El humor duele
Miguel Sánchez-Romero
L
a entrega final de esta colección de reseñas que durante agosto ha pretendido distraerles a costa de mi salud mental he querido reservarla a este libro, quizás el más dañino de cuantos he convocado a estas páginas. Digno vástago del programa televisivo del que hereda el título, adolece de sus mismo mal: un sectarismo sin límites que le lleva a hacer humor siempre en la misma dirección, como bien se le critica desde algunos medios, estos sí, comprometidos con la objetividad y el análisis imparcial de la realidad.
Si acaso, la única virtud de la obra sea la sinceridad que expresa esta frase de su contraportada: “La crítica ha coincidido en dos aspectos fundamentales: es mucho mejor el libro que el programa, aunque ninguno de los dos hacía falta”. Pero incluso en ese momento virtuoso es incapaz el autor –o los autores, pues lo firman los guionistas del engendro– de resistirse a la llamada de otro de los males que anida en sus páginas: la contumaz pretensión de hacer de todo un chiste, pues a continuación se añade: “Con toda seguridad, será el libro más visto en YouTube”.
Sabido es que los guionistas de humor son una curiosa especie que siente la imperiosa necesidad de revelar siempre su oficio. Como esos arquitectos que, a modo de DNI profesional, llevan siempre en la parte trasera de su BMW un inmaculado casco blanco. La diferencia es que los guionistas no pueden costearse un BMW –a veces ni siquiera un casco– y no necesitan licencia de obras, por lo cual pueden dedicarse a ejercer su profesión en cualquier sitio y a cualquier hora. Ha habido casos de guionistas de humor reunidos en bares de Malasaña que han tenido que ser sacados en camilla tras más de 14 horas de una imparable orgía de chistes –únicas orgías, por cierto, a las que los guionistas tienen acceso.
Podría haberlo ojeado, pero para qué. Estoy seguro de su contenido: chistes contra la derecha, incluso estando en la oposición, lo cual, como también es sabido, la exime de cualquier responsabilidad, como bien lo ha entendido esta mostrándose legítimamente irresponsable. Desconocen estos histriones catódicos que el mayor pecado del humor no es no hacer gracia, sino hacerla (en el caso de que se consiga) desde una línea editorial, un lujo que nunca pueden permitirse los bufones.


















