La izquierda ausente y la cuestión nacional en el marco de la globalización

El objetivo del presente artículo no responde tanto al debate de si la independencia es posible o no, sino a cómo el debate de la independencia evidencia la preocupante –y ya evidente- debilidad de la izquierda y del campo popular, mientras ofrece un marco de recomposición a las élites catalanas.

La independencia en Cataluña, o al menos su posibilidad, era saludada por importantes sectores de la izquierda transformadora de todo el estado, al ver en el proceso independentista un “acelarador” de la descomposición de régimen del 78.

Deslumbrada por las movilizaciones que se sucedían en todo el país en aquel momento y, sobre todo, por las encuestas, la izquierda centraba la importancia de los procesos sociales de la España en crisis en el “cómo”, es decir en la “forma” en que un proceso social servía para profundizar la crisis de régimen o no, pero nunca se interesó mucho por el “quién” ejercía la hegemonía en esos procesos, que sujetos sociales lideraban dichas dinámicas. Algo que se ha demostrado un error garrafal y que el 27D nos mostró con toda su crudeza.

Y es que la desubicación, confusión e impotencia que las diversas izquierdas tenemos es consecuencia de la ausencia de proyecto ante el mundo de la reestructuración y gran transformación del capitalismo contemporáneo.

La crisis de mediados de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado en España desembocan en la plena internacionalización de nuestra economía con la entrada en la UE. En este marco para los partidos españoles, la cuestión nacional quedaba diluida en un proceso supranacional exitoso como era la UE, mientras que para los nacionalistas hegemónicos en Cataluña, el viejo Estado nación español quedaba obsoleto y la consecución de la independencia vendría de la mano de la conocida como “Europa de los pueblos”.

A pesar de las diferencias, ambas posiciones políticas coincidían es la máxima de “más integración menos estado”, elemento básico para entender el pacto entre el bipartidismo y el nacionalismo conservador catalán: la UE como fórmula para un estado mínimo neoliberal en España y en Cataluña.

La reconfiguración de la división internacional del trabajo marca el paso de España hacia la periferia total dentro de la nueva Europa pos-crisis. Esta realidad obliga a replantearse muchos postulados tradicionales dentro de nuestro pensamiento político.

En este nuevo escenario internacional ¿qué significa independizarse? En mi opinión ser un estado más dentro de la Europa alemana actual, sometido a un fuerte proceso de desfiscalización y dumping medioambiental y laboral acentuado.

Tengo serias dudas que un Estado catalán independiente sería la forma de estado idóneo para superar el déficit social y democrático que Europa depara a los países del sur. Si entendemos a la Europa del euro como la herramienta de homogenización de políticas de ajuste estructural, tenemos que tener en cuenta también que esas políticas responden al interés de nuestro bloque de poder, algo que comparte CiU para Cataluña.

Ante esta situación nos encontramos con dos realidades. En primer lugar, existe un activismo por la independencia que cuenta con la iniciativa política. En segundo lugar, existe un sector importante de la población no tan activa y tan movilizada, que intenta ser captada por el sector independentista en torno al debate de la “utilidad”. Básicamente el esquema sería “con una Cataluña independiente viviríamos mejor”.

Este rango de la utilidad es el hegemónico en el independentismo actual. Aquí se encuentra, en mi opinión, uno de los problemas que tenemos la izquierda y que le da, de momento, la hegemonía del proceso a la derecha nacionalista catalana. En el debate de la independencia no vale defender la independencia “a palo seco” –o el “federalismo a palo seco”-, sino que se debe exigir que se exponga qué tipo de estado se quiere y qué modelo económico se defiende.

Y aquí entramos de nuevo en el debate de la “utilidad”. Si se carece de un proyecto para definir el concepto que denomino utilidad, sólo nos quedaría el “factor sentimental”, muy presente en el marco de la izquierda como justificador de su apoyo al proceso independentista, cediendo la materialidad del debate a la derecha nacionalista, que precisamente no vive de sentimientos. Sin embargo la derecha nacionalista catalana asimila la utilidad al concepto de “renta”, lo que le ha permitido encontrar un discurso generador de hegemonía que transciende al propio marco partidario de CiU. El debate de la renta se ha convertido en un argumento transversal e interclasista que le permite a la derecha nacional catalana una capacidad de iniciativa política insospechada hace cuatro años, en plena lucha de masas contra los recortes y las reformas laborales en Cataluña.

El esquema sería: “si la riqueza generada en Cataluña se quedase en Cataluña estaríamos mejor” y culpar a “España” del fracaso de nuestra inserción en la globalización, de la misma forma que el primer nacionalismo catalán lo hacía con el fracaso del 98 o de la industrialización.

Si a esto sumamos que el marco referencial de integración en la globalización no son ya los Estados nación sino las regiones, vemos como la dinámica fragmentadora de la globalización encuentra en el debate de la renta y los recursos fiscales de la zonas ricas la horma de su zapato. El debate territorial italiano, junto al belga, sirve de base para entender este proceso.

Esta dimensión de la utilidad relacionada con la renta y los recursos en clave territorial, explican porque el debate acerca del “derecho a decidir” opera de momento como un elemento que logra la unidad dentro de las capas medias y profesionales urbanas, que contrasta con la división existente dentro de la clase obrera y demás sectores asalariados.

Dedicado a Salvador López Arnal, al que considero uno de mis maestros.