‘Escuela de detectives’: ¿realmente quieres saber la verdad?

Jim Thompson dijo que sólo existe una trama: “las cosas no son lo que parecen”. Y si hay un personaje en la novela negra que siempre busca poner las cartas boca arriba, arrancar de los rostros sucios y corruptos la máscara de la dignidad, ese es el detective privado. Siempre buscando la verdad, con la perentoria necesidad de un adicto. Porque un detective es eso: un yonqui de la verdad. Aunque sepa que conocerla le puede costar la vida, nada puede detenerle hasta que obtenga su dosis. Por eso es un perdedor, un marginado, un solitario en una sociedad que vive de la apariencia, de la simulación. Donde la mayoría prefiere la belleza suave y artificial de la mentira que el feo rostro de la verdad. La mentira nos hace la vida más fácil, limando las aristas de la realidad. Susurrándonos al oído lo que queremos oír. Tomamos la pastilla azul, no la roja. Y lo hacemos todos los días, sin dudar.

Quizás por eso la figura del detective privado ha quedado un poco desfasada en la actual novela negra. No sólo por lo manoseada que está dentro del género, sino porque se ha convertido en una figura poco creíble, inverosímil, casi anacrónica.

Y sin embargo, de vez en cuando aparecen novelas que consiguen revitalizar al personaje gracias al talento de sus autores. Es el caso de Osvaldo Aguirre y su magnífica Escuela de detectives, editada por la argentina Del Nuevo extremo.

Alberto Beltrán es un detective que se sacó la licencia por correspondencia, contestando a un anuncio que apareció en la contra cubierta de un comic. Sus casos suelen limitarse a perseguir infieles y adolescentes que se han desviado del camino. Hasta que le llega el gran caso: Una hermosa mujer entra en su despacho con la sospecha de que su marido, un importante empresario farmacéutico, le es infiel. Pero (volvemos al gran Jim Thomson) las cosas no son lo que parecen. Beltrán se verá arrastrado a una trama de corrupción policial, negocios turbios con medicamentos y asesinato. Y lo peor de todo, descubre que él es tan solo un peón en la partida de ajedrez. Un peón que debe ser sacrificado.

Ritmo, personajes bien construidos y una trama tan compleja como creíble. Una novela que nos vuelve a reconciliar con los detectives. Aunque sólo nos guste la gente que busca la verdad en la ficción. En la realidad preferimos no enfrentarnos a ella, no pensar en esa inmensa mediocridad que llamamos existencia. Es mejor no pensar en ello y seguir mirando escaparates.