34. La libertad guiando al pueblo
Luis García Montero
No te confundas, Toñi, el éxito de mi investigación es testimonio de mi insignificancia”, asumió el detective. “Fue mi fama de inutilidad, más que mi inteligencia, la que se convirtió en una trampa para el anticuario. Me llamó porque no me consideraba un peligro y ha confesado algunos secretos porque piensa que no represento una amenaza. No soy más que un personaje de ficción, la pura inexistencia”, concluyó Azaña.
Con la cara más afligida e irremediable que nunca, le había contado a su novia casi todo. Se trataba de un ajuste de cuentas en un club de conspiradores. Para poner nervioso al traidor, dispuesto a romper el juramento de Carlos X, Felipe Salgado preparó una serie de entrevistas. “Yo era el cebo”, explicó. “Conocía mi afición a las tarjetas, me tendió una emboscada y decoró su despacho para que me valiera del cuadro de Delacroix. Así que he utilizado el nombre de la libertad en falso. He puesto su imagen en manos de las hienas. Mi amor, hay muchas emboscadas artísticas”.
El detective sólo se calló las amenazas veladas del anticuario, el aviso de que conocía la existencia de Toñi y de su bar. No quería asustarla. Aunque debió admitir la gravedad del asunto al hablar del engañoso suicidio de José Ángel Tesoro, el emperador mediático que confundió su sangre con las burbujas de un jacuzzi. El periodista había querido denunciar la trama, devolver el cuadro al Museo del Louvre. Tal vez se dejó dominar por su ambición o tal vez fue víctima de un olvidado sabor a sí mismo. Quizá había recordado la antigua dignidad de su oficio. Por eso lo quitaron de en medio. “La vida y la muerte son también una inversión para ellos”, resumió Azaña. Un cadáver, ya sea en Madrid o en el Cuerno de África, no deja de ser una cuenta de resultados.
Cuando estaba a punto de preguntar si merecía la pena acudir a la Policía, llegaron Manolete y Marta. No pudo comentar con Toñi sus escrúpulos sobre el deber y la imprudencia, porque tenían prisa. Habían quedado para asistir a la convocatoria del 15-M contra el encadenamiento monetario de la Constitución. Así que cerraron el bar y se encaminaron a la Puerta del Sol.
Cantaba la plaza. Las palabras eran un mar azul sometido a su propio oleaje. “Mueran las cadenas, mueran las cadenas; que no, que no nos representan; si no quieren dejarnos soñar, no los dejaremos dormir”. Azaña descubrió entre la multitud al hombre tornillo y a la mujer tuerca. Después se encontró con el pescadero filósofo, y con el experto de la comisión jurídica que le había ayudado en el desahucio de Marta, y con Elisa, la joven informática que le había enseñado a navegar. El oleaje se llenaba de pancartas que no estaban dispuestas a convertirse en los restos de ningún naufragio. Juventud sin futuro. Paro. Desahucios. Sueldos miserables. ¿Dónde está la política? El largo verano de 2011 no había acabado con la rebeldía.
Alguien le dio a Toñi una bandera. El detective la vio dudar, sentirse un poco avergonzada con el palo y el trapo en sus manos. Estaba incómoda, no se atrevía ni a dejarla en el suelo, ni a levantarla. Azaña le sonrió. ¿Qué iba a hacer mañana para cerrar el misterioso caso de la política desaparecida? ¿Cómo iba a actuar respecto al cuadro robado? No lo sabía, dudaba. Sólo presentía la ilusión. La libertad no estaba en un palacio, ni en una habitación cerrada, ni en la aventura individual del miedo o la avaricia. No le gustaban los emprendedores. La libertad estaba en aquella plaza tomada por los solitarios, por gente dispuesta a darse compañía, por corazones que deseaban fijar las fronteras de lo común, las normas de la convivencia. La libertad era un amor correspondido.
Toñi empuñó la bandera y extendió el brazo izquierdo. En la mano derecha no llevaba un fusil, sino su bolso de cuero rojo. Azaña imaginó los pechos bajo la camisa blanca. Merecía la pena seguirla. Así que miró a la cámara, se despidió de los lectores y caminó tras ella.









