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La Constitución bebe brandy

31 ago 2011
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Estoy en un bar. El camarero dice que parece inevitable. Yo pienso que se refiere a Mariano Rajoy, pero no. Es por septiembre: “¿Usted cree que conseguiremos que agosto se quede para siempre?”, pregunta. Sorbo. Le miro a los ojos. Tiemblan. “Tal vez”, respondo por no quitarle la ilusión, como quien no quiere decirle a un niño que los reyes son los bancos. Se desmorona. “Otra vez en Saigón…”, murmura afligido. Quiero ayudarle, pero en lugar de eso pregunto dónde está el baño.

Entro. Como soy un analista de la actualidad, me miro en el espejo. Detecto un silencio cargado, con tensión, un silencio que respira. Es obvio que no estoy solo. Hago ruido de pisadas y finjo que salgo. Entonces, quien quiera que sea, se cree libre. Oigo presión de laringe y me arrepiento de estar ahí. Demasiado tarde. El horror se desata tras la puerta: tambor, truenos, danzas tribales. Después, aparece vida. Y se asusta al verme.

Lleva un traje de finales de los setenta. Calvo, sonrojado, con bigote. Me sostiene la mirada de tal modo que me obliga a preguntar: “¿Tú quién eres?”. “La Constitución Española”, responde. “Pero eres un hombre”. “Con los padres que tengo, ¿qué esperabas, a Samantha Fox?”. “¿Y lo que has hecho ahí adentro?”, pregunto señalando el retrete. “Esa es la parte orgánica, del título II al X, y aún puedes consultarlos si quieres”. No es necesario. Salimos.

La Constitución Española bebe brandy Veterano y se perfuma con Patricks o Brummel, hasta puede que con una mezcla de ambas. Le pregunto si ha visto por la mañana algo del Congreso, que Llamazares ha dicho que, sin referéndum, la reforma le contraviene el espíritu. “Y no le falta razón a ese bendito”, dice la Constitución Española mientras se da palmadas en el vientre. “Saca un dominó, niño”, le exige al camarero.

A mitad de partida me cuenta que él, o ella, no cree que necesite reformas, que tampoco han cambiado tanto los tiempos. Y me pasa unas juanolas. El regaliz me hace estornudar y la Constitución Española me ofrece su pañuelo de tela. Lo rechazo mientras busco uno de papel. Ella insiste en que use el suyo, que está limpio. Entonces, no puedo más y lo suelto: “Quizá alguna actualización no te venga mal”.

La Constitución Española me mira a los ojos: “¿Sabes lo que me toca a mí de verdad el Título Preliminar?”, pregunta. Niego. “Que no me están reformando, me están utilizando. De ese problema derivan todos los demás: las formas, la prisa, la falta de debate y el no al referéndum. Lo necesario no era la reforma, sino que llegase el mensaje. Por el camino, yo he pasado de ser una ley a un altavoz. La degradación es inaudita”.

Después dice que eso es triste, pero que más triste es el mensaje que de verdad se está enviando. No es ni “somos austeros” ni “somos fiables”. El verdadero mensaje es que estamos dispuestos a todo por evitar la ira de los mercados, incluso a devaluar la Constitución y la soberanía. Después, se pide otro brandy. “¿Veterano?”, pregunta el camarero. Se lo piensa. “No, Soberano. En ocasiones hay que cambiar de marca. A ver si así yo también le mando un mensaje a los mercados”.

Al rico impuesto helado

30 ago 2011
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Cómo le vas a subir los impuestos a los ricos si ya han aprendido a pasar por debajo de ellos?”, me pregunta mi vecino el millonario, al que llamamos así por el triste motivo de que los demás no lo somos. Yo intento adivinar qué es eso de pasar por debajo de los impuestos, pero un fogonazo procedente de su reloj me impacta cuando estoy a punto de alcanzar el concepto. Él me lo explica: “Imagínate una playa, una de esas a las que irás tú, llenas de gente y de orina. Bien, vosotros estáis ahí, flotando en el mar. Disfrutando de eso que llamáis bienestar en un ejercicio de positivismo. Entonces viene la ola, que es Hacienda, y o bien flotáis o bien os lleváis un meneo. Nosotros, la pasamos por debajo, ni nos enteramos”. Y me asegura que después del lance salen peinados, al menos salen de la manera que los ricos macho llaman estar peinado.

