El autónomo, la familia, el pequeño empresario y el debate a cuatro

El primer debate “a cuatro” con presencia del todavía presidente Mariano Rajoy, pasará sin duda a la historia de los debates, como una de las expresiones del tiempo nuevo que vive el país, fruto de la definitiva defunción del bipartidismo y la irrupción de una España más compleja y heterogénea que se reflejará en un parlamento fragmentado.

Sin embargo, la calle valoraba al día siguiente el debate como aburrido, previsible y acartonado. Para muchos se vio una lucha política con buenos modales en el Campo de las Naciones de Madrid, una especie de adelanto de la próxima “normalización” de la vida política en España.

La culpa se sitúa del lado de una especie de “razón empírica” que ha hecho del debate algo aburrido, consecuencia de un formato superado, unos presentadores rancios, la no interacción con la sociedad vía redes, el color del plató, el mal sonido o el atril, hechos todos basados en una especie de culpa de la forma que hace a la sociedad y al político víctimas de la dictadura del asesor y el marketing.

En mi opinión, el debate no fue malo por su forma, sino porque su contenido suena a viejo. Y ese contenido no es otro que el empeño por parte de los cuatro protagonistas de hacer hincapié en una narrativa propia de un tiempo ya superado tras una década de crisis.

Desde los tiempos de UCD y los primeros discursos televisivos “a la americana” de Suárez, a los debates entre Felipe y Aznar hasta llegar al de ayer, la política española se basaba, y parece que se sigue basando, en un relato que tiene en el autónomo, la familia y la pequeña empresa su eje.

De esta forma la sociedad es vista como una realidad marcada por unas familias en crisis a las que hay que transferir recursos para que sigan consumiendo, una visión romántica del mercado en torno a la figura del pequeño empresario honesto y abnegado al que hay que proteger y una épica del esfuerzo y del trabajo representada por el autónomo sin horarios. Profesorado, científicos, trabajadores manuales, desempleados, profesionales, cooperativistas o jubilados no existieron ayer para los cuatro grandes políticos españoles del momento.

La familia, el autónomo y la pyme como constructores nacionales de una España de consenso y de éxito, aparecen como el verdadero marco hegemónico dominante en la España de la crisis, constructor de un sentido común de tal magnitud, que hace que hasta la nueva izquierda entienda el éxito de su gestión en términos de haber logrado “superávit económico”, “atraer más inversión privada” o de racionalidad económica liberal al haber conseguido economías municipales “más competitivas y modernas”.

Los protagonistas de la segunda transición parecen apelar a muchos de los imaginarios de la primera, donde la superación de la crisis se entiende como la recuperación del consenso en torno a una sociedad normalizada formada por familias, autónomos y pequeños empresarios abnegados que viven, trabajan y consumen al margen de una globalización cuyos efectos podemos evitar.

De esta forma en la España de los noventa nuestro estado de medio-estar podía compensarse con la familia, el imposible pleno empleo encontraba solución con el mito del autoempleo y las pymes representaban la posibilidad de mantener una economía aún nacional.

Pero todo producto social se sitúa históricamente y sus condiciones de producción y de utilización forman parte del mismo, hecho que explica que la España pos crisis no podrá ser representada en torno a los mismos sujetos de un país que ya no será.

El reto al que debemos hacer frente es el de un país que se ha insertado sin modelo a una globalización que no necesita que una familia consuma, que impulsa una “revolución tecnológica” que reducirá el trabajo a su mínima expresión y donde las empresas transnacionales lo son todo.

Retos que fueron eludidos ayer en un debate, que más que el primero de una nueva  época, será recordado como la última expresión de la sociedad de las clases medias que llega a su fin.