“Carter”: la elegancia de ser peligroso

¿Recuerdan aquel día en el que, por primera vez, decidieron no ir a clase? Ese instante en el que dejas de comportarse como todo el mundo espera para hacer con tu tiempo lo que te da la gana. Sin motivo. Sólo para saber que se siente. Rebeldía pura. ¿O el primer cigarrillo? Cuanto más nos insistían en lo perjudicial que es el tabaco, más atractivo nos parecía. Encendido a escondidas, su sabor repugnante, el inagotable ataque de tos… Y, sin embargo, ese cosquilleo previo, esa sensación de libertad canalla, la misma que se siente al traspasar una línea roja, cuando mandas a paseo lo correcto, lo formal, las normas. Eso es precisamente lo que estoy haciendo hoy. Rompiendo las normas de esta columna, las que yo mismo me impuse, a las que me he ajustado fielmente, hasta ahora. Y lo hago porque no me he podido resistir a Michael Caine (¿quién puede?), mirando desafiante desde la cubierta, con un terno y una escopeta en la mano. Elegante y peligroso. Como un negroni. Siempre he intentado merecer esos dos adjetivos, aún lo intento.

 “Carter”, escrita por Ted Lewis y publicada por Sajalín editores, no es una novela escrita en castellano en su original. Ya sé que esta columna trata sobre obras escritas en nuestro idioma. No hace falta que me lo recuerden. Pero es tan buena que me he permitido esta excepción. Porque la novela es excepcional.

Jack Carter es un asesino a sueldo que trabaja para dos importantes mafiosos londinenses. La muerte de su hermano Frank hace que regrese a su ciudad natal después de ocho años. Todos quieren que crea que se trata de un accidente, pero Carter no piensa lo mismo. Y no le importa pasar por encima de todo y de todos hasta encontrar a los responsables. Aunque le cueste la vida.

Como todas las grandes novelas negras, “Carter” no es sólo una historia de venganza. Es un recorrido por esa otra cara que tienen todas las ciudades, la que no sale en las guías turísticas, la que sólo ven los tipos a los que la policía alguna vez ha manchado las yemas de los dedos con tinta. Y de eso también va la novela, de esa parte sórdida, corrupta y viscosa que todos llevamos dentro. Aunque sólo lo reconozcamos cuando nadie nos ve.

Está considerada como la obra fundacional del género negro británico moderno. En 1971 fue llevada al cine con Michael Caine como protagonista. Ted Lewis murió a la temprana edad de 42 años por una enfermedad provocada por su adicción al alcohol.

Es posible que alguno de ustedes nunca faltara a clase voluntariamente y que jamás se le pasara por la imaginación meterse un cigarrillo entre los labios. Si es así, no sé qué narices hacen leyendo esta columna.