“Patria”, de Fernando Aramburu

Yo quiero más novelas así. Quiero más novelas como Patria, en la que Fernando Aramburu demuestra que no hay que irse muy lejos para contar historias de las que te zarandean y sacuden por dentro, y obligan a pensar qué harías tú si estuvieras en el lugar de cualquiera de los personajes, miembros de dos familias amigas de siempre a quienes la vida acaba enfrentando y colocando en diferentes esquinas del cuadrilátero. Hombres y mujeres que se apreciaron tanto como más tarde se detestarán.

No haré spoiler como Vargas Llosa ni tampoco atribuiré, como ha hecho el premio nobel en su crónica sobre la novela de Aramburu, parentescos equivocados a ninguno de los protagonistas, pero sí diré que el mundo interior de cada personaje de Patria resulta muy cercano, incluso familiar, a cualquier lector. Las charlas de la mujer del Txato en el cementerio con su marido muerto, las de su hijo médico con la telaraña del despacho o los cabreos que la madre de Joxe Mari agarra en la iglesia del pueblo con la imagen de san Ignacio, a quien cada día reza con menor éxito, provocan más empatía que rechazo porque son producto de situaciones verosímiles cuyas reacciones entendemos, porque en cada personaje de la historia que nos cuenta Aramburu hay rasgos que nos lo acaban haciendo profundamente cercano.

Ese es el secreto de la novela que, además, está muy bien escrita. Por eso engancha hasta el extremo de no poder dejarla, por eso hay tantos lectores que afirman habérsela bebido en un par de días a pesar de sus más de seiscientas rotundas páginas. Porque a través de Miren, Bittori, Joxian y sus hijos, el autor nos está retratando a cada uno de nosotros, vivamos donde vivamos. Porque nos habla de nuestras miserias, nuestras cobardías, nuestras incoherencias, nuestros silencios cómplices… nos habla, en definitiva, de la condición humana.

El pueblo cercano a Donosti donde transcurre la acción es la alegoría de cualquier entorno. Patria la puede leer un australiano, un andaluz, un inglés o un catalán, y a todos los conmoverá porque los comportamientos que ahí se desmigajan son universales. Patria es un florilegio de pasiones, el amor a los hijos hagan lo que hagan, los celos entre amigos, los recelos, la vanidad, los sueños, las ambiciones, la necesidad de reconocimiento por parte del grupo al que perteneces, las envidias, los miedos, las inseguridades, los odios…

Cuando te cuentan que el amigo ciclista del empresario señalado por Eta ya no pedalea a su lado al salir los domingos de excursión, cuando el joven empollón decide diluirse en Bilbao como solución a sus confusiones, cuando en los bares te sirven o no según quién seas y en la carnicería te dicen que no tienen la carne que quieres y que tú estás viendo en el estante con tus propios ojos, te están dibujando la vida de tal modo que puedes hasta oler la atmósfera en la que se mueven los protagonistas de la historia que lees.

Devoras el libro no solo porque quieras saber quién demonios mató al Txato, sino porque Aramburu retrata en Patria lo que ha sido la vida durante años en muchas poblaciones de Euskadi. Y lo explica con tanta verdad que golpea en las entrañas del alma. Contra lo que se ha dicho, no creo que Patria sea un libro para atacar a nadie, ni tampoco para regalar los oídos a unos y sacar los colores a otros. Es un libro sobre la necesidad de libertad escrito en libertad. Por eso hace pensar mucho y por eso creo que acaba fascinando, se conozca o no lo que ocurrió en Euskadi durante cuarenta años.

J.T.