Me cuenta que ellos tienen mucho dinero, sí, pero que tienen mucha más imaginación. Por eso les salen ocurrencias como las sicav. “¿Yo hago las mismas cosas que tú?”, pregunta. Y yo respondo que no. “¿Pues cómo va a estar mi dinero en el mismo sitio que el tuyo? A ti te quitan un 18 y como si te quitan un 22: una miseria. Pero ponte en mi lugar, tendría que estar dejándole a Hacienda lo que vale tu piso todos los años. Un 10 mío es muchísimo más que tu 20. No te quiero contar si fuese un 40”. “No hay derecho”, contesto afectado. Y se va, como es de esperar, sin dejar rastro.

Ahora comprendo por qué los pobres ricos llevan siempre un jersey sobre los hombros, porque lo que para nosotros son cuarenta grados, para ellos rara vez pasa de diez. Debido al contagio por proximidad, me apetece despilfarrar y me voy a tirar piedras a un estanque. El entorno es de novela romántica: lago, árboles, hierba y patos, sólo falta una mujer esquiva para completar el cuadro decimonónico, una de esas mujeres que no atienden a ruegos ni a preguntas, una mujer por la que sufrir a lo Pushkin y lo Flaubert. Evoco a la más esquiva: María Dolores de Cospedal. Primero le señala las vergüenzas al PSOE con sus bajadas de impuestos a las rentas altas. Después, me explica sólo para mí, con una botella de vino y un mantel que imagino de cuadros sobre la hierba, por qué prometer una subida de impuestos a las rentas altas es demagogia: “Los ricos son como el toro Ratón del dinero. Se las saben todas. Si les subes el IRPF, te van a embestir por otro lado. Hay que dejarles libertad; si no, generas paro”. Y repetimos juntos el mantra mientras retozamos por la hierba: “Subir impuestos genera paro. Subir impuestos genera paro”.

Salgo de la ensoñación. Ni María Dolores está, ni le ha explicado nada a este periódico. Así que pienso en el amable González Pons, admitiendo que en su programa no habrá subidas de impuestos para las rentas altas. Después, anima a los ricos a que hagan como el francés: que “arrimen el hombro”. Es decir, que paguen más por caridad; siente a un Estado del bienestar en su mesa. Plácido. Puede parecer descabellado, pero, con la cantidad de caminos que conoce esta gente para poner a salvo su dinero, a lo mejor es la única forma de que dejen algo en el erario. Bueno, esa y querer pillarlos.

Palabras que se mueven

29 ago 2011
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Quinta. Si tuvieras sexta marcha, la habrías puesto hace tiempo, pero la sexta marcha vive en barrios que no tienen bares con nombre de persona. Vas en quinta. En el retrovisor, los niños están dormidos. Parecen inofensivos. Lo comprendes: no son dos niños, son una metáfora sobre la fragilidad de la paz. Entonces, cuarta. Tercera. Freno. Freno. Luces de emergencia. Niño que despierta. Copiloto que advierte: “Están frenando”. Conductor que responde: “Yo también”. Y el niño, uno cualquiera de entre todos los millones de niños del mundo que están a pocos días de estrenar un chándal, pregunta como si tuviera un compromiso con su especie: “¿Hemos llegado ya?”. No lo quiere saber, pero se siente obligado a hacer esa pregunta, es como si esas palabras se hubieran colado en su boca.

Las palabras que se cuelan. Al lugar en el que estás lo llaman operación llegada, aunque es evidente que no es un operativo, sino una consecuencia del caos. Piensas que sería mucho más correcto llamarlo llegada manriqueña, la llegada que iguala al Opel Kadett del 94 con el Porsche Challenge, que nuestras vacaciones son los ríos que van a dar un atasco. Entonces, a tu izquierda, en medio de la nada, aquí porque sí, ves una urbanización gigantesca donde viven tres personas, 12 perros abandonados, uno burgués y varios millones de carteles de “Se vende”. Piensas que ese “Se vende” tampoco debería decirse así. Un “Se implora”, “Se suplica”, “Se intenta”, “Se reza”, “Se pretende” y hasta un “A ver si cuela” serían mucho más acertados. Tampoco el cartel de “Precaución, tráfico lento” te parece demasiado informativo cuando tu vida transcurre a ocho kilómetros por hora.

