Media hora de silencio: sectas destructivas en clave negra

Los veo en la Plaza de Callao, también en Sol, en las proximidades del Museo Reina Sofía y mientras paseo por la calle Goya. Siempre eligen zonas muy transitadas de Madrid, aunque imagino que repetirán el sistema en otras ciudades de España. Ellos de traje y corbata, ellas con largas faldas y blusas cerradas hasta el último botón. A su lado, carteles y folletos con eslóganes tan sugerentes como “Reconcíliate con Dios”, “¿Quieres encontrar la felicidad?” “Da sentido a tu vida con nosotros”. Siempre están sonrientes. Son las sonrisas de los que no tienen dudas, de los que creen que está todo escrito, de los que han dejado de cargar con el enorme peso de tomar decisiones, de los que se han liberado de la responsabilidad de dirigir sus vidas. Ya lo hacen por ellos su líder o su dios o un libro. Sonríen, pero no parecen felices. Sonríen, pero dan miedo.

Las sectas destructivas, ese es el tema central de “Media hora de silencio”, de Daniel Pérez Morales y editada por Cuadernos del Laberinto. Los policías Isabelle Lemaire y Noah Page, dos policías canadienses, deben investigar el extraño y brutal asesinato de una joven madre soltera y de su hijo de dos años. A medida que avanza la investigación, los asesinatos de personas que han tenido algún contacto con la madre soltera se suceden. Y de fondo, aunque de forma casi casual, se repite un mismo nombre: el de la Congregación del Libro Antiguo y su carismático líder, Emmanuel.

“Media hora de silencio”, la tercera entrega protagonizada por esta pareja de policías, es una de esas obras que se te meten en la cabeza y no permiten que pienses en otra cosa que no sea seguir pasando páginas hasta que llegas al final. Daniel Pérez Morales domina todos los elementos de la novela policiaca, teniendo al lector en constante tensión. Con giros argumentales sorprendentes, una prosa cuidada y muy eficaz, nos introduce en el oscuro mundo de las sectas destructivas. Cómo se valen de las grietas que la sociedad va abriendo en nosotros (insatisfacción, soledad, frustración) para convertirnos en títeres que nunca ven la mano que mueve los hilos, porque no quieren. Una novela inteligente, adictiva y valiente. Aún no conozco a nadie al que no le haya gustado.

Vuelvo a encontrarme con ellos en una esquina de la Puerta de Alcalá. Sus sonrisas inmanentes y arrobadas. Ocultando el abismo que hay tras ellos. Porque eso es lo que son estas sectas. Agujeros negros que aparecen en cualquier calle para hacernos caer en ellos, para absorbernos hasta conseguir que dejemos de ser nosotros mismos.

No quisiera concluir la columna de hoy sin mostrar mi enorme alegría porque, finalmente y pese a todas las trabas, zancadillas, obstáculos y atolladeros que les han puesto en el camino, la Semana Negra de Gijón se celebrará un año más. Y van treinta. Mi enhorabuena a Ángel de la calle y a todo su equipo por seguir defendiendo un bien cultural de nuestro país, el certamen más importante sobre el género negro de España.

Pueden consultar toda la información sobre la XXX Semana Negra aquí: www.semananegra.org