninguna internacional anterior: convocar la primera manifestación global contra el modelo capitalista. Un G-90. Tantos como países salieron a la calle a recuperar la democracia en donde nació: en las plazas. Un momento destituyente. En apenas seis meses. Una pregunta, no una respuesta.
Frente al shock de la crisis que tan bien ha explicado Naomí Klein (La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Madrid, Paidós, 2010), la reacción popular ante la dictadura de los mercados está teniendo derroteros diferentes a los tradicionales. La emoción del 15-M se parece a esa generosidad que nace de los desastres (el terremoto de México, el desastre nuclear de Fukushima o los deslaves tras las lluvias en América Latina). Entonces se suspenden los egoísmos. Se trata de luchar por lo básico. Ahí nace el optimismo, la comunión, lo que hermana con los demás porque conecta con lo que es más grande que uno mismo. ¿Son acaso mejores los libros de autoayuda, la guía de las vanguardias, la militarización de la sociedad? La alegría del 15-M desborda los diques de los partidos, de los sindicatos, de las instituciones. Los hace, incluso, más útiles, cuando el viento de las plazas tomadas es capaz de romper las constricciones o la pusilanimidad del sindicalismo para defender la educación pública. Y también los desafía cuando recuerda que es la misma ciudadanía la que vota y la que comparte la visión del 15-M, de manera que el resultado de las elecciones del 20-N, lejos de cuestionar al movimiento lo que hace es emplazar al gobierno entrante.
Cuando un rayo cae en la noche, el campo se ilumina y hace visible lo que estaba oculto. No bastaría entornar los ojos para ver lo que la oscuridad negaba. Hay demasiados velos. Sólo un ojo con la sensibilidad suficiente como para detener el tiempo es capaz de ver entre los fotogramas esa verdad que la vertiginosa película niega. Hace falta una sociología de las ausencias (Boaventura de Sousa Santos, El milenio huérfano, Madrid, Trotta, 2011) que transforme, siguiendo a Bloch, lo que aún no existe en lo que existe todavía no. Es una cuestión de sensibilidad. La emoción hace que el dolor se convierta en saber, el saber en querer, el querer en poder y el poder en hacer. Un joven que se prende fuego porque la policía tunecina le ha quitado el medio de supervivencia, unos estudiantes egipcios, madrileños o griegos que acampan en mitad de la ciudad, pobres neoyorquinos que se enfrentan a ricos en el corazón de su caja de caudales, un desahucio en Vallecas al que se le ven las lágrimas, un presidente que miró a los ojos y luego engañó. Sólo la sensibilidad puede convocar a la razón ausente. Sólo la emoción puede romper la clausura del pensamiento lograda por la sobreinformación, el afán consumista, el miedo al futuro, la negación del pasado y la zozobra ante la incertidumbre y el castigo. Si el sistema sólo entiende de objetos -una hipoteca no satisfecha, una plaza universitaria costosa, un viejo o un enfermo que incrementa el déficit, un interino que encarece la deuda, una protesta que enfada a los bancos- la sensibilidad devuelve a su lugar a las personas. Y cuando hay personas –no objetos- hay reconocimiento, la base para una búsqueda compartida de soluciones. Recuerda John Holloway la frase de un indígena a unos cooperantes: si vienen a ayudarme, olvídenlo. Si vienen porque su liberación está íntimamente relacionada con la mía, trabajemos juntos. Cambiar la mirada para ver diferente (John Holloway, Agrietar el capitalismo, Barcelona, Viejo Topo, 2011).
El 15-M ¿una opción de gobierno?
¿Gobernar mañana? El 15-M tendría que firmar, como el Lenin de 1917, onerosos tratados de paz si asumiera antes de tiempo esa responsabilidad. Perdería territorio, pagaría reparaciones, lastraría su vuelo. Todavía no se dirime en esas lides. El 15-M no es la respuesta a la esclerosis del capitalismo neoliberal y de la democracia representativa: es el diagnóstico de su enfermedad. ¿Para qué enfermarse con ellos? No es un partido ni debe ahora mismo serlo. Un partido es un medio para un fin. El 15-M es un fin en sí mismo: una gran conversación que a fuerza de saber lo que no quiere, va a terminar sabiendo lo que quiere.
Sin líderes, sin programa, sin estructura, el riesgo de desaparición en el reflujo del movimiento está ahí. La enseñanza del zapatismo debiera servir como contrapunto: pudieron haber transformado México cuando el país se abrió conforme entraban en la plaza del Zócalo. Luego, el tiempo les robó esa posibilidad. En el mundo político, saber leer los plazos forma parte del éxito y también de la derrota. Pero la crisis del sistema y la imposibilidad de encontrar soluciones desde dentro, va a seguir alimentando la búsqueda. Antes de desaparecer, el capitalismo va a dejar el mundo sembrado de cadáveres. Por eso mismo, el movimiento necesita hacer algo con los liderazgos, con los programas, con las estructuras. Lo que tampoco significa repetir esquemas del pasado. Ni los programas son recetas de expertos ni las estructuras significan verticalismo. Es tiempo de una implicación social más horizontal. Hay que reinventar la gobernanza –un concepto nacido para regular- y darle la vuelta para convertirla en democracia –que sea la sociedad organizada y con capacidad deliberante real, no el mercado ni el Estado, quien decida las bases de la convivencia social-. Decisiones políticas que nazcan de la discusión y de unos mínimos compartidos anclados en un nuevo contrato social. Que después serán ejecutadas por la organización –en sociedades complejas, no pensar en alguna suerte de representación es ilusorio- pero que siempre tendrán abierto el camino de regreso a la supervisión de la ciudadanía a la que le afectan las medidas.
Frente a la libertad reclamada por el 68, ahora se reclama la igualdad. La naturaleza rota, el futuro incierto, la violencia cotidiana no soportan las diferencias. De ahí la fuerza de la camaradería en el 15-M. Por eso también la relevancia de las redes sociales, por su horizontalidad, por su relación entre iguales que se reconocen y tratan como tales.
En el 15-M confluyen veteranos castigados por el sistema y también clases medias enfadadas que, por vez primera, se han sentido tratadas como proletarios. En el maltrato se reconocen y se reinventan. Ahí se entiende parte de su amabilidad. La lucha contra el autoritarismo generó un tipo de partido. La guerra fría, otro. Del 15-M saldrán maneras diferentes de organizarse políticamente. Lo relevante será ver en qué medida se genera un viaje de ida y vuelta constante al movimiento que marque con su sello las formas de hacer política.
Frente a un capitalismo rígido y cada vez menos tolerante –nada líquido, con perdón de Bauman- el 15-M articula inteligente su oposición. El sistema sabe defenderse cuando se le niega o se le combate, pero no sabe qué hacer cuando se ve desbordado. Es la estrategia del movimiento desde apenas 5 meses. Pone patas arriba las teorías de esos intelectuales ignorados por los pueblos insurgentes que afirman: “si la realidad no se parece a la teoría, peor para la realidad”. Una realidad tozuda e irreverente, que, con perdón de los intelectuales consagrados y con el favor de los poetas, al igual que el rayo, no cesa.
Y sin embargo, hay elecciones
Dos hechos confunden el análisis en relación con el 15-M. En primer lugar, cómo es posible que un movimiento que señala desde la izquierda las insuficiencias de la democracia representativa y del capitalismo neoliberal, termine beneficiando en las urnas a fuerzas políticas de la derecha, esto es, a las menos comprometidas con formas participativas de democracia y a las que con más ahínco defienden el modelo neoliberal. En segundo lugar, cómo se explica que más del 70% de la ciudadanía muestre su coincidencia con las propuestas del 15-M y, sin embargo, entre el 60 y el 70 % de la población vaya a ir a votar el 20-N y, de manera mayoritaria, vaya a hacerlo por los dos principales partidos.
En primer lugar, hay que entender que la lectura que la ciudadanía hace del voto es la de un derecho que ha costado conseguir. Renunciar sin más a él, después de cuarenta años de dictadura, no tiene mucho sustento pese a la perversión democrática actual. Hay que añadir que opera también una rutina electoral plenamente vigente, de la misma manera que operan otras rutinas sociales que forman parte de la estructuración del orden social (se va a votar como se va a misa en las bodas y los entierros, a los cementerios el día de difuntos o a hacienda o al banco para la declaración de la renta). Añadamos que cualquier ciudadano o ciudadana, lo que busca políticamente en primera instancia, especialmente en momentos de crisis, es la solución a sus problemas. Quienes tienen los resortes del poder poseen, obviamente, más posibilidades de hacer algo que cada persona en singular, algo que es leído –y repetido mediáticamente- a cada momento por los votantes. La crisis, además, genera miedo, y el miedo actúa como una suerte de regresión a la infancia, donde se espera con ansiedad que una figura paternal solvente los problemas que tienen a uno atenazado. Los principales líderes, encumbrados como padres de la patria, ya han recibido esa vestimenta con su cargo. Además, siempre hay dos grandes opciones. Si A no es capaz, siempre tenemos la sacrosanta posibilidad de echarnos en los brazos de B.