Como eres una persona optimista, le buscas el lado positivo a la palabra atasco, que deduces que etimológicamente procede de la expresión “atar el asco”, teoría que te confirman los anuncios de yogures con su acepción intestinal de la palabra atasco. Y le ves el lado bueno: en los atascos los baches se notan menos, las zanjas se pueden estudiar con detenimiento y da tiempo a deducir que hay otra palabra a punto de desfallecer: obras, porque hace muchos, muchos meses que en esas obras no hay obreros. Después piensas que, si sigue así la inversión en infraestructuras, la palabra autopistas también se quedará obsoleta, que habrá que empezar a llamarlas autopsias; cosas llenas de cortes, con cicatrices mal cosidas y demasiadas heridas que la lógica indica que no se van a curar nunca.

De palabra en palabra, llegas al barrio. Piensas que aparcarás bien, porque es agosto. Pero de eso nada, porque a partir de hoy agosto debería llamarse septiembre y tus vecinos ya han vuelto. Ibas a cabrearte, pero no lo haces. Es el primer año que no maldices ni golpeas el volante. Te dices que es por el juego tonto de las palabras, pero después comprendes que no, que en los últimos 12 meses te has acostumbrado tanto a que todo vaya mal, que nunca pensaste que tu viaje de regreso pudiera salir bien. Después te acuestas. Te acuestas con tu mujer y con una esperanza remota: que el lunes no llegue, que en su lugar se cuele otra palabra, una palabra como julio o sábado. Y con esa esperanza, te duermes. Despertador. Lunes. Hay palabras que no se mueven nunca.

Las cosas brillantes

28 ago 2011
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Mi primer recuerdo de un amor de verano es una mujer en un columpio. Ella era mucho más madura que yo, tendría 6 años. Como apunté alto, renuncié pronto. La tuve que dejar escapar con uno que rodaba en bicicleta mientras yo comenzaba a ver ridículo mi triciclo. Se fue, pero me dejó un recuerdo: sus ojos. Brillaban. Aquel septiembre empecé a ir al colegio. Cuando cerraron la puerta, un niño lloró y todos le seguimos en cadena con lágrimas de mentira. Cuando levanté la vista, encontré un motivo por el que luchar: Laura Cano, rubia, preciosa. También le brillaba la mirada y puede que, a causa de los mocos, un poco la nariz. Años después, en la piscina de un apartamento de esos de primera línea, una mujer con un cuerpo por el que dar la patria, la vida y la herencia volvió a mirarme con brillo en las retinas. Era por el cloro. Nadaba sin gafas. De cualquier modo, su mirada se clavó en el mismo lugar que las anteriores: el cajón de las cosas brillantes. Amo como las urracas. Después de eso vinieron otros muchos brillos, de playa, de humo, de fuegos artificiales y muchísimo sexo salvaje que también brillaba, por su ausencia. Pero me faltaba un brillo: el de la Policía. Lo ha dicho su director general, Francisco Javier Velázquez: en la JMJ, la labor de la Policía Nacional fue “brillante y ejemplar”. Y yo me pregunto: ¿Y por qué, a diferencia de todos los demás, este brillo no me fascina?
Leo la razones de Velázquez. Habla de un despliegue policial muy numeroso y complejo. Un reto que la Policía superó y que, como él dice, supuso un gran sacrificio y mucha dedicación. Todo eso es apreciable, pero a mí sigue sin parecerme brillante. Los golpes, la violencia selectiva y mucha rabia contenida soltada a borbotones por el catalizador siempre basto de las porras dejan la actuación de la Policía, como poco, mate.
El ministro dice que es injusto juzgar a toda la Policía por la “extralimitación de algunos”. Ayudaría mucho a no juzgar a toda la institución, que la Policía fuese implacable con sus violentos, que no se limitase a abrir una semana después de los hechos un expediente a tres de sus miembros porque su agresión ha salido en la tele.
La Policía tiene que señalarse a sí misma. Les disculpa el ministro diciendo que han trabajado bajo mucha presión durante los últimos meses. Y es verdad. Y también les han bajado el sueldo. Y les insultan, les insultan mucho en las manifestaciones. También les provocan y les amenazan de muerte en internet. Todo eso es intolerable, pero languidece cuando las agresiones no necesarias de los antidisturbios no generan un asco sincero, inmediato y público en todos sus compañeros, mandos y responsables políticos. Si esto hubiese sido así, después del gran trabajo que hicieron durante la JMJ, como lo hacen tantas veces, podríamos afirmar que estamos ante una actuación de la Policía brillante. Pero quedan ultras que siempre se calientan hacia el mismo lado. Su odio parece ideológico y muy sincero. Sinceros tendrían que parecer el rechazo, la disculpa y el arrepentimiento. Entonces, sí. Entonces, el brillo. Entonces, ellos solos entrarán en el cajón de las cosas brillantes.

