Quince pecados mortales

16 Feb 2014
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¿Habrá suprimido nuestro gobierno el principio de justicia universal para evitar que España pueda sentarse también ante el banquillo de los acusados? Hay, por el momento, quince posibles crímenes de Estado en los depósitos de cadáveres de Ceuta y de Castillejos. Y la Unión Europea está pidiendo explicaciones, aunque casi nadie le haga caso a la Unión Europea.

El confesor de Jorge Fernández Díaz tendrá hoy mucho trabajo. El ministro del Interior habrá de arrepentirse, quizá, de varios pecados al mismo tiempo. Y el de la mentira probablemente sea el menor de ellos. Al político catalán, supernumerario del Opus Dei, lector del rosario y admirador de Juan Pablo II, se le tiene que estar poniendo el pecho amoratado de tanto darse golpes. Sin embargo, resulta poco probable que sus directores espirituales le receten la penitencia de la dimisión. Con una tanda de avemarías, se curarán sus embustes ante los medios de comunicación y ante el propio Congreso de los Diputados.

Diez días después de que el mar se llenara de manojitos de espaldas mojadas hinchados como globos, lo único claro es que los muertos se cubrieron de pena y tanto él, como el director general de la Guardia Civil, Arsenio Fernández de Mesa, o el delegado del Gobierno en Ceuta, Francisco Antonio González Pérez, se vistieron de gloria: entre todos ellos, ensayaron un homenaje a Pericón de Cádiz y se disfrazaron con la nariz de Pinocho para un carnaval perpetuo, el que disfraza de normalidad y de aparente legalidad las vulneraciones de los derechos humanos en un país que supuestamente tiene la obligación de defenderlos.

El santo Tomás de los videos ha puesto el dedo en la llaga y ha demostrado que una imagen vale más que mil mentiras. Fernández de Mesa y Francisco Antonio González negaron que se hubieran usado balas de goma en el mar, frente a un puñado de inmigrantes que pretendían ganar la costa de Ceuta a nado: “No, pelotas de goma en la mar no, según los datos y los informes que tenemos hasta este momento. Dicen que se han utilizado en la valla, evidentemente, para impedir el asalto que se pretendía hacer por un número importante de subsaharianos”, aseguró el máximo responsable de la Benemérita ante los micrófonos de la cadena Ser. El cuento varió cuando se difundieron unas imágenes de mala calidad pero en las que se veía perfectamente como, desde tierra, un agente armaba un fusil para disparar hacia un puñado de personas que braceaba hacia la orilla. Así que su propio superior, el bueno de Fernández Díaz, tuvo que corregirle en sede parlamentaria. Claro que su explicación hubiera sido jocosa si no fuese trágica: que lanzaron dichos artilugios al mar para delimitar una línea imaginaria de veinticinco metros a fin de que no la traspasaran. Su zona de impacto, según sus palabras, “se situó en aguas españolas, lejos de donde se encontraban los inmigrantes”. En la secuencia tozuda que algún ojo público grabó, se aprecia como una docena de nadadores se aproxima a unos diez metros de la playa, blindada por un cordón de antidisturbios. Que no habían pisado tierra española. Y era falso. Que no se les había devuelto en caliente. Otra trola.

¿Cuántas mentiras tendremos que oír hasta que oigamos declinar el verbo dimitir o pronunciar, simplemente, la palabra perdón? ¿Cuántos impactos en su propio cuerpo tendrán que mostrar los propios inmigrantes, antes de que empecemos a aceptar la veracidad de una terrible sospecha, la de que quizá el entusiasmo en sofocar el salto de la valla o los intentos de burlar el perímetro fronterizo, condujeron a que quince seres vivos dejaran de estarlo?

Los supervivientes hablaban de gases lacrimógenos y de pánico. El delegado del Gobierno aseguró que no llevaban salvavidas ni chalecos. Las tomas nos dijeron lo contrario y el ministro tuvo que reconocerlo ante el Congreso. Eso sí, añadió que el uso de la fuerza resultó proporcionado, con carácter disuasorio y en ningún momento se pretendió alcanzarles. Mala puntería, por lo tanto. Dos puntos menos en las pruebas de tiro al blanco. O al negro.

Ante todo ello, sin acto de contrición que valga, el titular de Interior no parece que vaya a depurar responsabilidades y sólo piensa en alargar el espigón de Ceuta para que la frontera marítima se alargue mar adentro y sea más peligroso, por lo tanto, aspirar al paraíso europeo, por lo que el barquero Caronte volverá a hacer negocio, camino del cielo o del infierno.

El ministro cree –así lo ha afirmado– que Dios es el gran legislador del Universo. Pero para quienes no pensamos así, existe el Comité contra la Tortura de las Naciones Unidas. Allí volveremos probablemente a vernos. Y, de nuevo, como ocurriera hace un par de años, la ejemplar democracia española puede volver a ser condenada. Sin embargo, conociendo su fe religiosa, sus principios humanistas y su gusto por San Agustín, la principal condena para el ministro quizá vaya a ser la de su propia conciencia, la de su fuero interno. “Ah, Señor, eras tú”, volverá a repetirse como el santo africano, ante quince jesucristos crucificados en la frontera. Quince pecados mortales. Pecados para él. La muerte, para ellos.