No ha estado la academia exenta de este juego rutinario, al ir construyendo un relato funcional para esta imposibilidad de cambiar electoralmente un país de no obrar previamente un fuerte descontento social. Una serie de hitos han ido vaciando a la democracia según se iba extendiendo su presencia por el mundo. Ya en la Revolución Francesa se estableció que era el experto en el cuerpo social, al igual que ocurría con el caso del experto en el cuerpo enfermo, quien debiera ocuparse de su tratamiento. El abate Sieyés fue quien sentó las bases para dejar al representante, por su mayor supuesta cualificación, la gestión de lo público, algo que luego santificaría la Constitución francesa de 1791, Debemos a Benjamin Constant el establecer, en una famosa conferencia en 1814, la matriz de que la libertad de los modernos tiene lugar en el hogar privado, y no en el ágora, lugar de ejercicio de la libertad en el mundo antiguo. Con Luis Napoleón Bonaparte se aprendió posteriormente –tras las revoluciones de 1848- que los pobres pueden votar a los responsables de su pobreza si se les convence de que tienen más que perder en el desorden o la revolución que sosteniendo el régimen que los oprime. A mediados del siglo pasado, y de la mano de la teoría económica de la democracia, se construyó la idea de que los partidos son empresas que deben maximizar sus beneficios –los votos- en un mercado competitivo. Aunque, al igual que en los mercados, pronto iban a surgir cárteles donde se amañaban las reglas de la competencia. Bobbio le prestó especial atención en los años 70 –en discusión con la izquierda marxista italiana- a lo que se llama el “problema de las escalas”. En nuestras grandes urbes, y a diferencia de lo que ocurría en el ágora griega, no sería posible la democracia si no es a través de la representación. Cerraría este “gran relato” de la democracia como procedimiento y no como sustancia, la conversión de la discusión democrática a una discusión sobre la transformación de los votos en sistemas políticos, reduciéndose la política a fórmulas electorales. Toda esta construcción discursiva ha venido desembocando en un lema: vota y no te metas en política. Se pagaba el precio de la desafección ciudadana. Pero si el capitalismo es un sistema cortoplacista, la democracia representativa no está ajena a esa miopía congénita.
De manera más concreta, el régimen electoral español limita aún más las posibilidades democráticas al arrastrar los vicios de la transición. El asentamiento de los partidos políticos en la era de la televisión, sin haber pasado por las fases previas de discusión social propias de otros países de nuestro entorno, ha sido otro rasgo de debilidad que también conspira en la incapacidad del sistema político para dirigir los cambios. A la muerte de Franco en 1975, y con el miedo de las elecciones de 1931, donde las grandes ciudades dieron el triunfo a la República, se decidió sobrerrepresentar, en la futura “democracia”, a las zonas rurales así como a los partidos mayoritarios (las bases de nuestro sistema electoral están en la ley para la reforma política de 1976 y en el también preconstitucional Decreto ley 20/1977 del 18 de marzo). La Constitución estableció posteriormente, en la misma dirección, que la circunscripción era la provincia y que a cada una de ellas le correspondería un número mínimo de diputados, que la posterior ley de 1985 (una mera actualización de la de 1977) establecería en dos, de manera que Soria, Teruel, Madrid o Barcelona eran tratadas de la misma manera, primándose los territorios sobre la población. La asignación de escaños según el método D’Hont terminó de cerrar el esquema, al beneficiarse a los partidos mayoritarios (pero solamente porque al grueso de las provincias les corresponden pocos escaños, quedándose las terceras fuerzas, en concreto Izquierda Unida, fuera del reparto pese a superar por lo general la barrera del 3%. Echarle la culpa a D´Hont es no querer ver que la culpa está en un diseño que primaba la estabilidad de un régimen de clase a la proporcionalidad en un escenario de futuro incierto). El “no nos representan” del 15-M ha venido gestándose desde lejos.
¿Qué puede decir el 15-M al respecto? Si es cierto que el movimiento es una pregunta y no una respuesta, cualquier respuesta de los que comparten la pregunta debiera entenderse como válida, especialmente cuando esté reflexionada. El 15-M, como hemos señalado, no se la juega el día de las elecciones, y su principal tarea es mantener una línea de coherencia que le permita, incluso en el escenario de una aumento de la participación y una victoria por mayoría absoluta del PP, seguir insistiendo en sus planteamientos.
Cabe, sin embargo, recordar los efectos de cada una de las decisiones para evitar efectos perversos no queridos. En primer lugar, hay que apuntar que la abstención no afecta al sistema. Ni siquiera en el caso de que la mitad del país no acudiera a las urnas, el sistema se estremecería. Esas cifras son las tradicionales en Estados Unidos y ningún cambio ha venido nunca por ahí. La abstención es la forma de protesta electoral más estéril, además de que junta una abstención concienciada con la abstención de los gorrones o perezosos políticos que deciden no molestarse por los asuntos colectivos, o con las personas que, por las razones que fueren, ese día no pudieron acercarse a votar.
Parece evidente que votar PSOE o PP es un voto contrario a la lógica del 15-M. Dejando de lado si los dos partidos son iguales –algo que no es cierto en el carácter de sus militantes y votantes, aunque sería más difícil de negar en lo que respecta a las grandes decisiones económicas y políticas -, lo que es constatable es que los dos partidos han votado conjuntamente el grueso de las leyes y decisiones políticas que afectan a la ciudadanía. Así ha sido en el canon digital, en contra de la dación en pago, a favor del rescate bancario, a favor de la reforma laboral que encadena contratos precarios o aumenta la edad de jubilación, de la reforma constitucional que da prioridad al pago de la deuda por encima del gasto en educación, sanidad o pensiones o la entrega de Rota al escudo antimisiles. No parece que tenga mucho sentido votar al PSOE para que haga lo que no ha querido hacer estando gobernando, ni tampoco para, una vez más, frenar al PP, cuando todo indica que es más fácil una gran coalición en caso de que lleguemos a un escenario como el griego a que el PSOE decida echar su suerte con el grueso de la población.
El voto en blanco tiene el problema de que se contabiliza como voto válido, de manera que aumenta la barrera del 3% que tienen que superar los pequeños partidos para entrar en el parlamento. Es una forma de protesta igualmente débil, pues está dirigiendo sus dardos contra los partidos, y no contra un sistema que, de partida, está diseñado para tener resultados que atentan contra la libertad y la igualdad del voto (supuestamente consagrados en el artículo 68 de la Constitución). El voto nulo, en este sentido, parece más adecuado. Se trata de un “grito” de disconformidad que, además, al no contabilizarse como válido, no sube el listón para los pequeños partidos. Voto nulo es cualquier voto que manipula las papeletas originales –salvo hacer una señal en el nombre de alguno de los candidatos, que permita identificar al “candidato conocido”-. El problema es que, al tener que ir la “queja” dentro de un sobre válido, no se puede identificar el origen de la nulidad. Lo mismo ocurre en el recuento. Salvo en el caso del País Vasco, cuando la izquierda abertzale pidió a sus votantes que el voto ilegalizado se convirtiera en nulo –lo que permitió una identificación al medirse el voto nulo anterior, siempre escaso, y el obtenido después de lanzarse la consigna- en el caso del 15-M no existe esa posibilidad, de manera que el sistema igualmente lo digerirá sin problema.
Queda votar a los pequeños partidos, lo que a su vez, aunque no se suele mencionar, tendría el efecto añadido de otorgarle un apoyo económico para mantener sus redes locales –por voto recibido y también si superan el 5% de los votos-. Pero una vez elegidos ¿qué garantías tiene el movimiento de que esas formaciones se convertirán en herramientas al servicio de la voluntad de cambio que apunta el 15-M? ¿Existe la posibilidad de que los diputados y diputadas de esos pequeños partidos hicieran como sus pares islandeses que forzaron una constituyente? ¿Hay que darles el voto de confianza?
El 15-M ha tenido, como principal virtud, la repolitización de la sociedad. Y el principal efecto de esa repolitización es la pérdida de la autorización política que recibían los gobiernos a través de las elecciones en las democracias liberales representativas. El gobierno saliente de las elecciones del 20 de noviembre no obtendrá ningún cheque en blanco. El 15-M se lo va a recordar, con el apoyo de una parte importante de personas que votarán ese día -e, incluso, de muchos y muchas que habrán votado a alguno de los dos grandes partidos-. Los sueños del 15-M, como rezaban muchos carteles en la Puerta del Sol en el verano madrileño, no pueden cerrarse en el espacio cerrado de una urna. Los problemas se han hecho inconmensurables a las medidas del sistema. Estamos ante problemas globales cuyas causas están en el modelo neoliberal y en esa democracia demediada convertida en un instrumento funcional para las necesidades del capital.
Pensar desde la grieta
En todo el mundo han empezado a surgir grietas. Cierto es que el espacio de la pared es amplio y desdeñarlo sería un mal análisis. Pero la grieta marca la tendencia. Y unas elecciones solamente pueden parar una tendencia cuando el gobierno saliente esté dispuesto a construir en esa dirección. La mentira por excelencia de nuestras democracias –votar a B cuando A demuestra su incapacidad- está desenmascarada. Lo hemos visto en Portugal o en las Comunidades Autónomas donde ha ganado la derecha. El ciclo va a cerrarse cuando la ciudadanía constate que el Partido Popular viene con las mismas respuestas. Será, a ciencia cierta, el momento de alguna suerte de gran coalición entre el PSOE y el PP (algo ya ensayado en la reforma constitucional). Será el momento en el que el 15-M tiene que hacer constar su coherencia. La que, en cualquier caso, no está en juego en las elecciones.
