‘Chau Papá’: ser un salvaje es divertido

He conducido una moto tres veces en mi vida. Me estrellé las tres veces. Nada grave (para desilusión de mis enemigos. No puedo vivir sin ellos, sólo los mediocres pueden). Eso me demostró que tenía un problema con la velocidad. Un problema de adicción. Me dejo arrastrar por ella sin oponer resistencia, hasta que todo lo demás deja de tener importancia, (frenar, tomar la siguiente curva, los posibles traumatismos). Atrapado en el vértigo, solo quiero seguir corriendo, seguir corriendo…

Es la misma sensación que se tiene al adentrarse en Chau Papá, escrita por el autor argentino Juan Damonte. Un clásico del género negro que ganó el premio Dasiel Hammett de la Semana Negra de Gijón en 1996. Porque no he encontrado una novela con un ritmo tan absorbente y arrollador.

Nos introduce en la vida de Carlos Tomasini, joven miembro de una familia mafiosa de Buenos Aires en plena dictadura militar. Una vida que puede resumirse en whisky, rayas de cocaína y problemas. Su familia quiere que siente la cabeza, pero Carlos no está por la labor. Le busca el marido de su amante que acaba de salir de prisión, la policía le atosiga y los militares le persiguen. Debería esconderse, salir de Buenos Aires, huir. Pero eso no va con él. No mientras quede alcohol en las botellas y polvo en las papelinas.

Una obra tremendamente salvaje y divertida. Terapéutica en estos tiempos donde todo está dominado por lo políticamente correcto y su prima hermana la estulticia. Contiene una de las escenas más negras que haya leído nunca: Cuando el protagonista busca en el vertedero de Buenos Aires el cadáver de su primo, entre todos los muertos que a diario los militares arrojan allí.

Una novela imprescindible. Una apología de la rebeldía ante todo y ante todos (normas, leyes, familia, policía, dictadura, miedo, muerte). Una defensa radical de la vida. Lo dicho, imprescindible, sobre todo si lo más emocionante que ha hecho en su vida ha sido llevarse un lápiz del Ikea cuando nadie le ve.

No he vuelto a conducir una moto. Pero cuando las oigo rugir sobre el asfalto, aún me paro a contemplarlas. Y soñar.