Flexibles pero quebradizos

27 ago 2011
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Suenan las alarmas de una empresa. Sus sensores han detectado que un empleado planeaba solicitar una jornada laboral continua, de las de ocho horas sin parar dos para comer. Lógicamente, han comenzado los pitidos.
El guardia de seguridad lo tiene retenido y un señor con gafas de un color, camisa opaca y mocasines de antelina intenta convencerlo de que lo hacen por él; que con menos horas libres, el sueldo rinde más porque se dispone de menos tiempo para incurrir en gastos. “En Suecia es lo último en convenios, lo pide todo el mundo”. “¡Estoy aquí metido todo el día!”, grita el hombre, “¿cómo queréis que venga a trabajar contento?”.
Contento. Contento. El señor de los mocasines de antelina dice con una mirada que se pasa la felicidad por la hoja de cálculo y que ni si le empañan las casillas, pero con la boca dice otra cosa. Esta cosa: “Date un tiempo. En cuanto se te olvide que en vacaciones te has sentido libre, esto no te resultará tan traumático”. El asalariado se rebela: “No quiero olvidar las vacaciones. Ahora sé que atardece todos los días, que hay cambios de temperatura y de luz, que existe el viento, que, aunque los seres vivos vayan en metro, la vida está en la superficie”.
El peón con alma de empresario y despacho compartido comprende que tendrá que tirar de sentimientos para seducir al trabajador en fuga: “¿No te gustaría algún día remoto llegar a donde he llegado yo: comprarte tu propia camiseta con el dibujo de un jugador de polo?”. “No”. “Piensa en el dinero. En tus cuentas”. “¡Mi alma no cabe en un Excel!”, grita el héroe. Se zafa. Se lanza a la calle. Cuando la esfera de aire acondicionado lo suelta, es como si rompiera las cadenas. Recibe una bofetada de 40 grados y a toda su vida, por delante.
Corre ágil, como sólo corren quienes han sido agraciados por la flexibilidad en sus convenios. Así que le pregunto si le han afectado las reformas, si han terminado con su paciencia las últimas medidas del Gobierno. No. Me cuenta que su empresa nunca ha necesitado medidas para encontrar fórmulas, que dedican toda la inversión en I+D a buscar caminos para exprimir más al empleado por el mismo precio. “Nosotros no tenemos antigüedad, tenemos cicatrices”.
Le pregunto si no le preocupa conseguir un trabajo, que la crisis promete. Responde que no le extraña que estemos en crisis, que después de años desmotivando a los trabajadores la consecuencia es lógica. “Nos tratan como si fuésemos el vagón de carga, no se dan cuenta de que somos la locomotora. No se trata de la legislación, se trata de las costumbres; aquí se buscan trabajadores chicle para estirarlos hasta que rompan. Si no se esforzasen tanto en que nos diesen ganas de prenderle fuego a la empresa, a lo mejor comenzaríamos a ser más productivos”. También dice que una cosa es flexibilizar el mercado y otra pensar que el trabajador no es quebradizo. Que se colma el vaso. Lo siguiente que dice conjuga el sexo anal en imperativo, por eso no lo reproduzco.

