Entender el arte sin ojos de patriarcado

¿Es posible interpretar el arte moderno y contemporáneo de un modo radicalmente opuesto al que nos han enseñado históricamente? ¿Ha influido el patriarcado en esta interpretación que se nos ha hecho de ese legado? La respuesta es sí y como prueba de ello aparece Arte escrita. Texto, imagen y género en el arte contemporáneo (Comares). Se trata del resultado de una ardua tarea de investigación llevado a cabo por las Universidades de Málaga (UMA) y La Sapienza de Roma, dentro de su proyecto bautizado Lecturas del arte contemporáneo desde la perspectiva de género.

Hace unos días fue presentado en el Centro Pompidou Málaga, con la profesora titular de arte contemporáneo en la UMA, Maite Méndez Baiges, al frente del acto. Desde su punto de vista, es importante entender el feminismo como lo concebía Virginia Woolf, es decir, como algo la perspectiva que las mujeres aportan como sujetos y no como objetos. Méndez Baiges considera que esta perspectiva ha venido siendo ignorada en la historia del arte contemporáneo.

“Hay que feminizar la historia del arte porque sin las mujeres no se entiende”, asegura la directora del proyecto, que reniega de la “tradición masculina” que aún hoy perdura. Desde su punto de vista, “las incursiones feministas son unas de las vías más fructíferas para lograr una relectura eficaz de la noción de vanguardia artística y de su historia”, y ese es, precisamente el punto de partida de esta lectura feminista del arte de los siglos XX y XXI.

La llegada en estos dos siglos de nuevas técnicas artísticas, como la fotografía, el cine o el diseño de moda marca un punto de inflexión en el que la incorporación de la mujer es determinante. La convergencia de la cultura visual y literatura articula este trabajo, fiel reflejo de la mezcla de artes que se da en la técnica de vanguardia.

En su primera parte, Arte escrita se dedica a la poesía visual, apoyándose para ello en una selección de ejemplos de artistas femeninas de los más diversos ámbitos culturales y geográficos. Entre estas artistas podemos encontrar a Marianne Moore, Claude Cahun, Ketty La Rocca y las artistas de diversos colectivos feministas italianos de la década de los setenta.

En la segunda parte, en cambio, se realiza un estudio iconológico, es decir, un análisis de la imagen artística de la mujer en obras de arte, como lectora, como artista o, incluso, como espectadora, así como la presencia de la mujer en la publicidad. La última parte se compone de dos ensayos visuales que vienen a poner en práctica las obras lingüístico-visuales por parte de artistas del grupo de investigación.

Una obra, una investigación muy recomendable que ayuda a combatir lo que precisamente lamenta Méndez Baiges en la introducción del libro, al asegurar que apenas se han tenido en consideración en esas intepretaciones del legado “la aportación llevada a cabo por las artistas del género femenino, cuya masiva incorporación constituye sin embargo una de las principales innovaciones del arte del siglo XX”.

Y es que, como bien explica la investigadora, “no se trata solo de que el arte moderno y contemporáneo hayan aportado un buen elenco de nombres femeninos al relato histórico; no, resulta igual o más relevante el hecho de que las mujeres hayan protagonizado algunas de las propuestas más radicales del arte vanguardista a lo largo del siglo XX, mostrándose en algunos casos mucho más intrépidas y originales que sus compañeros de filas, y contribuyendo de este modo a las direcciones más revolucionarias —tanto sociales como estéticas— de su tiempo”.