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La sequía arrasa el Sahel

Burkina Faso. (WFP/Simon Pierre Diouf)

Muchas personas tienden a banalizar el fenómeno de la migración, sin poner el acento en las causas que la propician, sin analizar que está sucediendo en los puntos de origen de las personas migrantes. Hoy pondremos el foco en el Sahel, donde se estima que una de cada cinco personas requiere ayuda humanitaria.

Este gran cinturón árido de tierra, que se extiende bajo el Sáhara desde Senegal a Djibouti, siempre ha sido propenso a la sequía, pero cuando ésta se acentúa, las consecuencias son aún más devastadoras. Es lo que sucede ahora, especialmente con la parte más occidental, donde la falta de lluvias no sólo ha afectado a las cosechas, sino que ha diezmado al ganado y ha afectado al resto de medios de subsistencia.

Para quien llega de fuera, la ausencia de hombres en el poblado es muy llamativa. El motivo es que, dada la escasez de agua, tuvieron que marchar con el ganado unos cuatro meses antes de lo habitual en busca de pastos. Las mujeres han de hacerse cargo de la casa, reduciendo el número de comidas, teniendo que vender a los pocos animales con los que se quedaron para saldar deudas. Los animales que quedan, no tienen qué comer y se plantea un nuevo dilema:

Para comprar forraje con el que darles de comer hay que viajar a núcleos más grandes, pero este viaje cuesta dinero con el que podrían comprar alimento para sus familias. ¿Qué hacer?

Los huertos familiares con los que subsistían en el pasado, que daban lechugas, nabos, zanahorias, cebolla y menta están prácticamente secos… llevan así desde 2016. Apenas consumen leche por no disponer del ganado y no tener dinero para comprarla en la ciudad, la carne es un lujo y la dieta más habitual es arroz de mala calidad.

Organizaciones como Acción contra el Hambre han realizado análisis de la biomasa con imágenes vía satélite. A través de este estudio (ver foto superior) se observa cómo esta materia seca vegetal, que sirve de pasto al ganado, es muy escasa. Algo que no es buena noticia considerando  los pastores y agropastores representan el 30% de la población y el 40% del PIB.

A pesar de los esfuerzos parte de la ONU, a finales de este mes las solicitudes de asistencia por parte de países como Burkina Faso, Chad, Malí, Mauritania, Níger y Senegal están financiadas a menos del 20%. Asistimos a una de las crisis humanitarias más graves del mundo en la que la sequía no ha hecho más que empeorar la situación. Los informes que llegan por parte de las Naciones Unidas y las ONG que trabajan a pie de campo son descorazonadoras: Miles de familias han agotado sus reservas de alimentos –cuyos precios están por las nubes-, viéndose obligadas a reducir el número de comidas diarias.

Así las cosas, más de 1,6 millones de niños se encuentran en riesgo de una malnutrición potencialmente mortal y alrededor de cinco millones de personas necesitan alimentos y medios de subsistencia. Sólo en Chad, el número de niños que sufren desnutrición aguda severa se ha más que duplicado en los últimos meses.

Lejos de mejorar, las expectativas aún son más negras, pues todos los pronósticos dibujan la peor temporada de escasez en años; sencillamente, todo indica que las reservas de alimentos se agotarán antes de la que llegue la próxima cosecha. Como otra estocada más, la inseguridad, los conflictos y el extremismo que asola la región no favorecen a mejorar esta crisis humanitaria, provocando el desplazamiento de muchas personas en busca de supervivencia.