Androides contra manzanas

26 ago 2011
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Puede que en Madrid haga mucho calor, puede que Madrid sea muy ruidosa, poco educada e incontinente para la orina, que las copas cuesten mucho más de lo que valen, que el metro cuadrado tenga un precio cúbico y que el pan sea malo, pero también hay que reconocer, en honor a la justicia, que en Madrid se duerme mal.

Así que me despierto. Oigo un murmullo que parece un rezo multitudinario, como si mi edificio se hubiera convertido en el epicentro de la Meca. Me asomo a la ventana sudando. Abajo, ellos: pantalón pitillo, camisa de cuadros, todo moderno, todo entallado, peinado revuelto, gafas grandes; el clásico lector de este periódico, vaya. Al otro lado de la plaza, una formación de cosmopolitas totalmente opuesta: pantalón holgado, camiseta con motivos ochenteros y gafas brillantes; el clásico lector de este periódico, vaya. Alguien me grita: “No nos mires, únete”, y yo, que la última vez que había oído esa frase estaba en Villa Certosa, no me lo pienso y bajo.

En la calle, me urgen a que me coloque en uno de los dos bandos. “¿Bandos de qué?”, pregunto. “Ellos son de Apple, nosotros de Android. Nos odiamos a muerte y somos muy distintos”, dice uno que lleva una camiseta en la que aparece Naranjito. “Mira, el nuestro fluye más”, responden los de Apple enseñándome un teléfono coqueto que cuesta una fortuna. Sí, estoy entre dos bandas juveniles, mareros del consumismo, ultras que darían su vida y quizá su colección de vinilos por defender un sistema operativo para teléfonos.

“Apple no es un sistema operativo. Apple es… tienes que probarlo”, me aclara una chica que porta una pancarta en la que ha dibujado a Steve Jobs convirtiendo en táctil el mar Rojo. “¿Esta confrontación la ha provocado la marcha de Steve Jobs?”, pregunto temiendo que sí. “¡No se va!”, gritan los de la manzana, “Sigue de presidente”. “Es vuestro fin”, aprovechan los de Android. Alguien me informa: el enfrentamiento comenzó en internet cuando se supo que Steve Jobs lo deja. Después, “la cosa se fue calentando hasta el infinito, como un PC”. Entonces comienzan a pelearse, a su manera: intentan colapsar la cobertura 3G para que el bando contrario no pueda bajarse aplicaciones.

“¿Os dais cuenta de lo que estáis haciendo? Os habéis convertido en fanáticos, hasta hace cuatro días gritabais no me representan y ahora lleváis una bandera”. Comienza un murmullo. Sospechan que soy de Microsoft. “En
algo hay que creer”, me dice una chica de Apple. “Necesitamos sentirnos parte”, completa un joven de Android. “Pero para eso están el PP y el PSOE, el Barça y el Madrid, católicos y laicos”. “¡Nosotros no tenemos etiquetas!”, responden al unísono. Después, se dejan la garganta por Apple o por Android. Se gritan tanto que los doy por perdidos. Los disculpo, sentirse excluidos de un sistema político los ha hecho adorar a un sistema operativo. Ellos dicen que necesitan creer en algo, pero viendo cómo andan de enfrentados en internet y en esta plaza, yo creo que este clasismo de marca cubre una necesidad aún más primaria: la de odiar algo. A lo mejor, pese a las tecnologías, este país no ha cambiado tanto.

He invertido la realidad

25 ago 2011
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Ya han leído el titular, así que es posible que en esta columna no opine y acabe informando de algo. Sepan disculparme. Todo comienza en el Café Populart, en Madrid. Steve Zee debajo de un sombrero enorme está destilando un blues de guitarra con una camisa feísima. Yo estoy sentado, de frente, a unos diez metros de los músicos. Campo abierto. En pocos minutos, lo que tardan dos canciones, tres, el local se llena. La gente entra en silencio, vacíos, zombis. Sin parar. Llegan tantos espectadores que dejo de ver a los músicos para ver sólo espaldas. Se produce el primer instante perturbador: sigo oyendo lo mismo que antes, un blues de los de pedir otra ronda con un gesto, pero ahora sólo veo culos. Desde luego, a mi cerebro le cuesta mucho interpretar que los culos y el sonido agradable puedan ser estímulos simultáneos. Es ahí cuando se produce el primer quiebro.