La legitimación procedimental a través de las elecciones, aun siendo condición necesaria, ya no es condición suficiente. La mercantilización de la política ha enfriado, como decíamos, la autorización. Es el fin de los monólogos y la exigencia urgente de los diálogos. Esto, que parecen no entenderlo los herederos de la modernidad, lo entienden los que insisten en ignorar todo aquello que no les deja vivir. ¿Un exceso de emoción? Ya decía Pascal que hay razones del corazón que la razón no entiende. Y estaría bien que pensadores como Bauman recordaran que eran ellos los que decían que hay una línea directa entre la fría modernidad y el campo de concentración de Auschwitz. Que le pregunten a Mario Draghi, el ex vicepresidente de Goldman Sachs devenido en Presidente del Banco Central Europeo; al premio nobel de la paz Obama cuando sobrevuela Guantánamo o a ese cónclave de Halloween que ha cambiado las escobas por los helicópteros y que se empeña en decir desde sus consejos de administración bancarios que, como nos ha recordado un filósofo, la democracia no puede ser un peligro para la democracia.
* una versión resumida de este artículo salió como Dominio Público en la versión en papel del diario Público el 5 de noviembre de 2011.
Es un lugar común entender que la mejor manera de exorcizar a la muerte es convocándola, de manera que así, frente a frente, se la priva de esa capacidad de sembrar miedo que tiene cuando se la sabe rondando pero permanece invisible. Cuando empezamos a hablar –hace unos centenares de miles de años- empezamos a enterrar a los muertos y a inventarnos dioses. Pensarse a uno mismo y saberse con fecha de caducidad siempre ha sido un espacio de inquietud. Pero no siempre acertaron los creyentes en su elección. Los neandertales, que ya hacían ritos funerarios, desaparecieron como especie, de manera que parece haber una relación directa entre la inteligencia y los dioses que uno escoge. Basta ver algunas manifestaciones para corroborar este aspecto.
La noche de Halloween (en su original inglés, ”All hallow’s eve”, la víspera de todos los santos) es una fiesta pagana de celebración del sol, cuyo éxito en países católicos llama la atención –aún más cuando tenemos el preceptivo “día de todos los santos”- aunque no deja de tener detrás razones bien comprensibles. Podemos atrever algunas de ellas.
En primer lugar, hay que entender la capacidad del imperio de imponer sus modelos culturales (los valores dominantes, dijo Marx, son los valores de las clases dominantes). Si en pueblos del Caribe celebran a un gordo abrigado para burlar la nieve y guiado por recios renos, no parece extraño que en Madrid la gente se eche a la calle vestida de hada de Walt Disney o de vampiro hollywoodense. No hay que dejar de lado también la crisis económica. Si los grandes almacenes agotaron los días en donde la elegancia social del regalo debía ejercerse –en sociedades sin tiempo para el amor que buscan compensarlo comprando mercaderías que compensen la falta de cariño-, Halloween ha venido a ofertar una nueva excusa para hacer gasto. Es también importante reseñar el agotamiento de las propuestas católicas, empeñadas en reprender, asustar, castigar y amenazar. Vestir a tu hijo para la primera comunión va a obligarle de por vida, mientras que disfrazarle de osezno tiene detrás la diversión de inventarnos nuevas identidades (una vez más, una manera de burlar a la parca escondiéndonos de nosotros mismos) y muy pocas obligaciones, algo que se agradece en sociedades poco dadas al esfuerzo y acostumbradas al hedonismo. Para cerrar el círculo, en nuestras sociedades marcadas por el miedo, con un pasado que ha perdido interés y un futuro incierto, sin garantías laborales, habitacionales, sentimentales ni culturales –donde ya no hay certezas, donde todo es fugaz, vertiginoso, líquido-, el culto al horror parece que juega el mismo papel que la convocatoria a la muerte de los pueblos antiguos. Convocar para conjurar. Eso nos daría cuenta del gusto por el cine de terror o catástrofes, las películas de zombies o vampiros, la tentación del suicidio, el consumo televisivo de la muerte y, también, la fiesta de Halloween, manera dulce e inocente de ese diálogo con la inevitable.
Viendo Inside job, Marginal Call o Debtocracy, peliculas recientes e indispensables que tratan de cómo una reducida secta de satánicos se reúnen para beber la sangre de sus millones víctimas –que no viajan con escobas, sino en helicóptero-, parece evidente que el verdadero Halloween es el que marca el aquelarre neoliberal. Celebrado por encorbatados pistoleros –y algunas pistoleras, cierto que pocas- y tolerado por los sacerdotes políticos –y alguna sacerdotisa, aquí más presentes- que hoy gobiernan a través de los ejecutivos y los parlamentos, mañana a través de Goldman Sachs, del FMI, del Banco Mundial o de las agencias de calificación.
“Truco o trato”, reza la crónica que ofrecían la noche de difuntos los que llamaban a las puertas de las casas reclamando la ofrenda a los dioses de la noche. Aquí y ahora sólo hay truco. El del Banco Central Europeo, nombrando al que fuera Vicepresidente y socio de Goldman Sachs –empresa responsable de falsear las cuentas de Grecia para incorporarse al euro-, Mario Draghi, como Gobernador de la máxima entidad emisora de Europa; el de Mariano Rajoy, que en vez de presentar un Programa electoral presenta una “lista de tareas” en una rueda de prensa donde no se permiten preguntas. El de las autoridades europeas, que siguen drenando fondos para los bancos mientras la soga aprieta más el cuello de la ciudadanía. El de la socialdemocracia, que no se atreve a decir que con estas reglas de juego sólo le queda parecerse a los que generaron su nacimiento hace casi dos siglos.
La pagana fiesta de Halloween coincide con el otoño, la estación en que se caen las hojas y se anuncia el invierno. Recordatorios de la fugacidad de las cosas. El comienzo de la etapa oscura. Metáfora incomparable del neoliberalismo. El que hemos tenido, tenemos y promete agravarse si no se agudiza la oposición a las decisiones de esa minoría ávida de sacrificios ajenos.
De lo contrario, más de uno lamentará no haber guardado la pulpa de la calabaza para poder comérsela cuando arrecie el hambre.
El Presidente Correa abandona la Cumbre Iberoamericana mientras habla la Vicepresidenta del Banco Mundial, Pamela Cox. Se pregunta Correa ¿por qué tengo que escuchar en un Cumbre de países iberoamericanos la cátedra de una institución que chantajeó a mi país? En especial a la persona que le dijo: sé que necesitas el crédito, sé que os lo habíamos aprobado, sé que habéis cumplido todos los requisitos, pero habéis cambiado la política, y eso sólo lo decidimos nosotros.El Banco Mundial lleva décadas (al menos desde mediados de los 70) obligando a los países de América a abrir sus fronteras, vender su patrimonio, encadenarse a la deuda, reducir el gasto social. Ahí no queda la cosa: se ha creído con el derecho a nombrar y tumbar presidentes, cerrándole el crédito a los países que no se plegaban, presentándolos como “sospechosos” (de manera que se encarecía su deuda), haciendo declaraciones el mismo día de las elecciones (al igual que la embajada norteamericana) recordando a los votantes que determinadas opciones podían significar el “desastre”.Las Cumbres Iberoamericanas fueron un invento de Felipe González a mayor gloria de una manera de entender las relaciones internacionales basada en el intercambio de favores económicos entre las élites. Buena parte de los comilitones de González (igual que luego con Aznar) han terminado juzgados, encarcelados o perseguidos por la justicia en sus países. Qué casualidad, igual que las amistades del Rey Juan Carlos, otro “imprescindible” de las Cumbres Iberoamericanas y también del Foro de Davos en Suiza y de las reuniones de la Trilateral.Menem, Collor de Melo, Zedillo o Salinas de Gortari, Carlos Andrés Pérez, Sanguinetti, todos responsables de impedir que América Latina creciera. Hoy, con otros dirigentes, el continente avanza. Pero España, torpe, noqueada, encarcelada en las jaulas de los intereses de las transnacionales, sigue sin entender que la relación con América Latina tiene que ser otra. Felipe González, operador económico de Cisneros (Venezuela) y de Slim (México) parece seguir marcando la pauta de esas absurdas reuniones que solamente sirven para facilitar encuentros económicos entre poderosos y para que alguna migaja caiga en los países más necesitados (Haití quiere incorporarse a la Cumbre, desesperado en su desesperación).
¿Por qué no entiende España que su especial relación con América Latina pasa por poner en primer lugar los lazos sociales, el reconocimiento de los errores y la voluntad auténtica (no pongo “real” para evitar confusiones monárquicas) de encuentro, supeditando las dependencias económicas del sistema a este regalo de compartir la lengua, la historia y la voluntad de emancipación de sus pueblos? Miramos atrás en la historia compartida y nos encontramos con Lázaro Cárdenas y su entrega a los perdedores de la guerra contra Franco, con los exiliados republicanos abriendo editoriales y cátedras por todo el continente, a los abuelos contándole al Che Guevara la guerra de España, a la acogida en España a los exiliados argentinos o chilenos, a los libros de ida y vuelta, a los encuentros literarios y artísticos…Miramos atrás y no aparecen las Cumbres. Tiene razón Chávez: los gobiernos de cumbre en cumbre y los pueblos de valle en valle. Incapaces de reunir a los pueblos, incapaces de organizar foros donde la sociedad hable, incapaces de religar la política institucional con la política en curso en el continente, invitan al Banco Mundial y a la OCDE a que baje línea. Pero América Latina ya no se deja dictar. Y Correa, con muchísimo respeto, abandona la Cumbre para no escuchar a los responsables de tanto dolor en todo el mundo. Evo Morales le secunda. Igual que los 11 países que decidieron no acudir a Paraguay. ¿Qué les ofrecemos con los planes del Banco Mundial o de la OCDE, nuestras cifras de paro, el aumento de la edad de jubilación, la pérdida de derechos sociales, el deterioro de la educación pública, más privatizaciones? No deja de dar vergüenza que en Asunción, uno de sienta más representado por la dignidad de Correa que por la complacencia de Zapatero.
