‘Coburn’, de Pablo García Naranjo. Editorial Tyrannosaurus

Fue en Londres, hace ya muchos años. Acodado en la barra, esperaba a que me sirvieran una pinta de Guinness (una bebida exótica para un español en aquella época) cuando el tipo que tenía a mi derecha me habló. Era un cincuentón que dijo ser italiano. Hizo las preguntas de rigor (de dónde eres, qué haces en Londres, cómo es posible que esta gente coma tan mal). ¿Y usted porqué está aquí? No me respondió enseguida. Guardó silencio mientras con el dedo repasaba el círculo de humedad que su vaso había dejado en la barra. Tuve que salir de Italia. Contra mi voluntad. Maté a un hombre, ¿sabe? Soy un asesino. Lo dijo con calma, sin jactancia ni vergüenza. Como si aquello no tuviera la menor importancia.

Volví a recordar a aquel hombre cuando leí Coburn. Una novela repleta de tipos duros de los de antes, de los que vendieron su alma por unas cuantas cajetillas de tabaco rubio. De los que, a base de golpes, han aprendido que la justicia no se puede encontrar en los libros de leyes.
Coburn es un asesino cincuentón al que encargan buscar a una joven desaparecida en Los Ángeles. Lo que encuentra es una trama de prostitución, excesos y snuff movies en cuyo centro está un productor de cine protegido por policías locales.

Solidez narrativa, ritmo trepidante y la elegancia de la prosa de Pablo García Naranjo hacen de Coburn una novela imprescindible. Con un final que es una bofetada a lo políticamente correcto. Vayan a las librerías y encarguen el libro. Y si conocen a alguien que lo tenga, róbenselo. No dejen pasar un día más si leer este pequeño monumento a la novela negra.
Escribiendo estas líneas he vuelto a pensar en aquel tipo italiano de Londres. Bebiendo solo en un pub. Abordando a desconocidos para contarles que es un asesino.