Busco una escapatoria visual. En los cuadros de la pared, cuadros con negros de Memphis, Tennessee, con negros de Nueva Orleans y cuadros con otros negros que también tocan la trompeta, veo reflejados a los músicos. Mi cerebro se conforta al oír y ver lo mismo. Trago. Trago. A la cuarta o quinta canción reflejada comienzo a darme cuenta de que algo en la escala de este blues ha cambiado, de que las notas están, pero no en el sitio que debieran. Minutos después, la verdad me cae en tromba: estoy escuchando el concierto como lo estoy viendo: invertido.

Mi mujer dice algo que no entiendo y corro al baño. Me seco y después me lavo la cara. Oigo que el agua del retrete sube a la cisterna y después entra un español al habitáculo. No sé cómo sé que su chorrito también sube. Salgo a la calle. Hago lo que hacemos los no fumadores a las puertas de los bares: mirar el teléfono. Deseo que Google me depare algo divertido, una animación de Bob Esponja escurriendo el bulto o algo similar, pero en esta cadena de inversiones llego a las noticias. Se constata: todo, absolutamente todo, se me ha convertido en reflejo. La realidad se ha invertido.

Veo a los revolucionarios libios pateando la cabeza de Gadafi mientras él proclama que su salida de palacio es un movimiento táctico. Después, que la Policía pega a los periodistas y a los jóvenes en Madrid hasta abrirles la cabeza. También, que la vicepresidenta económica llama “nuestros inversores” a los especuladores y, lo que es aún más increíble, que se va a reformar la Constitución sin consulta popular. ¿Para que todos lo votos valgan lo mismo? No, para hacer impermeable el techo de gasto.

Necesito sentarme. Entro al local. Tocan otra vez la primera canción. Le confieso a mi mujer que esa ya la he escuchado. Responde que ella también, que está comenzando el segundo pase. La dejo que viva con esa ilusión, a ella y a todos los demás. Soy incapaz de subir al escenario y decirles que les he invertido la realidad mirando por un espejo. Soy incapaz de salir a la calle y comprobar si he alterado el orden de las cosas sólo en este local o si he invertido a España entera. Quién sabe si al mundo, también he leído que la comunidad internacional es incapaz de detener una hambruna en el Cuerno África.

Coger olas

24 ago 2011
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Estoy ligero, ágil. Me levanto de la toalla en lo que preveo un movimiento felino. Resulta ser sólo humano, pero da igual, ya estoy crecido, agarro el Paipo y me encamino, como un rubio de esos que son morenos y el niño del anuncio de Colacao, a coger olas.

Me detiene el socorrista. “Aletas”, seco. “¿Perdón?”, pregunto mientras mi aire surfero se convierte en vulnerabilidad de biblioteca. “Si no tienes aletas, no pasas. Hay bandera amarilla, es la normativa. Sin aletas, entras en una corriente y no sales”. “Pero yo no voy a entrar en las corrientes”, respondo. Sonríe. Mira a su compañero. Deben de pensar que soy de Valladolid o algo peor. “No es que tú vayas hacia la corriente, es que la corriente te arrastrará a ti”. “¿Como la derecha al PSOE?”. “Exacto: como los liberales a la socialdemocracia, como la ley del mercado a la Ley, como los informes de agencia a la Carta Magna, como la novela de caballerías al cantar de gesta, como…”. “Es suficiente”, le interrumpo, “creo que lo he entendido”. “Yo creo que no, aquí nadie entiende nada. Yo llevo años mirando este mar y todavía no lo comprendo. Veo los movimientos, sé a qué se deben, pero no entiendo por qué suceden. Es como si siempre nos mereciésemos otra cosa”.

