Hacia un nuevo 82

El economista francés Serge-Christophe Kolm describió en sus obras de los 80´s el comportamiento de ciertos sectores sociales que en el momento de crisis abrazaron la defensa de un proyecto socialista, para poco después en un marco de consolidación del sistema posterior al 68 francés, encabezasen la inserción y la defensa por parte de esa misma izquierda del sistema que antes pretendían transformar. Esa culminación de la crisis en forma de lo que Gramsci llamaba revolución pasiva tiene en España una fecha: 1982.

El planteamiento actual de la izquierda emergente parte de la progresiva renuncia a modificar los elementos centrales del régimen y apuntan solo a la caída del Gobierno como resultado del deterioro de la situación política y social del país. Estas ideas no parten, en lo fundamental, del análisis de la sociedad española, lo que explica la confusión que se genera entre la crisis de la forma política del régimen (el bipartidismo) con el hecho de que sigan perviviendo las hegemonías sociales en las que se sustenta el bloque de poder en España, sea en su centro o en su periferia.

La imposibilidad de adelantarse a la realidad, ha obligado de manera acelerada a tenerse que adaptar empíricamente a ella. El recorrido por tanto es claro, partir de un dogmatismo ideológico que al no poder cambiar la realidad política, lleva a un empirismo que acaba en el electoralismo, como eslabones de una cadena teórica práctica que no es nueva en la izquierda.

Siguiendo esa línea, la política de la nueva izquierda española tiende a negar la posibilidad de toda alternativa a la realidad actual, lo cual lleva a reducir su lucha a planteamientos de carácter economicista y corporativista, a un “pedir algo más” que los otros, proyectando una idea del conflicto social como mera contingencia que está en función de la política y su resultado inmediato.

El incumplimiento de la perspectiva de la idea del “derrumbe” del régimen que se desprendía del ciclo de movilizaciones sociales que va del 15-M a la primera manifestación de las Marchas por la Dignidad, puede ser el punto de partida de una involución hacia una mera inserción en el sistema de partidos pos 20-D, algo que si no va acompañada por una reafirmación de voluntad transformadora, puede llevar a la izquierda a conformarse con reeditar una especie de utopía socialdemócrata en un mundo en el que ya no es posible.

El análisis de la izquierda emergente no parte de la dialéctica del conflicto social como motor del cambio político sino que la reemplaza por la idea del consenso, como estrategia de lo que Manuel Sacristán definía como “la insulsa utopía de creer que la clase dominante está dispuesta a abdicar graciosamente y una clase ascendente capaz de cambiar las relaciones sociales de dominio sin tener que hacer uso de la movilización, el conflicto o la coerción”.

De esta forma sectores importantes provenientes de la izquierda transformadora no plantean en esencia una estrategia de despliegue social, sino que confirma el último repliegue alcanzado por la izquierda en nuestro país.

Esta concepción de la izquierda se reduce a inspirar el descontento cotidiano de las clases populares en su vida diaria, incluyendo su forcejeo con el poder político, pero sin plantear siquiera las cuestiones de los fines de tal protesta o malestar, lo que hace que la izquierda transformadora abrace la consigna bernsteiniana de “El movimiento lo es todo; el objetivo final no es nada”.

El revisionismo al que Bernstein dio forma en otra situación de la sociedad europea (no sin analogías con ésta) presenta muchas cosas en común con la práctica de la izquierda emergente contemporánea. Para empezar, presenta unas raíces de clase bien parecidas a la de los viejos partidos socialdemócratas, en el sentido de sancionar en sus filas el progresivo paso de la hegemonía dentro del partido a equipos dominantes provenientes de las clases medias, con una progresiva y continuada infrarrepresentación de los sectores populares que componen el grueso de su voto y base social. Luego tienen en común, el predominio de una visión positivista de la política como una realidad sustancialmente inmutable. De lo anterior se explica el uso recurrente a un politicismo continuado y la vanidosa posición del intelectual pequeño burgués sin pasión por las ideas y que muestra un desprecio total a la ideología, mientras muestra un aprecio creciente a la concepción liberal tecnocrática del “resultado y la capacidad”.

Esa actitud de repliegue reformista se justifica con el argumento finalista de conseguir una intervención real en la vida política, sobre una teoría de etapas y gradualizaciones en una vía de reformas, que muy al contrario, lo que logran es un resultado negativo al tender este reformismo sin meta, producir en los activistas una pérdida de voluntad y perspectiva de cambio real y, sobre todo, la neutralización decepcionada de un sector popular que tenderá a quedar en disposición de sucumbir a demagogos alegatos de carácter reaccionario, como por desgracia marca el progresivo voto de sectores populares hacia la nueva derecha de Albert Rivera, y a la reedición de una más que posible, mayoría electoral de la derecha en medio de la peor crisis que ha conocido el capitalismo español en décadas.