Opinion · La oveja Negra

El secreto de La Quebradita: los vicios secretos del poder

Cañada Real es una franquicia que el infierno ha abierto a las afueras de Madrid. Un parque temático para los yonquis más tirados, el Disneylandia de los adictos a la heroína. Esos esqueletos que incomprensiblemente caminan, enfundados en un chándal. Impulsados por el vicio, los pómulos tensando la piel del rostro apergaminado, los ojos desesperados que buscan sólo dos cosas: dinero y droga. Esos que nos hacían cruzar la calle en cuanto los veíamos por miedo al atraco y al contagio. ¿Se han fijado? Ya apenas se les ve por la ciudad. Y no es porque hayan desaparecido, no. Es porque están mucho mejor allí, en el parque Warner del caballo. Sin molestar a los güiris que hacen cola en el Prado, ni mendigando a la salida del Corte Ingles cuando uno sale cargado de bolsas, ni estropeando los selfis en la Plaza Mayor. Ya no hay yonquis pidiendo en los semáforos, ahora hay payasos y equilibristas que quedan mucho mejor, donde va a parar. Los heroinómanos como las pelusas, escondidos bajo las alfombras, donde nadie los ve. Porque en la sociedad de la apariencia lo que no se ve no existe.

Yo estuve allí varias veces, realizando reportajes, con mi compañero Pablo Gilarranz. Recuerdo que una noche, de madrugada ya, aparecieron en la Cañada Real un par de Mercedes negros, grandes y brillantes, como los sueños que nunca se cumplen. Fueron los chóferes quienes descendieron de los vehículos para hablar con algunas de las toxicómanas. Negociaron el precio en unos pocos segundos (los desesperados ofrecen poca resistencia) y se llevaron a un par de ellas. Esa misma noche, preguntando por ahí, nos enteramos de que aquella visita era algo poco habitual, pero no extraña. Algunas chicas aparecían a los pocos días. Cojeando o con alguna marca en la cara. Sin ganas de hablar de lo sucedido. Otras no aparecían nunca. “Los ricos siempre han hecho lo que les ha dado la gana con los pobres, esa es la única ley que se cumple aunque no esté escrita en ninguna parte”, nos dijeron.

Un recuerdo que ha vuelto a mí mientras leía El Secreto de la Quebradita, del escritor argentino Juan Ángel Cabaleiro, y editada por Reino de Cordelia que ha sido galardonada con el XX premio Francisco García Pavón. El Gordo Reyna no esperaba encontrar aquello en el golpe a un chalet de lujo de Tucumán. Esos tres jóvenes en torno al cuerpo de una chica. Él solo quería robar y ahora tendría que cargar con un muerto que no era suyo. Uno de los tres jóvenes era el hijo del gobernador de la provincia y eso eran palabras mayores. Tratando de evitar que le acusen del asesinato, Reyna descubre una oscura trama sobre los siniestros vicios del poder político, sus repulsivas aficiones, en torno a la apartada finca de La Quebraditas.

Una novela sólida, con una evidente carga política, buen ritmo y una trama muy bien construida. Una obra que me ha hecho volver a pensar en los hombres que ocupaban los asientos de atrás de los Mercedes negros, de esa enfermiza fijación de hacer lo que se quiera con el prójimo, sin barreras morales, ni mentales ni legales, el placer de la crueldad que experimentan al saberse intocables.