Me coloco entre ellos, no todos los días se encuentra uno a un socorrista romántico. Me coge por los hombros y señala las olas: “Fíjate en el mar. Ocurre lo mismo que en el Congreso, para entrar te piden aletas, pero si quieres llegar a algún lado más vale que tengas un barco grande. Y de esos sólo hay dos. Pero si vas en uno, no esperes decidir el rumbo, es como si no tuvieran motor. Los arrastran las corrientes. Bueno, la corriente”. “Tampoco esperes entrar sólo con dos aletas, si no eres un barco grande o un crucero nacionalista, te van a hacer falta cientos de miles de aletas para darte un baño”, dice su compañero, que deduzco que es el pragmático de la pareja.
“A ver, que yo me centre”, interrumpo, “¿estáis hablando del mar, de introducir el techo de gasto en la Constitución a las bravas o de la Ley Electoral?”. “Es lo mismo, querido”, dice el socorrista romántico, “el problema es el planteamiento: tú dices coger olas como ellos dicen coger votos, como si fueses a quedártelas. No se trata de cogerlas, sino de deslizarse sobre ellas. Hay que entenderlas. Los que decís coger olas, en realidad os planteáis sólo sobrevivirlas, y ese es el camino más rápido para hundirse, ¿entiendes?”.

Pillo la metáfora, así que me incorporo a ella para marcar un poco de paquete poético: “Y vosotros sois como la UE, que rescatáis al que se hunde”. “No, lo nuestro es un rescate, no un préstamo. Tampoco ponemos condiciones”, contesta. El otro murmura: “Peor que poner condiciones es aceptarlas a cambio de nada. Renunciar. Por eso hacen falta aletas, para salir de la corriente”. Después, el socorrista romántico suspira que en vez de reformar la Constitución, podríamos haberla sacado directamente a Bolsa, que tampoco pone en ningún sitio que haga falta referéndum para eso. Le pregunto al pragmático si piensa lo mismo: “A mí me convenció anoche”, responde. Y ya ni me siento liviano ni me apetece coger olas.

«No es que tú vayas hacia la corriente, es que la corriente te arrastrará a ti», me dice el socorrista. «¿Como la derecha
al PSOE?», le respondo

El helado y el orgullo

23 ago 2011
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Estamos viendo la bahía de Santander. Conviene no alterar el ecosistema local, así que uno se viste con el uniforme no perecedero de salir a dar un paseo por la tarde. Es decir, alto de pantalón,  correcto de camisa y profundo de peinado (A algunos puede parecerles una estética conservadora. No han estado en Madrid. No han visto a los kikos). El visitante, a los pocos minutos, decide involucrarse y se compra un helado, porque, aunque quizá no sepa distinguir entre una americana y un blazer, tiene buena voluntad y opta por la mímesis. Así que se compra el helado en Monerris, Regma o Capri, lo hará al azar porque él no es santanderino y todavía no milita en las heladerías, sólo las prueba. Bien, todo correcto, todo aceptable. Aquí, el agua, salada, limpia. Allí, la Peña Cabarga, y, antes, más cerca pero también más lejos, así que antes y después, el aire; ese aire entre húmedo y limpio que cuando cae el sol a los visitantes comienza a resultarles frío y es entonces cuando comprenden por qué toda esa gente bien planchada con la que se han cruzado llevaba consigo una rebequita, un jersey o un chaqueta de punto. Algunos de esos, los más ideologizados, portarían incluso una americana de lino rosa, pero esta es una incorporación de los últimos diez años. Interprétese como un exotismo.

Estamos ahí, sentados en un banco porque ha habido suerte. Entonces, sin dar aviso al Club Náutico ni a la Guardia Civil ni a la Escuela Cántabra de Vela, un visitante atraviesa el paseo y es como si lo rasgase. No son sus chanclas, no es el pantalón con bolsillos laterales, ni siquiera es su gorra inmensa y plana lo que quiebra una forma de entender el mundo. El visitante, convertido en intruso, cruza la bahía de Santander sin camiseta. Nosotros, tras el helado, lo vemos a cámara lenta, como si pudiéramos observar cómo le resbala cada gota de sudor, cómo atenta contra la honra de nuestras baldosas vírgenes. Puede que San Sebastián tenga dentro el mal de Bildu, que es como meter la nueva colección de Decathlon en una sastrería, pero nosotros tenemos esto: un turista con el torso desnudo en el centro de nuestra civilización. Y suda.

