El Rastro del Lobo: el monstruo es como nosotros

Carlos Augusto Casas

Hace tiempo escuché a un guionista de cine decir que los mejores personajes para trabajar son los tiburones y los nazis, porque no tienes que explicar nada sobre ellos. Únicamente con verlos en la pantalla la gente ya sabe quiénes son y que va a pasar. Una fama injustificada en el caso de los escualos, que están al borde de la extinción por culpa de una sopa china. Así es el ser humano. La imbecilidad en muchas ocasiones está presente en los peores crímenes.

Pero la estupidez no aparece en los horrores nazis. Los suyos fueron crímenes diseñados en la mesa de un despacho, calibrados, medidos y calculados, un frío problema matemático que hay que resolver. Industriales y eficientes, como una cadena de montaje. Quizás por eso aún hoy pervivan en nuestros recuerdos colectivos y los nazis se hayan convertido en la esencia químicamente pura del mal. El cine y la literatura los ha convertido en monstruos, cómodos monstruos, que nada tienen que ver con nosotros. Pero hay que recordar que los nazis querían a sus familias, daban los buenos días a sus vecinos, veían partidos de fútbol y salían a tomar cerveza con sus amigos. Lo que verdaderamente aterra de los nazis no es tan solo lo que hicieron, sino cuantos de nosotros, de vivir en la Alemania del 36, no hubiéramos acabado con el brazo en alto, quemando libros y señalando a nuestros vecinos. ¿De donde nace esa materia viscosa que todos llevamos dentro?

El Rastro del Lobo, escrita por el maestro José Luis Muñoz y editada por Traspiés, nos cuenta la vida de Aribert Ferdinand Heim, conocido como el carnicero de Mauthausen o el doctor muerte, sus atroces experimentos en los campos de concentración donde pretendía establecer los límites del dolor físico humano y su continua huida para escapar de la justicia y de los cazadores de nazis. Hay muchas teorías sobre qué fue de Heim, se sabe que ejerció la ginecología en Alemania después de la guerra bajo un nombre falso (el doctor muerte ayudando a traer vida al mundo). Luego huyó cuando estaba a punto de ser descubierto. Egipto, Chile, Argentina, España, Alemania… Muchas son las teorías sobre dónde pasó sus últimos años y cómo fue su muerte. A día de hoy, no hay ninguna certeza. Sólo que nunca fue apresado.

La novela está construida con continuos saltos en el tiempo que van llevando al lector de los campos de concentración a El Cairo de los años 80 o la Costa Brava en el 2005. El Rastro de Lobo es la historia de Heim, pero también la de Joachim Schoöck, un policía de Stuttgart obsesionado con cazar al monstruo. De cómo los nazis pudieron escaparse por las grietas del sistema y de por qué resultaron tan útiles a algunos gobiernos. Una novela de personajes cargada de estilo que nos hace reflexionar sobre el hecho de que algunos de los mayores criminales de nuestra historia murieron en la cama.