‘Conduce rápido’: cuando tu única opción es vivir deprisa

En la partida de la vida, uno juega con las cartas que ha repartido la suerte. Y en la mayoría de los casos, son tan malas que para seguir en el juego tienes que ir de farol. No, los póker de ases y las escaleras de color no son para ti. Esas manos con las que es fácil ganar en el juego de la existencia ya tienen dueño. Siempre son los mismos. Ya sabes de quien hablo. Los de arriba, los pisalfombras, los bien relacionados. Esos que llevan siempre corbata, como si fuese una enorme lengua fuera de la boca que se burla de ti cuando te cruzas con ellos.

No, de ellos no habla Diego Ameixeiras en su estupenda Conduce rápido, editada por Akal. No, habla de los otros. De los que van toda la vida de farol. De los que aguantan con la esperanza de que su suerte cambie, de que les llegue una buena mano, de que el destino deje de descojonarse de ellos.

Erika y Samuel pertenecen a este grupo. Dos buscavidas que van tirando a base de pequeños robos a los turistas que trae el camino de Santiago. Hasta que, por fin, parece que la fortuna les dedica una media sonrisa en forma de fardo abandonado en la playa con 10 kilos de cocaína. Samuel pretende vendérsela a los narcos que la han perdido. Pero a veces, lo que parece una sonrisa en el rostro de la fortuna, es tan solo una mueca de desprecio.

Con un estilo directo, apoyándose en los diálogos cortos y contundentes, Ameixeiras construye una novela trepidante que se lee de un tirón. Una obra de perdedores que reniegan de su destino, de la violencia que acompaña a la codicia, y de esa extraña forma que tiene la mente de autoengañarse que llamamos esperanza.

Las cartas vuelan sobre la mesa. Recibo mis cinco. Las levanto. Feas como un polígono. Ni un número igual. Resoplo. Cada vez más cansado. Cada vez con menos ganas de continuar la partida. Sin pensar, lanzo dos fichas sobre el tapete y anuncio: “Voy”. Porque aún tengo ganas de pelea, porque aún me quedan cicatrices que enseñar, porque perder es mejor que darte por vencido. Porque, a veces, uno puede ganar aunque vaya de farol.