Alguien está a punto de lanzarse a cubrirlo, de hacerle un placaje como el que le hicieron a López de Uralde en Dinamarca, de borrarlo, de arrojarlo a la bahía. Pero se detiene. De hecho, todos, menos el turista, nos detenemos. A él lo engullen las tripas de un crucero. Nosotros regresamos al ritmo de la vida cuando desaparece. Nos miramos. Silencio de seminario después de una noche de sexo. Deduzco que vamos a tratar de olvidarlo y que nadie nunca hablará de ello. Podríamos haber intentado borrarlo, como hicieron con Uralde, al que metieron 20 días preso por ejecutar un asalto de conciencia en una cumbre sorda del clima. Veinte días que la sentencia ha dejado en 14. Pero, si hubiéramos saltado sobre él, nos habría ocurrido como a los daneses: hubiéramos sido nosotros los que habríamos rasgado nuestra forma de entender el mundo, no el turista sudoroso ni el activista cargado de razones. Y eso sí que no. Al menos ahora, aunque mancillados, podemos seguir comiéndonos el helado con orgullo.

El maleficio

22 ago 2011
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“Papá, qué es eso?”, pregunta mi hijo señalando el televisor. Veo su cara y creo que no necesito mirar la tele para saber lo que está viendo, se le ha puesto la misma expresión que se me puso a mí cuando vi la teta de Sabrina en la nochevieja del 87: Boca abierta. Hielo en la nuca. Vértigo ante la compresión súbita de todo cuanto vas a desear en la vida. Me preparo para una charla de hombre a hombre. Entonces, miro a la tele y no comprendo nada: aparece una multitud en una playa. Y una fiambrera y filetes empanados y una colección de toallas con persona que parecen adosados. “¿Papá, qué es eso?”, repite como si estuviera hueco. “Una playa turística”, respondo, “hay gente que va allí para pasar las vacaciones, madrugan mucho para coger el sitio”. “¿Les obligan?”, pregunta el niño. “Son costumbres”, respondo. Y él me hace jurarle que toda esa gente no son un invento de Telecinco para meter vídeos de contracultura en sus informativos. “No, cariño. También los he visto en laSexta, y en la tres, y en esa otra cadena, la pública que ha sacado los informativos a la calle para enseñar peregrinos”.

A las dos horas, regresa: “¿Papá, el enjambre playero de antes, es algo puntual, como la violencia policial contra los laicos, o se repite cada vez que hay ocasión, como la violencia policial contra los manifestantes no amparados por los obispos?”. “Creo que más como lo segundo, pasa todos los años”. Sigue sin entenderlo. Entonces le cuento que esa gente está hechizada, que por eso van por miles a las playas y les enseñan lo que comen a los de Telecinco. Se le abren los ojos como si saliese de un after antes de tiempo. “Son los mismos que se ven por la tele cuando hay atascos kilométricos a la salida de Madrid. Y también son los que llenan la calle Preciados en Navidad. Y son los que hacen cola en las administraciones de lotería y en los campos de fútbol y para ver a Justin Bieber y para el día de las rebajas. Es un maleficio que tienen. No se pueden separar”.

Hacía años que no se creía una tontería de tal calibre, así que lo pruebo y rizo el rizo: “Es el mismo maleficio que tiene el ladrillo. Hay un stock de 700.000 viviendas nuevas que no hay manera de separar. Están apelotonadas en enormes bolsas. Las tienen los bancos, pero porque nadie más las quiere. El maleficio nos socava de tal modo, que el Gobierno ha tenido que bajar el IVA para ver si así la gente las compra y las separa.”

El niño responde que los maleficios no se solucionan con medidas lógicas, como los estímulos fiscales, que al ocultismo se le doblega con ocultismo, que para separar esas 700.000 viviendas los bancos podrían probar a hacer cosas que no han hecho nunca, aunque no sean dogmáticas. “¿Cómo qué?”, preguntó. “No sé”, responde, “alguna locura como… bajar de verdad los precios. Quizá baste con ajustarlos a la realidad del mercado”. Después lo piensa y dice que rompiendo ese maleficio también se rompería el otro: que con una vivienda más asequible, la gente tendría más dinero para ir a playas menos concurridas, que se estimularía el consumo, y que… ya saben, el cuento de siempre. Supercherías.