Si todo el mundo va a ver qué pilla, lo extraño no es que los mercados desconfíen. Lo que realmente es un misterio es que la ciudadanía siga confiando.
Vemos que al tiempo que las cajas de ahorro se hundían, sus directivos se enriquecían, algo de lo que nos hemos enterado solamente porque la quiebra de las entidades financieras ha generado una publicidad que no existe en casi ningún otro ámbito. Goldman Sachs ha nombrado a los últimos Secretarios del Tesoro norteamericano desde, al menos, los tiempos de Reagan. Y el asesor de Zapatero es hoy el asesor de la patronal financiera. Solbes está en Barclays y Rato en Bankia. Y Cospedal cobra varios sueldos mientras Rajoy sabe que gana “un poco más” de lo que alguien le recuerda.
Los mismos que condenan al hambre, son los que mueren de glotonería. Los mercados, que lejos de ser tales son redes de información privilegiada, saben que no tienen que confiar en nadie y por eso son tan sensibles a cualquier movimiento, especialmente los que vienen de la banca o de la política, que cada vez están más indiferenciados. La bolsa sabe –sus articuladores- que las aguas en donde ellos moran están llenas de tiburones. Lo que ellos no cojan, lo cogerán otros. Es una cuestión de rapidez. Es el juego de la silla. Ellos lo saben. La ciudadanía no.
Mencionar esto ya no sirve tampoco de gran cosa. Podemos oír estas quejas incluso en las radios públicas. Pero no se genera ninguna transformación. La sobreinformación, el tono jocoso o la saturación ante el horror consiguen que no ocurra nada. También la esperanza de no estar señalado para ser de los que se hundan. Una estrategia históricamente bastante desafortunada.
Quedaría el escrache, esa táctica ciudadana inventada por los hijos de los desaparecidos durante la dictadura argentina, que consistía en perseguir a los torturadores a la panadería, al portal de su casa, al restaurante, al cine, para decirle a todo el mundo que esas personas de aspecto adorable eran monstruos. Interrogado el enriquecido director de la quebrada Caja del Mediterráneo sobre si tenía la conciencia tranquila, sin mover un músculo de la cara, y sabiéndose respaldado por el obispo responsable, contestó: “totalmente”. En cualquier caso, esa misma noche podía ir a cenar al restaurante más caro de la ciudad sin verse interrumpido.
Hay un ángulo no alumbrado de las reformas educativas. Las clases privilegiadas, cada vez con más nitidez, no quieren que sus cachorros se mezclen con la chusma. La élite aristocrática siempre ha organizado fiestas para que sus hijas, jóvenes y atolondradas, no cometieran la tontería de enamorarse de alguien de otra clase. Cuanto antes se comprometieran, mejor, porque así se conjuraba que se fueran, no con con un trompetista negro de la vecindad, como rezaba la canción, sino con alguien que no tuviera detrás unas cuantas generaciones de solvencia. Esos que aún podían llegar a algunos colegios o a algunas universidades.
En los tiempos que corren, hay que asegurar las diferencias. Y esa lógica recorre casi todas las transformaciones. En los colegios, en los barrios, en las universidades. De ahí el escándalo de Esperanza Aguirre de que alguien pueda rondar su portal. Ahora que ya no está ETA ni su macabra excusa, igual vienen los que de verdad tienen razones para estar enfadados.
Desde fuera se ve con más claridad. Se acabó la fiesta. Nos lo recuerda Frei Betto desde Brasil. La Europa de las pasarelas, de los trenes de alta velocidad, de los subsidios a las multinacionales, del acelerador de partículas, de las operaciones de cambio de sexo, dejan el sitio a los ambulatorios cerrados, a la perdida de la paga extraordinaria, a las jubilaciones anticipadas, a la congelación de sueldos y a la condena a un futuro laboral donde los esclavos romanos tenían más derechos. Apenas podemos sufragar -con unos ingresos mermados por la amabilidad con los ricos-, la seguridad social, la atención a los enfermos, la educación pública. Queda un poco para reforzar las armas de guerra. Querrán quitarle las riquezas a otros pueblos peor armados.
Qué tiempos aquellos. Los ricos no necesitaban pagar impuestos. Los pobres podían soñar con ser ricos. Las clases medias confundían la pulsera del crucero a Cancún con un seguro vitalicio de prosperidad. Unos pocos engañaron a muchos en un tocomocho monumental. Creyeron que había duros a peseta para todos. Nos endeudamos. Nos han ido robando hasta los calcetines. Ellos siempre estuvieron blindados. Las Duquesas se casan y tiran la casa por la ventana. Nunca imaginé que en el nuevo siglo se pudiera todavía vivir vicariamente historias de papel couché. Eso envalentona a los sinvergüenzas. Ahora, los culpables del desastre echan la culpa a los que se dejaron embaucar. Y son ellos los que dictan cuántas sillas hay en el juego. Y ya están en los botes. Se acabó la fiesta.
Regreso de un viaje por Venezuela y México. En el país gobernado por Chávez, recuperándose de su enfermedad, la toda Venezuela se asustó de perder lo logrado en los últimos años. Incluida la oposición, que buscaba encontrar un espacio adversando al comandante. Pero le entran sudores fríos de pensar que pudiera faltar. Porque ellos mismos saben que la voracidad sin tasa de la burguesía miamera venezolana es el principal enemigo del desarrollo del país (nunca existió una burguesía nacionalista en el país caribeño). El desarrollo que ha logrado, invariablemente según el PNUD, la Venezuela bolivariana. Chávez supera el 60% de popularidad (cifras de encuestadoras opositoras). El paro es inferior al de España, la edad de jubilación está más de diez años por debajo, el gobierno hace un esfuerzo en construir vivienda pública. Lo mismo que Zapatero. Claro que no son comparables los países. Por eso llama mucho más la atención que allá haya más coherencia que aquí. Quizá por eso algunos diarios globales se empeñan en hacer todos los días una esquela de Chávez o entregan una foto suya a los sepultureros del photoshop. Hacen un periodismo a la altura de sus convicciones morales.
En México, todo amenaza con el regreso del PRI. Un candidato hueco presentado como un exitoso político que habría demostrado su eficiencia en la zona industrial mexicana por excelencia. En tiempos de un neoliberalismo duro que ha dejado a México ser la ensambladora barata de productos de fuera. Enfrente de este cachorro empresarial, el viejo aparato priista, dinosaurios que, frente a los triunfantes capitanes de la aventura neoliberal, quieren reclamar la disciplina del aparato y la red clientelar que pueda sostener el país. Neoliberales frente a dinosaurios. Pero el país sigue desangrándose. El México real por un lado, el México institucional, encantado de conocerse, por otro. Desde los desayunos en hoteles de lujo no se acierta a ver el país. Hay que salir a la calle. Aunque sea para ver a los indignados de Wall Street.
El Partido de Acción Nacional (PAN), la derecha amiga del Partido Popular español, deja un país entregado al narcotráfico, con cada esquina del país manchada de sangre y acompañada de una escenografía de terror. Con una frontera sobre la cual ha perdido el control, una ciudadanía entregada al trabajo basura, a la dependencia del capitalismo global, al deterioro de los servicios sociales -especialmente de la educación, que ha alcanzado niveles africanos-, mientras crece el trabajo basura y la oferta laboral marginal reservada a los países de la periferia (contrabando, prostitución, drogas, armas). La dizque izquierda, el PRD, tampoco aporta gran luz, convertido en una veleta que prefiere pactar con el derechista PAN antes que confiar en la voluntad rupturista de Andrés Manuel López Obrador, única posibilidad electoral de ofrecer esperanza a los que ya no tienen esperanza. En América Latina, como dijo Walter Benjamin de Europa, sólo a través de los sin esperanza nos será dada la esperanza. Nos vamos encontrando todos.
Hipoxia cerebral
Regreso a Europa y me encuentro con que el PSOE ha organizado su convención programática. Ni siquiera estando en la oposición y a punto de perder cualquier espacio de poder reaccionan. Qué propuestas tan mezquinas. Están noqueados. Como la tercera vía que asumieron como credo. ¿Alquien le pedirá cuentas a Anthony Giddens por tanto destrozo? Pero como sus militantes ni dicen nada, siguen y siguen: ¿por qué el discípulo más avanzado -junto a Clinton- de la tercera vía, Felipe González, sigue dando lecciones de nada? Quizá sepa que en cuanto deje de pedalear conocerá del suelo. Una vieja guardia, capaz de invadir el esfuerzo de renovación generacional del pusilánime Zapatero. Vieja guardia que acaba de aprobar constitucionalmente la imposibilidad de hacer políticas socialdemócratas. ¿Llegarán a convencer a nadie? Sólo, una vez más, el miedo que da una derecha nacional-católica, corrupta y franquista, configuran su baza electoral. Hay demasiada gente que lleva una década votando con la nariz tapada. Van a tener hipoxia cerebral. Qué mediocridad. Izquierda Unida ha vuelto a demostrar su incapacidad de abrir las listas a nadie que no sea núcleo duro de algún burócrata. Casandra ve el desastre y lo cuenta, pero Zeus la condenó a que nadie la creyera. Parece que va a llegar el frío.
