La semana del mal rollo

La causa del sudor con el que me desperté el pasado lunes 2 de octubre no fue precisamente esa temperatura veraniega que cada año parece más empeñada en robarle al otoño días y protagonismo. Aquel sudor amanecía acompañado por severas cosquillas en el estómago y por un ingenuo anhelo: que gran parte de los episodios ocurridos en Catalunya el día anterior, cuya retransmisión, inquieto y preocupado, había seguido durante horas por la tele, no hubieran sucedido en realidad. Volví a amanecer sudando el martes, el miércoles, el jueves… Quizás debido a mi mala memoria, no recuerdo en mis seis largas décadas de vida tantos días de mal rollo continuado. Mal rollo, peores augurios y perspectivas poco alentadoras a medio plazo.

Me cuenta mi hija las encendidas discusiones que mantiene últimamente con amigos y conocidos en sus chats de guasap. Chats en los que hasta hace pocos días se dedicaban a mandarse fotos, intercambiar canciones y complicidades, organizar quedadas o reírse con ganas y punto. Pero esta semana parece que han mandado a paseo las buenas vibraciones, y el mal rollo se ha instalado de golpe en sus vidas de veinteañeros. ¿Lo de Catalunya va en serio, papá? -me pregunta. Y, de pronto, descubro que a su lado soy sin duda un privilegiado, porque he vivido cuarenta años más que ella sin incertidumbres como ésta. Y me avergüenzo por la cuota de responsabilidad que me toca al no haber luchado lo suficiente para conseguir evitar una sensación de desamparo e incertidumbre que yo hasta ahora nunca tuve en mi vida, ni siquiera en los tiempos de las protestas universitarias de los setenta, ni tras la muerte de Franco, ni con el intento de golpe de febrero de 1981.

Y a estas alturas, tres décadas después de convertirnos en europeos de pleno derecho, cuando pertenecer a las más codiciadas instituciones occidentales parecía que nos blindaba de sobresaltos y aportaba un cierto plus de calma chicha a nuestra rutina diaria, el invento salta por los aires y nos da por pelearnos entre nosotros a cara de perro sin que nadie se atreva a aventurar cómo demonios acabará todo esto: porrazos de la policía y la guardia civil a ciudadanos que querían votar, resistencia ciudadana plantando cara a las agresiones, una capacidad de organización que consiguió abrir centenares de colegios y hacer llegar hasta ellos miles de urnas que ninguna intervención policial pudo detectar previamente, Ciudadanos exigiendo leña al mono y más mano dura, Podemos intentando mediar entre los dos matones de patio de colegio cuando estos ya se miran enrabietados, con las mangas de la camisa subidas y los puños en posición de combate, los socialistas haciendo corro sin atreverse a tomar partido, los jueces dictando autos y las televisiones públicas, tanto TV3 con TVE, echándole al fuego más gasolina cada día que pasa.

Un mal rollo terrible ahora ya en toda España, que viene a rematar años de discusiones en Catalunya entre familiares y amigos de toda la vida, y al que Felipe de Borbón y Carles Puigdemont, mientras Mariano Rajoy se fuma un puro tras otro, han puesto la guinda con los discursos institucionales más inquietantes que recuerdo. Insensatos sin escrúpulos, como diría aquel periódico de entonces, que hace tanto tiempo ya que no es el mismo.

J.T.