Llevo siete años preguntádome cómo serán los billetes de 500 euros. Ni uno caído en mis manos desde que la peseta desapareció. Pero no sé de qué me extraño. Billetes de 500 manejan quienes los pueden manejar. Fernández Bermejo, para pagar esas cacerías que, además de dinero, cuestan un ministerio. El alcalde de Alcaucín, para que sus “ahorros de toda la vida” no abulten demasiado debajo del colchón. Los amigos de Camps, para comprarle trajes por docenas en Milano… Así es normal que no queden billetes de 500 para los demás.
Correa, el cerebro de la trama de corrupción de Madrid, está abatido, y no es para menos: las cárceles suelen ser lugares inhóspitos, sobre todo para alguien que viene de pegarse una vida de marajá. No debe ser fácil pasar de ilustre invitado en la magnífica boda de la hija de Aznar a inquilino de un presidio. Debe ser muy duro el tránsito del pelo brillante de gomina a la melena desgreñada, con ficha policial sobre el pecho. En esas circunstancias difíciles, hay quienes ceden y tiran de la manta. Esa posibilidad pone a muchos de los nervios.
Existe un viejo método, propio de la sociedad machista, para descubrir las hipocresías, faltas o delitos de los hombres: “Cherchez la famme” (“Busca la mujer”). Con el PP opera un principio menos anatómico y más mecánico: “Cherchez le voiture” (“Busca el automóvil”). Por este conducto nos hemos enterado de que Mr. Citroën Feijóo, el gallego, conduce un Audi en la intimidad y que el secretario electoral del PP, Jesús Sepúlveda, recibió un Jaguar del cerebro de la trama de corrupción, Francisco Correa. Coches de lujo, como corresponde.
Frente a la muerte, más vida. Es el principio que guía a Esperanza Aguirre. La comisión de investigación de la trama de espionaje en Madrid falleció ayer tras dolorosa agonía; pero la lideresa, en vez de guardar el luto que merece todo difunto, se fue por ahí de juerga, porque no es persona que se deje doblegar por la parca. Inauguró la guardería Rocío Jurado, bailó con el viudo de la cantante, el torero Ortega Cano, y de noche acudió a la presentación de un libro de historia de España de Jiménez Losantos y César Vidal. Pura vida, ella.
¿Recuerdan aquella campaña oficial para prevenir incendios forestales, en la que personajes famosos recitaban el estribillo “Todos contra el fuego”? Es lo que va a hacer hoy el PP en Madrid: juntarse contra el fuego de las investigaciones judiciales que ya empieza a abrasarlos. La exhibición de unidad anti flamígera tendrá lugar con ocasión de una conferencia que pronunciará el presidente valenciano, Francisco Camps, que acudirá al acto con quemaduras sumariales de tercer grado, pero, eso sí, elegante como siempre.
Jaime Felipe Martínez-Bordiú Franco, nieto del que sabemos, ha sido condenado a un año de prisión por haber maltratado y amenazado a su novia. Al carecer de antecedentes penales, no ingresará en la cárcel, pero deberá cumplir una orden de alejamiento durante tres años. Podrá satisfacer más o menos la sentencia, pero ha hablado la justicia. Y lo ha hecho en democracia. Cuando una lee la noticia, no puede menos que evocar al abuelito del condenado: cuánto maltrató, cuánto amenazó, cuánto mató, sin que nadie lo juzgase.
El Observatorio Andifamación Religiosa protesta porque un programa de televisión se ha referido en tono “despectivo y burlesco” a la hostia. El observatorio está en su derecho de manifestar cuanto le pete: para eso nos hemos dotado de este sistema imperfecto, pero insuperado, denominado democracia. Lo que quisiera saber, desde mi colosal ignorancia, es qué ha dicho el observatorio sobre los ataques continuados de la Iglesia a distintas leyes aprobadas por el Parlamento. ¿Acaso no constituyen un desprecio a millones de demócratas?
Así como las guerras producen daños colaterales, las crisis económicas provocan a veces beneficios colaterales. Uno de ellos lo refleja la Encuesta de movimientos turísticos de los españoles, divulgado ayer por el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo. El estudio revela que los viajes al extranjero han disminuido porcentualmente con respecto a los viajes al “pueblo”. Como se dice en el argot diplomático, ahora toca “menos Siria y más Soria”. Sin perder el afán cosmopolita, no viene mal, de tanto en cuanto, visitar la aldea.