Opinion · La tramoya

¿Hay alternativas o no hay alternativas?

Desde que empezó la crisis bastantes economistas hemos tratado de explicar sus causas y, sobre todo, de argumentar con todo tipo de razones que había alternativas a las políticas que se han venido aplicando.

Los hechos nos han dado la razón y se ha podido demostrar que las medidas que se han adoptado no han permitido resolver la fragilidad sistémica de la banca internacional, ni recuperar la estabilidad económica, ni crear suficiente empleo ni mejorar las condiciones de vida de toda la población. Todo lo contrario, después de casi nueve años de crisis la economía mundial vive bajo la amenaza de nuevos latigazos financieros y con la actividad económica bajo mínimos, por no hablar de la crisis ambiental y de la social en muchos países como consecuencia de la situación económica tan precaria.

Los organismos que impulsaron políticas de austeridad que simplemente buscaban concentrar el ingreso en los niveles de renta y riqueza más elevada han conseguido sus objetivos, pero a costa de aumentar aún más la deuda y de no recuperar el empleo sino de transformarlo en trabajo más precario y con menos derechos sociales asociados. Los más honestos han tenido que reconocer que la justificación teórica que dieron en su día ha sido un fiasco, como habíamos anticipado mucho economistas que defendemos políticas alternativas.

Pero, a pesar del fracaso de las políticas neoliberales frente a la crisis y aunque ha habido un notable despertar de la conciencia social y de la movilización ciudadana, lo cierto es que no se han puesto en marcha políticas sustantivamente diferentes y cuando se ha intentado darle la vuelta a la tortilla aplicando otras medidas se ha fracaso. En Grecia, el gobierno progresista que pretendía hacer frente al neoliberalismo ha tenido que rendirse y ponerse de rodillas ante los poderosos. En España no ha habido posibilidad de formar un gobierno alternativo al del PP y puede que la estrategia seguida por las izquierdas tras las elecciones termine dándole una posición más holgada a la derecha en las próximas. En Irlanda, después de 60 días de negociaciones, el principal partido de la derecha ha conseguido seguir en el gobierno a pesar de la irrupción de nuevas fuerzas enfrentadas a las políticas de austeridad. En Portugal, el partido socialista hace lo que puede con el apoyo de una izquierda más radical que no se ha atrevido a entrar en el gobierno. Y tanto en un sitio como en otro, las fuerzas políticas que se presentaban como portadoras de las alternativas no han hecho sino ir reduciendo sus demandas programáticas para pasar de las más radicales de hace tres o cuatro años a otras mucho más moderadas (pero que, incluso así, siguen siendo renuncias inútiles para impulsar procesos de cambio efectivos).

Después de estas situaciones que se pueden calificar realmente de frustrantes mucha gente se pregunta si realmente llevábamos razón los economistas que defendíamos que hay alternativas a la política económica neoliberal o si, por el contrario, que no hay nada que se pueda hacer ante el poder que parece omnímodo de las grandes empresas y bancos y de los políticos que defienden sus intereses.

Ante estas dudas, es preciso volver a repetir que los problemas económicos no tienen soluciones técnicas sino políticas. En el libro Hay alternativas. Propuesta para crear empleo y bienestar social en España expusimos ya con claridad las dificultades que existen para poder llevar a cabo proyectos de cambio social: la concentración del poder mediático, la aparición de espacios de decisión ajenos a las instituciones representativas que se presentan como impersonales (“los mercados”) pero que en realidad, como decíamos en el libro, son “los grandes financieros, directivos y representantes de las grandes corporaciones que tienen una influencia decisiva sobre el poder político, hasta el punto de que es impensable que los gobiernos tomen hoy día decisiones si no es bajo su tutela”. Y señalábamos que de la mano de eso venía el desmantelamiento de las democracias, la oligarquización de los partidos y la destrucción de cualquier espacio alternativo de debate social o participación política.

Antes esas dificultades advertíamos en el libro de que “los cambios sociales necesitan siempre fuerza social, el empeño político de la ciudadanía, ideas y voluntad para hacerlos efectivos, decisión y un proyecto capaz de encantar a muchos más de quien inicialmente lo suscribe y, sobre todo, una visibilización nítida en toda la sociedad que no puede ser sino la expresión de la movilización continuada (…) Necesitan, aunque eso no es poco, la asunción ciudadana, su apoyo y la movilización que las haga imprescindibles porque los desee la mayoría de la sociedad”.

Cualquier cambio social de importancia, como el que necesitan nuestras sociedades, solo se da cuando los de abajo ya no quieren seguir como les imponen los de arriba, y los de arriba no pueden seguir como les imponen a los de abajo. Pero hay que mover muchas piezas para que eso se produzca.

Para que la gente se movilice es necesario antes que nada que quienes afirman que hay un camino alternativo marchen por ese mismo camino y no cada cual por su lado, que haya unión y no una constante controversia entre las personas y grupos que dicen tener la solución sobre la vía que hay que tomar. Se necesita convergencia y unidad y no solo en las cúpulas.

Hace falta estrategia y no solo pose ante los medios de comunicación. Se necesita saber con precisión hacia dónde dirigirse y no guías improvisadas, ni cambios a cada hora que confunden y desaniman.

La posibilidad de cambiar las cosas depende de que haya alternativas sobre el papel pero sobre todo, como decía Noam Chomsky en el prólogo de Hay alternativas, de que la gente se convenza de que las hay. Y para eso hace falta que esas propuestas sean creíbles, lo que no se consigue solo con el carisma mediático, ni a base de levantar la voz en los mítines, sino con la convicción que da el rigor y la fortaleza de las personas que la sociedad sabe que saben lo que dicen porque están acostumbradas a resolver problemas día a día.

Es necesario un sujeto político que sepa hablarle a la gente común en el lenguaje que ésta entiende, que no transmita amenazas y reproches sino ideas claras y estímulos y que no se limite a contentar con su jerga a los suyos y, por tanto, que entienda que las formas son esenciales y que las respete. Que sepa dialogar de las alternativas que plantea con quienes piensan de modo diferente, sin generar más confrontación inútil sino proporcionando vías de encuentro y solución de los problemas sociales.

En el documento que Vicenç Navarro y yo preparamos en 2014 para Podemos (Democratizar la economía para salir de la crisis mejorando la equidad, el bienestar y la calidad de vida. Una propuesta de debate para solucionar los problemas de la economía española) hacíamos referencia a una restricción fundamental a la hora de plantear alternativas y que fue formulada anteriormente por Dani Rodrick: la democracia, la soberanía nacional y la integración económica mundial son mutuamente incompatibles. Ese es el trilema que condenó a la humillación a Syriza y que volvería a pasar la misma factura en España si quien hace planteamientos alternativos de gobierno no se es inteligente, si improvisa, si se deja llevar por la presunción y la arrogancia, si no tiene estrategias transversales que garanticen una gran convergencia y un apoyo social muy plural, y si se concentra en la construcción de un aparato en lugar de tejer redes desde lo más próximo de los seres humanos para adelantar el futuro y crear espacios de contrapoder. O si en lugar de hablarle a la sociedad en su conjunto se limita a crear una nueva tribu.

Las alternativas existen pero solo son viables si se hacen bien las cosas. Y aun así, no conviene engañarse, el cambio en las condiciones del capitalismo neoliberal de nuestros días, sin bridas ni apenas contrapesos, descarnado y cruel, es difícil y costoso.