‘El mundo entero pasa por Marsella’: La vida toma decisiones por nosotros

Primera hora de la mañana. El Circular va repleto. Un grupo de mujeres de mediana edad van comentando las dolencias de sus familiares ingresados en el Clínico. En realidad es una disputa por saber quién sufre más. “Pues a mi marido ha tenido dos insuficiencias cardiacas y un ictus. Yo no sé si va a salir de esta, con lo bueno que es”. “Pues a mi hermano le han tenido que extirpar la vesícula y los riñones le han dejado de funcionar, pobrecillo. Yo creo que ha sido culpa del médico”.

Los estudiantes se protegen del mundo permaneciendo dentro de sus auriculares y las pantallas de sus teléfonos. También hay quien se dirige a su puesto de trabajo. Es fácil reconocerlos por el hastío de sus miradas y ese aspecto de eterno cansancio. La masa bamboleante va perdiendo y ganando integrantes en cada parada.

De pronto, un hombre se abre paso a empujones en dirección a las puertas de salida. El autobús está a punto de detenerse cuando al fondo se escucha un grito: “¡Mi cartera, al ladrón, al ladrón! El hombre logra zafarse de los pocos brazos que intentan retenerlo y consigue alcanzar la calle. Viste un traje barato, el rostro moreno intemperie y el pelo brillante de grasa. Hay miedo en sus ojos cuando vuelve la cabeza en su huida, el pánico que solo la presa puede sentir. Casi siento lástima por él. Emprenden la persecución el conductor y un par de tipos más. Gritan insultos y amenazas. “Párate, hijo de… Cuando te pille te… Corre, cabrón, corre porque te voy a cortar…”

Deduzco que el que más grita debe ser la víctima del carterista. Pronto se hace evidente que le van a alcanzar. En el autobús, todos miramos la escena por las ventanillas. Absortos ante cualquier modificación en nuestras rutinas. Escucho que alguien ha llamado a la policía.

El mundo entero pasa por Marsella, de Ángela Martín del Burgo y editada por Cuadernos del Laberinto, habla de ese mundo, el de los carteristas. André Dreujou, un joven culto admirador de Dostoievski y de Baroja, ve como sus circunstancias vitales le obligan a sobrevivir gracias a pequeños hurtos en el centro de Marsella. Hasta que la muerte y la violencia hacen acto de presencia y cambiaran su vida para siempre. Con un estilo elegante alejado de los convencionalismos del género negro, Ángela Martín del Burgo construye una obra original y diferente,  y logra, además, distanciarse de las modas que dominan el mundo editorial.

La mano del conductor ya casi roza la chaqueta del carterista cuando, de repente, el hombre se da la vuelta. En su mano, como una sonrisa torva, aletea una navaja. Los tres perseguidores se detienen en seco. En el autobús alguien grita “¡Cuidado!”. El carterista corta un par de veces el espacio que le separa de los tres hombres que van alejándose mientras muestran las palmas de sus manos. Es entonces cuando su mirada me demuestra que todo ha cambiado. Ya no hay miedo. Levanta la navaja en dirección al autobús, dejando claro que las presas somos nosotros. Como siempre.