¿Volveremos a necesitar otra vez una “Radio Pirenaica”?

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“Estoy muy preocupada por el futuro de mi hijo. Le veo crecer y no tengo perspectiva para él”

“Dicen que en los hogares españoles de los trabajadores no falta el pan, pero mienten, ¡canallas!. Lo que no falta es el hambre y la miseria”

“Salí de España de emigrante para ver si podía solucionar la situación de mi casa, pero…¿he dicho casa? Si la perdí y vivo alquilado como buenamente puedo…”

No son frases extraídas del twitter de la España de hoy día, pero podrían serlo. Está cantado establecer este paralelismo cuando repaso “Las cartas de La Pirenaica”, el último libro que me ha prestado mi amigo José María Perceval y que no sé si le devolveré. Pero no, no son frases de twitter, son fragmentos de cartas, muchas de ellas desesperadas, escritas hace más de cincuenta años y enviadas a Radio Pirenaica para que las leyeran en uno de sus programas. Para quienes no lo sepan, Radio Pirenaica era el único soplo de aire fresco, en materia de comunicación, que existía en la asfixiante España franquista. Clandestina, por supuesto, emitía desde Bucarest y se sintonizó durante años, reverencial y temerariamente y no sin dificultad, desde decenas de miles de sótanos y cuartos trasteros en todos los rincones del país.

Cuando, en mayo de 2014, busco desesperadamente en el dial alguna emisora que me proporcione las dos versiones de una información, algún medio que me deje de intoxicar y no consigo encontrarlo, este libro de Armand Balsebre y Rosario Fontova editado por Cátedra me traslada a aquellos oscuros tiempos en que era necesario recurrir a Radio Pirenaica si se quería saber algo de lo que ocurría en España, si se quería conocer “la otra cara de la luna”.

“Radio España Independiente“, que era el nombre oficial de Radio Pirenaica, llegó a ser el más potente altavoz del antifranquismo entre 1941 y 1977. Uno de los programas más célebres de este medio legendario que tutelaba el Partido Comunista en el exilio se llamaba “El Correo de la Pirenaica“.  Allí se leían las cartas que llegaban a Rumanía tras un novelesco periplo que comenzaba en el periódico francés “L’Humanité”, pasaba por Moscú y recalaba finalmente en Bucarest.

Eran cartas de antiguos combatientes republicanos, de exiliados, expresos, obreros, campesinos, mineros, profesores, amas de casa, escritores, estudiantes…Todos desesperados en busca de un altavoz para sus problemas, de un lugar donde denunciar la represión, la falta de libertad y de expectativas…

Quince mil quinientas cartas, ¡15.500!, cuyos contenidos veo resumidos y seleccionados en el libro de Balsebre y Fontova y tras cuya lectura no puedo evitar asociar con buena parte de los problemas que a día de hoy viven y sufren tantos ciudadanos españoles. Problemas que los medios ningunean, que no aparecen por ninguna parte, como si no existieran. Salvo cuando quieren demonizar organizaciones como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o cuando deciden usar las televisiones públicas para recurrir a la “generosidad” de los espectadores, cuando intentan suplir con la búsqueda de caridad a través de los medios aquellas necesidades que los recortes han provocado. Caridad, sí; derechos, no. Como en el franquismo.

La precariedad y la falta de libertad son el denominador común del contenido de las cartas que Balsebre y Fontova encontraron en los archivos del PC casi por casualidad, porque tropezaron con ellas cuando buscaban material para otra investigación y comprobaron que hasta ahora nadie le había prestado a esta correspondencia ninguna atención.

¡Qué barbaridad, cómo se repite la historia! Porque precariedad y falta de libertad son los términos que mejor definen los dos años y medio de legislatura de Rajoy quien, a cambio de salvar el pellejo de banqueros, ladrones y depredadores varios, decidió desde el principio de su mandato dejarnos tirados sin trabajo, sin derechos, sin expectativas, con sueldos de miseria y con un futuro tan oscuro como indefinido.

Leo “Las cartas de La Pirenaica” y no puedo evitar un escalofrío. Demasiadas similitudes, demasiado parecido todo. ¿Qué pasa en esta dichosa España nuestra? ¿Nos hemos puesto a andar hacia atrás, como los cangrejos? La guerra civil acabó, además de con la vida de cientos de miles de españoles, con la libertad y con el bienestar de quienes sobrevivieron. Hubo después que recomponerse, con muchísimo trabajo, desde la miseria y desde el instinto de supervivencia.

Esta vez no ha habido guerra. No ha sido necesario disparar ni una sola bala. Durante años nos vacilaron gobernantes, banqueros y especuladores, inventaron un crecimiento ficticio con el que acabaron pillando por los huevos a la mayor parte de la población y ahora, tras habernos empotrado en la miseria, nos quieren convertir además en culpables de sus fechorías. Con la anuencia de la mayor parte de los medios, hurtándonos datos, escatimándonos información, haciéndonos cada día más difícil encontrar un sitio donde poder conocer “la otra cara de la luna”.

A falta de Radio Pirenaica, ahora tenemos twitter. No sé si es lo mismo.