Opinion · La oveja Negra

Música Nocturna: disfrutar temblando

Hay un grupo de gente, al cual pertenezco, que se lo pasa bien pasándolo mal. Somos fácilmente distinguibles porque nos gustan las películas de terror, las montañas rusas, que nos hagan análisis de sangre y ver programas de televisión como “La máquina de la verdad” o “La pirámide de tu vida”. El miedo como fuente de placer. El pavor como elemento destructor de la monotonía. Mejor aterrorizado que aburrido. Una afición que, en mi caso, no se traslada a la literatura. No me interesan nada las novelas de terror, ni de corte esotérico. Ni siquiera las de ciencia ficción apocalíptica. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la obra de Philip K. Dick,  me pareció una gran aportación al aburrimiento como género literario. En cambio, Blade runner, la película de Ridley Scott, continúa conmoviéndome y emocionándome como cuando la vi por primera vez. Una de las pocas que consiguen hacerme llorar, aunque el pudor únicamente me permite hacerlo cuando la veo solo.

Por eso me resulta sorprendente lo que me ocurre con John Connolly. Desde que cayó en mis manos por casualidad (compre el libro, como en tantas y tantas ocasiones, por la cubierta) El camino blanco no he dejado de leer ni una sola novela del autor irlandés. Una mezcla de novela negra, mundo esotérico y novela de terror, con unos malos antológicos y un dominio del ritmo (cuando acelerar, cuando frenar) magistral. Todas estas virtudes están recogidas en Música Noctura, publicada por Tusquets. Una selección de relatos donde Connolly vuelve a demostrarnos que es un maestro en esto de hacérnoslo pasar bien pasándolo mal. Un derroche de imaginación y de inteligencia que hacen que algunos de estos relatos (La biblioteca Privada y Depósito de Libros Caxton, Rajahuesos) tengan ese regusto, esas reminiscencias de clásicos como Edgar Alan Poe. Como si llevaran escritos mucho tiempo.

Me declaro fan incondicional de Connolly. Porque con él y con muy pocos más (Ellroy, Winslow, Block) experimento esa sensación de perentoria necesidad, como un adolescente con su primer amor, de saber cuándo sale su próximo libro. Cuento los días que quedan para acudir el primero a la librería y sentir que todo lo que no sea leerlo debe ocupar un segundo plano en mi vida. Porque sé que voy a disfrutar horas y horas.