La Constitución bebe brandy
Javier Gómez
Estoy en un bar. El camarero dice que parece inevitable. Yo pienso que se refiere a Mariano Rajoy, pero no. Es por septiembre: “¿Usted cree que conseguiremos que agosto se quede para siempre?”, pregunta. Sorbo. Le miro a los ojos. Tiemblan. “Tal vez”, respondo por no quitarle la ilusión, como quien no quiere decirle a un niño que los reyes son los bancos. Se desmorona. “Otra vez en Saigón…”, murmura afligido. Quiero ayudarle, pero en lugar de eso pregunto dónde está el baño.
Entro. Como soy un analista de la actualidad, me miro en el espejo. Detecto un silencio cargado, con tensión, un silencio que respira. Es obvio que no estoy solo. Hago ruido de pisadas y finjo que salgo. Entonces, quien quiera que sea, se cree libre. Oigo presión de laringe y me arrepiento de estar ahí. Demasiado tarde. El horror se desata tras la puerta: tambor, truenos, danzas tribales. Después, aparece vida. Y se asusta al verme.
Lleva un traje de finales de los setenta. Calvo, sonrojado, con bigote. Me sostiene la mirada de tal modo que me obliga a preguntar: “¿Tú quién eres?”. “La Constitución Española”, responde. “Pero eres un hombre”. “Con los padres que tengo, ¿qué esperabas, a Samantha Fox?”. “¿Y lo que has hecho ahí adentro?”, pregunto señalando el retrete. “Esa es la parte orgánica, del título II al X, y aún puedes consultarlos si quieres”. No es necesario. Salimos.
La Constitución Española bebe brandy Veterano y se perfuma con Patricks o Brummel, hasta puede que con una mezcla de ambas. Le pregunto si ha visto por la mañana algo del Congreso, que Llamazares ha dicho que, sin referéndum, la reforma le contraviene el espíritu. “Y no le falta razón a ese bendito”, dice la Constitución Española mientras se da palmadas en el vientre. “Saca un dominó, niño”, le exige al camarero.
A mitad de partida me cuenta que él, o ella, no cree que necesite reformas, que tampoco han cambiado tanto los tiempos. Y me pasa unas juanolas. El regaliz me hace estornudar y la Constitución Española me ofrece su pañuelo de tela. Lo rechazo mientras busco uno de papel. Ella insiste en que use el suyo, que está limpio. Entonces, no puedo más y lo suelto: “Quizá alguna actualización no te venga mal”.
La Constitución Española me mira a los ojos: “¿Sabes lo que me toca a mí de verdad el Título Preliminar?”, pregunta. Niego. “Que no me están reformando, me están utilizando. De ese problema derivan todos los demás: las formas, la prisa, la falta de debate y el no al referéndum. Lo necesario no era la reforma, sino que llegase el mensaje. Por el camino, yo he pasado de ser una ley a un altavoz. La degradación es inaudita”.
Después dice que eso es triste, pero que más triste es el mensaje que de verdad se está enviando. No es ni “somos austeros” ni “somos fiables”. El verdadero mensaje es que estamos dispuestos a todo por evitar la ira de los mercados, incluso a devaluar la Constitución y la soberanía. Después, se pide otro brandy. “¿Veterano?”, pregunta el camarero. Se lo piensa. “No, Soberano. En ocasiones hay que cambiar de marca. A ver si así yo también le mando un mensaje a los mercados”.