¿Y los botes?
Queda la sensación de que, entre unos y otros, queremos que un 15-M, reforzado con los parados que ya no puedan esconderse en el trabajo informal, por los desahuciados una vez más desahuciados por el desahucio de los amigos o familiares que también han perdido el piso, crecido por los tranquilos que pierdan el colchón tendido por un padre o una madre que aún aguantaban, en fin, alentado por los desesperanzados, no vean otra luz que el nihilismo de Tottenham. Entonces todos los argumentos tendrán que ser reescritos.
Se acaba la fiesta. Muchos ni siquiera bailaron. Y los pocos botes están ocupados y defendidos por banqueros, terratenientes, brokers y sus guardias de presa. ¿Se tratará de echarlos por la borda? Casi antes de cerrar la puerta, el Partido Socialista se ríe del referéndum de la OTAN y regala el territorio español a mercenarios cuya única misión será robarle a africanos y asiáticos el petróleo. Y lo peor que le ha pasado al mundo es que ha muerto el fundador de apple o que se ha casado un antiguo caldero aristocrático lleno de botox y folletines decimonónicos.
A veces uno no sabe si estamos en manos de imbéciles o de canallas.
Mientras jueces socializados en el franquismo ponen su granito de arena para que la paz en Euskadi sea un poco más difícil, el escenario electoral sigue moviéndose. Una búsqueda de personas y organizaciones que permitan seguir pensando que el voto fue una conquista democrática y no sólo una rutina que cada vez deja peor sabor de boca. Hubo un tiempo en que las palabras movían a la política. Hoy son tiempos de gestos.
Equo, que ha tenido un ligero hueco de espacio informativo estos días, no debe lo que tenga de expectativa a su ideario sino a su metodología. Lo que no es poco, pero tampoco tañerán las campanas ni se abrirá el cielo para que caigan bendiciones. La aportación de Equo al sistema de partidos hispánico tiene sentido por lo que aporte de diferencia, aunque la falta radical de novedad tampoco le va a permitir un vuelo desmesurado. Hay cierta novedad, pero no mucha originalidad y menos contundencia.
Es bien difícil que en el programa que termine presentado Equo haya nada que no esté en el programa de otras formaciones –de manera evidente en Izquierda Unida-. Y si encontraran una nueva propuesta programática, raro es que no pudieran asumirlo otros partidos, en especial si sus expectativas de gobierno son escasas. En el programa no están las claves.
¿Acaso en las personas? Hoy sólo emocionaría una persona plural que fuese ya una multitud en sí misma. Vaya, alguien que fuera capaz de amalgamar el fragmento. Ni el pasado en Greenpeace de López Uralde, ni su breve paso por la cárcel danesa, ni la incorporación a Equo de gente de valía proveniente de otros lados puede compensar esa ausencia de voluntad común que podría emocionar a toda esa ciudadanía condenada a seguir a alguna escisión de la escisión de la escisión.
Es, por tanto, en la manera de hacer las cosas donde contrasta fuertemente Equo con otras fuerzas como Izquierda Unida –su principal competidor electoral-, una coalición que, una vez más, al tiempo que llama a la participación, a la unidad y a sumar esfuerzos contra la derecha, decide con sus formas particulares unos candidatos a las elecciones que coinciden siempre con los dirigentes de esa coalición cada vez más uniforme y menos asistida por la pluralidad.
Que el papel resiste casi todo es algo bien sabido. Sabido por los que hacen los programas, por los que los leen y, más aún, por los que ya ni los leen. Lo saben los diputados que votan leyes o reformas constitucionales que no estaban recogidas en el programa con el que fueron elegidos y lo saben los periodistas que rellenan columnas mencionando cosas que, están al tanto, se las lleva el viento. La realidad, como rezaba aquella pancarta argentina, casi invita a repetir aquello de “menos realidades y más promesas”. De ahí que cuando se valora votar a un partido, es bien raro que pese el contenido de los programas. Quizá alguno acierta con el sabor del helado más deseado esa temporada y genera cierta expectación con su oferta, pero poco más. Sobre todo porque las promesas que pueden ahora mismo emocionar a la gente cuestan casi siempre dinero, y es más fácil que los políticos sean relajados con la verdad a que sean idiotas, aunque a veces se les deslicen desproporcionadas promesas de puestos de trabajo, abolición de asesores, impuestos que van y vienen o alegrías con el gasto.
En conclusión, lo que pueda recibir de voto Equo no tiene que ver con lo que aporte programáticamente, sino por otras razones ligadas a la frescura. Tiene que ver entonces con lo que significa de novedad en un escenario lleno de hastío; por la credibilidad que puede aportar el pasado ecologista de su recién electo Presidente y el apoyo de otras fuerzas ecologistas ayer dispersas; por las simpatías que logró Inés Sabanés mientras era cargo público y dirigente de Izquierda Unida. Y, sobre todo, por lo que implica de manera diferente de hacer política, algo que han demostrado con el reciente proceso de primarias ganado por Juantxo López Uralde y que, pese a su facilidad –apenas 3000 electores- y su previsibilidad –no se presentaba nadie conocido en competencia con López Uralde-, no dejan de marcar una camino con el que IU no se ha atrevido.
Sin embargo, no es descartable que sea, una vez más, un arar en el mar. ¿Qué pensarán los electores? Todos, casi con certeza, van a tener una parte de razón se coloquen donde se coloquen respecto de Equo. Muchos van a ser los que digan: ¿pero otro partido más en la izquierda? ¡Si lo que hace falta es unirse! ¿Cuándo va a terminar esta división constante entre el Frente de Liberación de Judea y el Frente Judaico de Liberación? ¿Va a seguir la izquierda española jugando a La vida de Brian? ¿La derecha cada vez más unida y la izquierda cada vez más desunida? Preguntas, en cualquier caso, más fáciles de hacer cuando uno quiere respuestas que le emocionen pero se ahorra aportar soluciones que superen las razones de esa fragmentación.
Tampoco van a faltar los que afirmen con entusiasmo: ¡Por fin un partido liberado del trágala del Partido Comunista, de los oscuros profesionales de la política escondidos en Izquierda Unida! ¡Qué bueno poder dedicar los esfuerzos no a frenar las zancadillas internas sino a trabajar por las alternativas! Y también los que piensen: ¡ya era hora de una fuerza política que unifique las dispersas fuerzas ecologistas del país! O los que respiren: “ya no podía votar a ninguna de las fuerzas políticas que se presentaban en la izquierda. Al PSOE por sus políticas de derechas; a IU, por su comportamiento sectario y por la falta de coherencia interna, como demostró en Euskadi o en Extremadura. A algunas otras, porque son meramente testimoniales. La novedad de Equo, porque tiene el beneficio de la duda, es una garantía”.
Pero no van a faltar quienes lean su aparición acumulando reproche tras reproche: “¿Un partido que quiere sumar cuando ni siquiera ha querido hablar con Izquierda Unida de un frente común?” “¡Ya está aquí otra operación mediática, basada en un candidato estrella, como la que protagonizó con tan escaso éxito José María Mendiluce hace unos años!”. “Equo sólo sirve para debilitar a IU y permitir al PSOE nadar la ola en un momento de debilidad”.” ¿Un partido verde sin grandes referencias sociales en mitad de la mayor crisis del capitalismo?”. “Como todas las escisiones de IU terminarán en el PSOE más temprano que tarde”.
Mientras, la ciudadanía con ganas de hacer algo frente a la amenaza repetida de una mayoría absoluta del PP, seguirá consternada oyendo unos y otros argumentos. Al final, tristemente, va a dar todo un poco lo mismo. La lectura de la situación aún no tiene el grado de gravedad que alejaría las frivolidades y las desuniones. El 15-M muestra la grieta, pero la pared aún tiene quien la sostenga. Ninguno de los partidos representa en verdad nada novedoso. Unos porque han traicionado los acuerdos electorales con los que concurrieron a los comicios y, ya pueden ahora hablar en pitufo o prometer en inglés, que carecen de credibilidad. Otros porque, como el alacrán, terminan picando a la rana de la participación, pues su ADN sólo entiende de vanguardias y la horizontalidad no forma parte de su manera de entender la política. Otros porque emocionan menos que una charla entre Aznar y Belén Esteban. Al final, los resultados electorales van a depender del esfuerzo que haga cada “enemigo” para construirle la campaña de quien pretendan aniquilar: los jueces le harán la campaña a Bildu, el PSOE se la hará al PP, Izquierda Unida a Equo, el PP a UPYD…
Hay que insistir: no son tiempos fáciles. No hay aún una síntesis clara que explique con sencillez la crisis y plantee una posibilidad alternativa realizable en el corto plazo. No ha surgido aún un liderazgo enfadado, esperanzador y optimista con la capacidad de acabar con la fragmentación que es consustancial en la izquierda (recordemos que ese liderazgo es lo que ha permitido intentar otras cosas en Bolivia, Ecuador o Venezuela). La izquierda fuera del PSOE, toda la izquierda al margen del PSOE, está pensando, en el mejor de los casos, sumar 10 escaños el 20-N. Con este escenario, las verdaderas preguntas siguen abiertas: ¿qué es mejor para la reconstrucción de la izquierda, unas cuantas cabecitas de ratón encantadas de conocerse sentadas en el Parlamento o una catástrofe electoral de la izquierda que obligue a un diálogo como el que llevó al nacimiento de IU en 1986? ¿Serviría una docena de parlamentarios a los que, a día de hoy, no se les conoce ningún ánimo radical, para impulsar una reforma como la islandesa? ¿Son el solitario tanto de la dignidad ante una goleada o un freno a las transformaciones que está reclamando el 15-M y que se van a radicalizar conforme las soluciones a la crisis quiten más y más oxígeno democrático a la ciudadanía? ¿Merece la pena volver a regalarle, como en tantas otras ocasiones, el voto útil a quien ya tiene comportamientos de gran coalición con el PP? Tenemos dos meses para respondernos a estas preguntas. Mientras, sigue funcionando el golpe de estado que están protagonizando los mercados y que tiene la gestión y comprensión melancólica o entusiasta de nuestros partidos mayoritarios.
