Opinion · La oveja Negra

Tiempo de ratas: del barrio no se puede escapar

La boca del león. Así llamábamos al túnel que unía las calles Vicente Camarón y Sagrados Corazones, en pleno barrio Lucero de Madrid. Tres largos y oscuros tramos de escalera incrustados en el interior de los bloques de viviendas. Acabábamos de estrenar los años 80 y para los niños del barrio cruzar la boca del león era una prueba de valor, uno de esos retos que siempre comenzaba con un “a que no te atreves”. Esta vez me tocó a mí. A la carrera me introduje en la oscuridad, subiendo los escalones de dos en dos. Respirando por la boca para evitar el olor ácido de los orines concentrados durante meses y meses. En el suelo, montones de carteras vacías. Allí las arrojaban después de atracar a alguna ama de casa camino de la compra, o a algún jubilado con la pensión recién cobrada. Continuaba mi ascensión cuando me pareció ver una llama a la derecha, solo unos metros más adelante. Me pegue a la pared izquierda e intenté por todos los medios no mirar en esa dirección. Ya casi la había rebasado cuando escuché una voz apremiante. De esas que vocalizan más con la nariz que con la boca. “Oye, oye, chaval. Ven un momentito. Que no te voy a hacer nada”. Cazadora de cuero, vaqueros ajustados y desteñidos, y unas zapatillas Eagle. A sus pies, una botella de agua mineral, un limón y una cucharilla ennegrecida por el fuego. En la mano derecha sostenía una jeringuilla muy fina mientras trataba de amarrarse una goma al brazo con la izquierda. Sabía para que servían esas jeringuillas. Teníamos que quitar decenas de ellas del suelo cuando jugábamos al fútbol. “Ven, coño, que ya te he dicho que no te voy a comer”. Aún hoy no sé por qué lo hice, pero me acerqué. “Coge de esta punta de la goma y tira, tira con todas tus fuerzas”. Y yo tiré mientras el sujetaba el otro extremo con la boca. Vi como la aguja se clavaba en la vena. Como los ojos se volvían blancos y comenzaba la ascensión. Entonces corrí, corrí hacia la salida y no paré hasta llegar a mi casa. Tenía diez años.

Marc Moreno, con “Tiempo de Ratas” editado por Milenio, nos mete de cabeza en el barrio. Ese potaje espeso de desesperanza, droga, violencia y falta de oportunidades. Uno de esos que antes llamábamos de clase obrera hasta que nos convencieron de que todos somos clase media. Aunque nos desahucien o no lleguemos a fin de mes. En este caso el barrio es el de la Verneda, en Barcelona. El vecino traficante de Eloy tiene que largarse, así que decide dejarle al chaval una mochila con ocho kilos de cocaína para que se los guarde. Eloy, muerto de miedo, no puede negarse. Los problemas comienzan cuando Eloy decide coger un poco de coca para darse una fiesta con los colegas. Para sentirse rey por unas horas, por ligarse a la tía más buena del barrio. Pero que un pringao como él vaya por ahí con mercancía hace saltar las alarmas invisibles de la Verneda. Los Lodowinsky, los gitanos que trafican van tras él, los mossos corruptos van tras él, su vecino camello va tras él. Y Eloy empieza a convencerse de que su veinte cumpleaños no se va a celebrar.

Una novela dura, sin concesiones a la galería, llena de aristas. Realismo sucio color asfalto. Con personajes bien perfilados. Lenguaje directo y buenos diálogos. Una trama que en ocasiones abusa de los giros argumentales. Soberbia en la descripción del ambiente opresivo y castrante. Porque Marc Moreno sabe cómo funcionan las cosas en el barrio. Esas zonas por donde pasan pocos trenes y si no coges uno quizás te quedes toda tu vida en la barra del bar de la estación. Donde la gente con pocas oportunidades no puede cometer errores porque los errores se pagan muy caros.