Recordaba el filósofo Zizek en la ciudad boliviana de La Paz una anécdota en el frente de la Primera Guerra Mundial. Los cuarteles generales alemanes y austríacos se comunicaban las novedades bélicas. Los primeros mandaron un telegrama afirmando: “Aquí, en nuestra parte del frente, la situación es seria pero no catastrófica”. A lo que respondieron los austríacos: “Aquí la situación es catastrófica pero no es seria”. En esas está la izquierda: una situación catastrófica pero no seria. Así las cosas ¿de verdad le preocupa tanto a nadie lo que haga o deje de hacer Equo?
En las encrucijadas, un paso en falso te aleja kilómetros de la meta original.
¿Quién dijo que los tiempos son sencillos? Cuadrillas de despistadores profesionales llevan tiempo cambiando la dirección de las flechas, los nombres de las poblaciones, la distancia que resta al lugar al que te diriges. Han inventado también nuevos signos de difícil interpretación que, como en los bares pretenciosos, no dejan claro cuál es el baño que corresponde a damas y cuál a caballeros. Señales que anulan el pensamiento. Signos que no son sino el libro de autoayuda del moribundo sistema. Señales que marcan con fiereza simbólica el camino al tiempo que hacen lo posible para que pienses que es tu libertad la que escoge. Si acaso miraras un momento atrás, sentirías que te alejas y te alejas. Corre Rubalcaba, corre.
Bajar impuestos a los ricos, dicen esas señales, es de izquierdas. Al igual que lo sería cambiar los gravámenes directos –donde el que más tiene más paga- por impuestos indirectos, como el IVA, que tratan a todos por igual. Tiran una vez más al basurero de la historia a los pensadores que vieron con claridad cuando todo era menos confuso. Marx, repiten, está muerto, mientras golpean con el talón para apelmazar la tierra que lo encierra dos metros más abajo. De los demás, no recuerdan ni siquiera el nombre. Para ocupar el vacío, gritan contundentes, con nostalgia de sesentayocheros con el esparadrapo por dentro, que no son de aquí ni son de allá, mientras acarician un gato de incierto color que sólo caza ratones colorados.
Convencer con la teoría, golpear con la práctica
Los maestros de la confusión han olvidado la diferencia entre la teoría y la práctica, y gritan con convencimiento que el mercado es de izquierdas porque garantiza la competitividad. Sin rubor vuelven a afirmar que la ley está hecha para defender a los débiles de los poderosos (como si a Pashukanis no lo hubiera asesinado Stalin por decir lo contrario). También se atreven a mascullar que los contratos laborales son acuerdos libres entre ciudadanos libres, como si el capitalismo fuera ese sueño de pequeños propietarios que pensaron algunos liberales del siglo XIX. Los mismos a los que les asustó la fuerza del socialismo. Nos ponen a discutir con la teoría y no con las prácticas, y se olvidan de que con ese quehacer nos dedicaremos solamente a interpretar el mundo mientras que otros se siguen encargando, con rigor de hormigas-soldado, de transformarlo.
Dice esa peculiar guía Michelin del pensamiento de izquierda –mientras todo un Ministro de Trabajo intenta no mover ningún músculo de la cara aun al precio de entumecerla- que es mejor estar empleado que estar desempleado. Posteriores pasos sin incurrir en deslaves ontológicos están servidos: ¿no es acaso mejor cobrar algo que no cobrar nada? ¿Tú qué quieres, un puesto de trabajo o un contrato? ¿No es mejor ser esclavo y comer que estar desempleado y morirte de hambre? Bueno, tu jefe se adueña de partes de tu cuerpo que no están en ningún convenio y te dice que seas cariñosa, pero ¿prefieres quizá estar mano sobre mano en tu casa? El pensamiento debe adaptarse a las circunstancias. Corre Rubalcaba, corre.
Y perdona nuestras ofensas ya que no perdonas nuestras deudas
Dicen estos portadores de señales ad hoc que endeudarse es malo, algo que está a la altura de ese matón que después de darle a su víctima una paliza y romperle todos los huesos le sermonea diciéndole que tiene que cuidarse porque tener mala salud perjudica el normal desarrollo de la vida. Estos nuevos rastreadores de su propio beneficio han aprendido una palabra que repiten como un mantra (adanismo) para reprocharle a los que les miran con cara de sorpresa que no se engañen queriendo partir de cero porque no venimos de la nada. No vaya a ser que alguien les diga: si con estas reglas del juego no puedo respirar, quiero empezar de cero otro escenario. Al tiempo, ellos afirman y afirman como si viniéramos de la nada, olvidando que el endeudamiento de nuestros sistemas –convertir el dinero en fotocopias de dinero con una supuesta garantía de unos Estados que, siempre se ha dicho, nunca quiebran- fue la forma de evitar las pretensiones socialistas de los trabajadores que habían derrotado a la derecha en la Segunda Guerra Mundial. Ese endeudamiento público luego se completó con el endeudamiento privado.
Tanto el lubricante del sistema como el horizonte de la felicidad era consumir, consumir y consumir, algo imposible con la reducción real de los salarios. No había problemas: los mismos que se enriquecían pagando menos por el trabajo, le prestaban a los trabajadores el dinero que necesitaban para comprarles sus propias mercancías. Los mismos que, sin saber qué hacer con tanto dinero, lo colocaban en burbujas que siempre terminaban por estallar, arrastrando a los incautos que creían que podían jugar en la misma liga que los poderosos. Capitalismo popular lo llamaban. Uno de sus máximos engaños lo consumaron cuando hicieron de la vivienda –de la cueva donde, como dice su nombre, hacemos la vida-, el penúltimo negocio. Embelesados por el incremento artificial del precio de las casas –como si vender la propia no llevara necesariamente a buscar una nueva-, caímos en la locura. Los que pusieron en marcha la espiral andaban tranquilos: el Estado siempre se haría cargo de las deudas. Pero, como siempre, estiraron la cuerda hasta que dijeron que se rompió (que nadie crea que hay una tasa objetiva de ruptura de la cuerda). Puede haber dinero para guerras, rescates bancarios, sueldos de altos directivos, obras monumentales encargadas a constructoras amigas, rebajas fiscales, actos de proselitismo de la iglesia…Dinero para quien tenga la capacidad de dialogar con el poder. Para el grueso de la gente, por el contrario, es el momento de la sinceridad. Todos no cabemos en los botes salvavidas. Se trata de reconstruir el modelo de negocio y sobra mucha gente. Los partidos políticos hace tiempo que decidieron en qué bando estaban. Corre Rubalcaba, corre.
Socialismo Tarantino (Constitución y Europa, bululú y muerte)
La constitucionalización del techo del déficit no parece haber afectado a la tasa de riesgo. ¿O alguien se cree que cuando “los mercados” saben que pueden terminar robándote la cartera van a darte algo a cambio? En esta carrera, el asesino que tenga un atisbo de duda –no digamos de honestidad- será a su vez ejecutado de manera inclemente por los demás miembros del cartel. La lógica funciona, como dijo Karl Polanyi, como un molino satánico. ¿Teníamos que olvidarnos también de estas cosas? De acuerdo: no celebren a Marx, pero léanlo. El circuito “vendo mi mercancía, obtengo dinero, compro otra mercancía que necesito” satisface utilidades sociales. Por el contrario, el circuito propio del capitalismo: “pongo dinero, vendo una mercancía, obtengo otra vez dinero, pero aumentado” -que es lo que hacen los bancos con la mercancía “dinero”-, es un fin en sí mismo. Y si quiebras ese fin, les rompes precisamente ese juego mafioso que es al que se dedican. En esa lógica, no hay alternativa. Como en el chiste adolescente, después de preguntarte si prefieres bululú o muerte, cuando terminan de divertirse con el bululú te matan. Nuestra democracia se ha convertido en una película de Tarantino. ¿Qué hace corriendo hacia ahí la socialdemocracia?
Se votó en el Congreso la reforma constitucional. Esa que apenas hace unos meses era imposible porque no estábamos maduros. En el Parlamento español no ha aparecido un 10% de disidentes. Un 10% de diputados y diputadas que conectaran con esa ciudadanía que está a punto de arrancar las señales que le conducen al precipicio. ¿Quién tiene la razón? ¿Los que aun ven una gran pared y una ligera grieta, o los que saben que la grieta marca la tendencia? Creen desde el PSOE y el PP que son ellos quienes entienden bien al país. Los restos de franquismo sociológico que aún tiene nuestra cultura política hacen difícil cualquier discusión que tenga por medio una Constitución o que contradigan algo que viene de Europa. Europa y la Constitución eran los sueños durante la pesadilla del franquismo. Por eso la derecha siempre estuvo en contra de la Constitución y en contra de Europa. ¿No es sospechoso que ahora sean sus principales armas?
La gran coalición del PSOE y el PP (donde hay barón, no manda marinero)
La lectura del comportamiento del PSOE en la actual crisis apunta a la creación de una gran coalición real o formal después de las elecciones del 20-N. Si la presión de los mercados ha suspendido la democracia justificando decisiones para las cuales la soberanía popular no ha sido consultada, los nuevos embates –que necesariamente están a la vuelta de la esquina- darán paso a la suspensión de las diferencias ideológicas (y, es de temer, a su mera enunciación). Como ya dijo hace más de medio siglo Maurice Duverger, un diputado de la izquierda está más cerca de un diputado de la derecha que de sus propias bases. Defender el sistema, aun pagando el precio de cinco millones de parados, de la pérdida de derechos laborales básicos, de centenares de miles de desahuciados, del incremento de las dificultades para la obtención de una pensión, de más de un millón de hogares sin ingresos, de mayores problemas para acceder a la sanidad o la educación públicas, de la reconversión elitista de la universidad, sólo demuestra que el principal interés de la casta política es defender su modelo de negocio. Esto es, su puesto de trabajo. El principal objetivo de los diputados y senadores del Parlamento español –salvo las honrosas excepciones que deja la ley electoral- es defender su puesto en las listas de sus respectivos partidos. La lealtad no es con la Constitución –si es menester, la cambian-; no es con la ciudadanía –no ven necesidad alguna de consultarle nada-; no es con los trabajadores –les dificultan de manera creciente sus condiciones laborales-. La lealtad es con los que les garantizan el puesto de trabajo.
En el PSOE hubo una ligera disidencia cuando Zapatero anunció el proyecto de reforma constitucional. Pero vinieron los delegados de zona –barones territoriales les dicen- y se terminó la discusión. Todos se cuadraron como en un ejército de soldados que pusieron lejos la funesta manía de pensar. Pura democracia interna. “Los partidos políticos –dice la Constitución de 1978 en su artículo 6- expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. Pero donde hay barón, no manda marinero.
Del 15-M al 20-N: se buscan caras nuevas para el Parlamento (caras duras abstenerse)
Cuatro diputados en el Parlamento islandés fueron esenciales para sentar en el banquillo al Primer Ministro, para apoyar parlamentariamente la negativa popular a pagar una deuda ilegítima, para impulsar una reforma constitucional de abajo a arriba. 35 diputados en el actual Congreso de los Diputados, 26 senadores, habrían bastado para devolver la responsabilidad que corresponde a la ciudadanía en democracia a través de un referéndum.
El 15-M, ese impulso ciudadano que ha encarado a la cansada democracia española, necesita reimpulsarse a sí mismo. Tres batallas, donde se ha dejado parte de la piel, le obligan. La batalla contra la hipocresía vaticana (este país, en su desarrollo histórico, nunca ha resistido la pelea contra la iglesia). La reciente batalla contra la reforma constitucional (donde no basta para ganarse a la ciudadanía recurrir a simplezas como decir que esta Constitución es una herencia del franquismo o pretender en un mismo lema: “¡Abajo el capital, abajo la Constitución!”). Y la batalla del cansancio de una movilización permanente que no puede mantenerse y que amenaza con regalar el movimiento a los que tienen más posibilidades de ser perseverantes, sobre todo cuantos menos sean. En los nuevos retos que tiene por delante el 15-M, las elecciones lo emplazan. Es cierto que tiene que aprender a “organizar su silencio”, pero también a hablar como el nuevo interlocutor político que es. No se trata, en modo alguno, de convertirse en una opción electoral. El impulso del 15-M es de mucho más largo aliento. Pero tiene que entender los plazos políticos. Si su ejemplo sirve para trasladar su metodología horizontal, asamblearia, creadora de consensos, radical a espacios electorales –sin convertirse en parte de ellos- demostrará una vez más su capacidad de avanzar en una senda virtuosa. No se tratará tanto de programas –partidos como IU coinciden en buena parte de sus consensos mínimos- como de maneras de entender la participación política. Y es ahí donde a todos los partidos les queda mucho por aprender.
La peor herencia que legará el PSOE
Ya sabemos hacia dónde corre el PSOE y hacia dónde corre el PP. La meta los aproxima. El impulso que pudo significar el “efecto Rubalcaba” ha quedado disuelto con la reforma constitucional, donde, una vez más, queda claro que es más lo que les une que lo que les separa. Algo también válido para Zapatero, quien ha oscilado entre la falta de coraje de negarse a dirigir unas reformas para las que no fue elegido, y forzar una reforma constitucional guiada por el único interés de no cerrar su patética segunda legislatura habiéndose atrevido a forzar el rumbo de la Unión Europea. Que sean otros los que sinceren la mentira de la actual Europa. Les interesa más su legado que su servicio. Rajoy y Zapatero ya han negociado. Rubalcaba ha asentido. Ya da igual quién gane. Formal o de facto, la gran coalición está firmada. La socialdemocracia sólo vivirá de los excesos nacional-católicos que pueda cometer el PP. Y el PP, de recordar los excesos cometidos durante la mala gestión del PSOE. Uno, por su ideología. El otro, por torpe.
La actitud del único diputado de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, ha servido para demostrar una esquina de independencia y honestidad en el Congreso. El abucheo por parte de los brazos de madera que configuran el Parlamento es una señal de coherencia para todos: de los que se atreven y de los cobardes. Hacen falta diputados islandeses en el Parlamento. El polvo se acumula en los rincones.
EL PSOE parece empeñado en dejar siempre una terrible herencia después de pasar por el gobierno: dejar a un PP legitimado para hacer lo que quiera. No queda prácticamente ninguna política que no la haya adelantado el gobierno socialista. El espacio que le queda a la socialdemocracia ya no es ideológico, sino de mera gestión administrativa. ¿Despertarán militantes y votantes socialistas? ¿Sabrá el resto de la ciudadanía decir basta y hacerse oír en donde corresponda? Viene a la memoria la frase vieja vuelta a atribuir al peronista y amigo de pesca de Felipe González, el elogiado por el FMI Carlos Menem: “Hace un año estábamos al borde del abismo. ¡Hoy hemos dado un paso al frente!”
Deprisa, deprisa, deprisa. No te pares. Corre Rubalcaba, corre.
Cuando un ciudadano que tiene que hacer un gasto extra –vivienda, una enfermedad, solidaridad con amigos o familiares, inversión en estudios, un vehículo para trabajar- decide endeudarse para afrontar el problema sobrevenido, no está viviendo por encima de sus posibilidades: está haciendo un cálculo de necesidades para que su vida sea menos miserable.
Los que tienen dinero no viven estos problemas. Su fondo de seguridad es amplio e histórico. En cambio, a perro flaco, todo se le vuelven pulgas. Es así desde el comienzo de la humanidad. Como antes no había seguridad social, los pueblos inventaron el cuento de Cenicienta. Sólo te saca del agujero un golpe de suerte. Hoy sabemos que Pretty Woman es mentira y que los príncipes sólo se salvan a ellos mismos y a sus descendientes. Celo laboral. El grueso de la gente, o va a la revolución o a la resignación. La televisión y el fútbol se encargan de que nos interese más la maldad de Mourinho que la de la OTAN o el dedo que meten en el ojo de la vida de otros los que asesinan de hambre a niños en Somalia.
El sistema financiero no debiera nunca prestar dinero a quien no lo necesita. Lo que no significa que no lo haga. Es lugar común con los especuladores, que casi siempre juegan con dinero de otros. Lo hizo también metiendo los billetes en los bolsillos de la gente hasta que les convencieron de que no pasaba nada, de que vivir es gastar, de que ya arreglarían cuentas. Una manera de hacer más propia de la mafia que de bancos con alguna conciencia del medio plazo (véase las Confesiones de un ganster económico, de John Perkins, para ahuyentar ingenuidades). La alternativa sería prestar con inteligencia, gastar con inteligencia. La sensatez de los que se sientan a la hora de la cena con la familia a repasar las cuentas. Cualquier persona vinculada al mundo financiero sabe que los pobres son muy buenos pagadores.
Las actuales democracias de partidos han ido degenerando al calor de la degeneración económica. La justificación de la imposibilidad de formas de democracia directa (algo que sólo sería posible, según argumentó el liberal Bobbio, en la polis griega), la comprensión de la democracia como un mercado (las tesis de Anthony Downs), el fin de la historia o las tesis de la tercera vía (Fukuyama y Giddens) que disolvieron las diferencias ideológicas entre la socialdemocracia y los democristianos y liberales, o la reducción de la democracia a fórmulas electorales (hasta el punto en el que el sentido común cree que la culpa de la mala democracia la tiene D´Hondt) cartelizó el sistema de partidos, al punto que los controladores del cártel dejaron de lado el hecho incontrovertible del alejamiento ciudadano de los políticos. Esto les permitió hacer de las elecciones cartas a los reyes magos, crecer como profesión allá donde hubiera el menor nicho de mercado, tomar decisiones irresponsables y, en definitiva, convertirse en rehenes de los grupos que terminaban financiando su modus vivendi (los bancos).
Hoy, una vez más –recordemos el Pacto de Estabilidad, el proyecto de Constitución Europea-, se pretende constitucionalizar el fin de la política socialdemócrata, incumpliendo para ello las reglas constitucionales que reclaman a la soberanía popular su consentimiento. La política, sabemos los politólogos, es conflicto, y la lucha de clases existe aunque los trabajadores estén más entretenidos con la huelga del futbol que con la huelga general.
Que el déficit se convierta en una realidad permanente no es positivo. Estar toda la vida endeudado y pagando intereses no es un proyecto atractivo, salvo para los amigos del sablazo y los que viven de esos intereses. Cuentas equilibradas, en el medio y largo plazo, son una propuesta económica sensata.
Pero si se mira a los últimos treinta años, hay unas preguntas que dirigen la mirada hacia la cara oculta de la luna: ¿por qué de manera invariable la recaudación del impuesto sobre la renta crece mientras la del impuesto de sociedades baja? ¿Por qué las constructoras, en conciliábulo con los poderes públicos, han hecho su agosto, su septiembre y su octubre con obras faraónicas a mayor gloria de su cuenta de resultados? ¿Por qué ha crecido tanto el gasto militar, que además nos lleva a guerras en donde no se nos ha perdido nada que sea nuestro? ¿Por qué se han suprimido impuestos que sólo benefician a los más ricos? ¿Por qué no hay avances sustanciales en la lucha contra el fraude fiscal? ¿Por qué no se persiguen a los paraísos fiscales y a sus inquilinos? ¿Para cuándo la regulación del capital financiero?
El capitalismo es un modo de producción con un comportamiento cíclico. Tiene ciclos de subida y ciclos de bajada. En uno de estos últimos estamos. La propuesta keynesiana es contracíclica: enfriar cuando la inflación es un problema, estimular –con déficit- cuando es menester un “gasto extra” para salir del atolladero. Las políticas de gasto –de gasto social, pero también de ese gasto al servicio de los privilegiados señalado-, junto con el apoyo del grueso de la clase política a la lógica neoliberal, nos han llevado a la situación actual. La solución de Zapatero-Rajoy-Rubalcaba (éste último haciendo un papelón que parecía exclusivo del “digo-Diego de su jefe de Gobierno) pasa por que sean los trabajadores los que paguen el ajuste. Los mercados nos gobiernan y los dos grandes partidos comparten las líneas principales. ¿Hace falta el Parlamento? Para que no haya dudas, se trata de constitucionalizar ese techo. Y, por supuesto, sin preguntar a la ciudadanía, no vaya a ser que esté en contra.
Aumentar el déficit público cuando tenemos dificultades como país tiene claras ventajas. Primero, porque cuando te estás muriendo de hambre, reducirte la ración de alimento sólo te lleva a la muerte. En segundo lugar, si un país -y no los particulares- tiene un problema de deuda, el problema lo tenemos todos. Suelen ser momentos en donde necesitamos ponernos de acuerdo para ver cómo, entre todas y todos, salimos del agujero. Entonces, el país -entero- se sienta a la hora de la cena alrededor de la mesa y decide cómo planear el futuro. Y en vez de reformas constitucionales neoliberales, se plantea que es momento de reinventar el pacto social.
El techo constitucional al déficit es una medida que desecha solventar los problemas atendiendo a las necesidades de las mayorías. La solución que ofrece para solventar la diferencia entre ingresos y gastos pasa casi exclusivamente por reducir el gasto público que beneficia a las mayorías. No tiene otro sentido la constitucionalización del techo del déficit. De ahí que los prestamistas, agazapados detrás del anonimato de “los mercados”, celebren esas medidas que esclavizan a la ciudadanía para que pague una deuda que crecientemente va a ver, como en Islandia, como ilegítima. Y que nadie se engañe: si tomas una medida dirigida a que sean los sectores medios y bajos de la población quienes carguen con el peso de la crisis, no busques luego políticas públicas que vayan en otra dirección. Si te maniatan, te ponen una venda en la cabeza y te arrodillan, haces bien en pensar que te van a ejecutar.
Incluir en la Constitución un techo para el déficit público implica buscar soluciones en la tradición neoliberal: subidas de impuestos indirectos, endurecimiento de las condiciones laborales, privatizaciones, venta del patrimonio público o reducciones del gasto social.
Si esta medida viniera acompañada de algún tipo de “acuerdo social”, de manera que los grandes capitales, los empresarios, las sociedades de inversión o los bancos dejaran clara cuál va a ser su colaboración, su parte de pago del ajuste, la discusión sería otra (y que no nos vengan con patrañas, como la que están representando esos grandes capitales franceses que, después de haber estado sobornando a políticos para no pagar impuestos, ahora hacen declaraciones afirmando que lo que en verdad arden en deseos de hacer es contrubuir generosamente al erario público). No es extraño que esta medida la presentara hace meses la derecha y que hoy la apoye el PP y CiU.
Lo inexplicable sigue siendo la interminable deriva del PSOE, cada vez más miope ideológicamente. Entendemos la propuesta del techo del gasto proveniente de Angela Merkel, defendida por la derecha europea y española y argumentada desde los centros económicos que han traído la crisis. ¿Pero qué pinta el PSOE en todo esto? Parece la venganza de Bono. La gran coalición entre los dos grandes partidos ya está funcionando. A Borrell, en su propio partido le llamaron Mortadelo, porque se disfrazaba constantemente a ver si le sacaban los medios y superaba el cerco que le hacía su propio partido. Algunos tenemos nostalgia de Rompetechos. ¿Por qué no hay disidencia dentro del socialismo español? Queda cada vez más claro que el PSOE hace tiempo que prefirió ser el tendero de la13, rúe del Percebe.
Dice la historia que es costumbre religiosa exterminar a los que, teniendo una misma fijación intelectual -consistente en creer en seres imaginarios o reales a los que se les suponen cualidades harto improbables-, atribuyen esos hechos extraordinarios a un ser de diferente filiación a la propia. El pecado no estaba inicialmente tanto en no creer, sino creer en lo mismo si bien con ligeras diferencias. Sólo con el desarrollo de la civilización fue que creció el número de ateos. Esto aumentó el abanico de ejecutables, pues además de los herejes, estaban los impíos y los sin dios. No es de extrañar que, a veces, se pongan de acuerdo los creyentes en acabar con el enemigo común, dejando para más tarde sus cuitas históricas. A fin de cuentas, a un ateo, ¿qué más le da que lo apuñale un católico, un judío, un islamista o un ortodoxo?
Aunque parezca extraño, hacer arder a los que profesan una religión diferente es propio del proceso evolutivo, aunque, al mismo tiempo, no deja de ser una señal clara de que no basta haber cumplido el proceso de hominización para dar también por completado el proceso de humanización. Cuando el homo sapiens desarrolló el lenguaje, empezó a enterrar a los muertos (cosa que no hace ninguna otra especie). Una mirada fría sobre el pasadopuede helar la sonrisa a los que no se atreven a pensarse como un azar de la eternidad. ¿Qué ocurre cuando los dioses son todo menos bondadosos?¿Si en vez de ser una explicación para el mal son los gerentes del mal? (leer más…)
Hay ocasiones en las que el hilo que trenza el sistema se ve con claridad aún sin necesidad de sofisticadas herramientas conceptuales. Momentos en donde poetas y novelistas –añadamos, cineastas- aciertan tanto como los científicos sociales. Basta querer ver. Algo a lo que la ciencia social oficial se ha negado durante, al menos, los últimos treinta años. ¿Por qué hay responsabilidad en profesiones como las médicas y no en la economía o la politología? Recientemente unos economistas pedían aumentar la inflación en España para sanear el déficit. Todo eran ventajas. Ni un comentario sobre los millones de personas que irían a la ruina. Matan más gente los científicos sociales que los domingos.
Inglaterra pone 16.000 policías para detener a unos jóvenes con más rabia que ideas. Bastaría dedicar, digamos un diez por ciento de esos policías, a buscar delincuentes de cuello blanco para que esos jóvenes tuvieran espacios, medios y ocasión para que las ideas suplieran el nihilismo de “quiero acabar con todo”. Esos 1600 policías harían un sencillo diagrama en donde estaría claro que los que despiden a trabajadores tienen acciones en empresas de comunicación que participan en consorcios que venden armas a grupos cubiertos crediticiamente por bancos que financian a los partidos que rescatan a las instituciones financieras con dinero de un Estado que es puesto de rodillas por mercados financieros que también permiten, junto a políticos bancarizados, que se especule con el precio de los alimentos que condenan al hambre y la guerra a países como Somalia y que ahonda cada vez más la brecha entre los que tienen y los que quieren tener pero saben que trabajando nunca van a llegar a tenerlo. Casi una línea recta. (leer más…)
Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Profesor titular de
Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y Director del Departamento de Gobierno, Políticas Públicas y Ciudadanía en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.