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El humor duele

31 ago 2011
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La entrega final de esta colección de reseñas que durante agosto ha pretendido distraerles a costa de mi salud mental he querido reservarla a este libro, quizás el más dañino de cuantos he convocado a estas páginas. Digno vástago del programa televisivo del que hereda el título, adolece de sus mismo mal: un sectarismo sin límites que le lleva a hacer humor siempre en la misma dirección, como bien se le critica desde algunos medios, estos sí, comprometidos con la objetividad y el análisis imparcial de la realidad.

Si acaso, la única virtud de la obra sea la sinceridad que expresa esta frase de su contraportada: “La crítica ha coincidido en dos aspectos fundamentales: es mucho mejor el libro que el programa, aunque ninguno de los dos hacía falta”. Pero incluso en ese momento virtuoso es incapaz el autor –o los autores, pues lo firman los guionistas del engendro– de resistirse a la llamada de otro de los males que anida en sus páginas: la contumaz pretensión de hacer de todo un chiste, pues a continuación se añade: “Con toda seguridad, será el libro más visto en YouTube”.

Sabido es que los guionistas de humor son una curiosa especie que siente la imperiosa necesidad de revelar siempre su oficio. Como esos arquitectos que, a modo de DNI profesional, llevan siempre en la parte trasera de su BMW un inmaculado casco blanco. La diferencia es que los guionistas no pueden costearse un BMW –a veces ni siquiera un casco– y no necesitan licencia de obras, por lo cual pueden dedicarse a ejercer su profesión en cualquier sitio y a cualquier hora. Ha habido casos de guionistas de humor reunidos en bares de Malasaña que han tenido que ser sacados en camilla tras más de 14 horas de una imparable orgía de chistes –únicas orgías, por cierto, a las que los guionistas tienen acceso.

Podría haberlo ojeado, pero para qué. Estoy seguro de su contenido: chistes contra la derecha, incluso estando en la oposición, lo cual, como también es sabido, la exime de cualquier responsabilidad, como bien lo ha entendido esta mostrándose legítimamente irresponsable. Desconocen estos histriones catódicos que el mayor pecado del humor no es no hacer gracia, sino hacerla (en el caso de que se consiga) desde una línea editorial, un lujo que nunca pueden permitirse los bufones.

Todo lo que siempre quisimos ignorar pero nos tocó aprender

30 ago 2011
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Del mismo modo que hay veces que el tiempo pone las cosas en su sitio, a otras las cambia de lugar. Desde una perspectiva psicoanalítica, a este libro le correspondería un lugar privilegiado en la estantería del rencor y, sin embargo, es imposible para mí retirarlo de la balda de la nostalgia. Ojalá nunca hubiera tenido que leerlo, pero no pienso separarme de él porque explica mucho de cómo soy, de cómo somos muchos de los que lo tuvimos como material didáctico en las escuelas religiosas del tardofranquismo, donde todo era pecado y el castigo físico era el complemento didáctico por excelencia. Tan es así que las reglas de madera pervertían su utilidad y, de ser utensilios destinados a medir o trazar rectas, pasaban a usarse, casi en exclusividad, para golpear las manos de chiquillos aterrados.

Eso distorsionó también mi concepto del magisterio haciéndolo más laxo, menos exigente; de manera que ya en la universidad, cuando alguien se quejaba de lo mal que explicaba un profesor, lo único que se me ocurría decir era: “Por lo menos no te pega”.

Este libro y la época en que me tocó leerlo me sirven también de excusa para justificar mi fracaso escolar. Después de pasar por los Salesianos, donde lo conocí y donde viví una disciplina entre religiosa y militar, nunca jamás pude percibir un aula donde no se me amenazara con una regla como un lugar de estudio y aprendizaje, sino de esparcimiento y liberación. Eso explica, por ejemplo, que en primero de BUP suspendiera cinco asignaturas y al año siguiente, repitiéndolo, catease seis. Me recuerdo allí, en un pasillo del instituto, petrificado ante el tablón de corcho donde se exponían las notas, balbuceando mentalmente una excusa que dar a mis padres para disculpar ese inexplicable retroceso. La única posible era una pirueta estratégica que lo convirtiera en un relativo avance. Responder a sus miradas severas tras contemplar las notas con un compungido: “Lo siento, os he mentido. En realidad, el año pasado me quedaron siete. Voy progresando”.

En ciertos asuntos, el texto no ha perdido vigencia: “Para acabar con tantos males, Franco inició el día 18 de julio de 1936 la llamada guerra de liberación nacional”. Lo he leído también este verano firmado por Losantos o Pío Moa.

The show must go on

29 ago 2011
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‘Así habló Zapatustra. El fracaso de un izquierdista en el poder’. Miguel Ángel Rodríguez.

El autor de este libro fue condenado en su día a indemnizar con 30.000 euros al doctor Montes por llamarlo nazi en televisión. El vídeo está en YouTube y, si se deciden a verlo, podrán apreciar el énfasis chulesco con que, ante la reconvención del presentador, reitera el insulto. Luego, para quitarse el mal sabor de boca, les recomiendo ver otro de un gatito quedándose dormido en una cesta.

La bravuconada del momento contrasta con la infantil excusa que daba ante el juez. Según Rodríguez, las tertulias televisivas eran espectáculos en los que las exageraciones eran comunes. Me defraudó. De alguien que da muestras de tanto arrojo en los platós, uno espera un poco más de entereza en los juzgados. He visto a tironeros mantener con más elegancia el tipo.

Tras el fallo en contra, ha decidido trasladar la función a la letra impresa, que es un entorno más discreto: “El Gobierno radical de izquierda [...] importó del ala más estalinista y nazi el Culto a la Muerte”. Culto que, por lo que se ve, está dando sus frutos. De entrada, de párrafos como el que sigue, se deduce que la inteligencia ya ha fenecido: “Esa misma izquierda radical obsesionada por el sexo se dedicó a enseñar a los niños a masturbarse. Y puso su empeño en un descubrimiento mundial: ¡el mapa del clítoris!, documento del que la izquierda dijo que era una necesidad y una demanda social y cultural, que costó veintiséis mil euros”.

Sabedor de que al show le conviene la frivolidad, el autor ignora –¿voluntariamente?– que en su día los doctores Nieves Martín Alguacil, Ignacio de Gaspar y Simón, Justine Schober y Donald Pfaff –cuyos currículos en conjunto sean posiblemente más extensos que el total de datos consultados por el autor para escribir el libro– emitieron una nota de prensa en la que, entre otras cosas, explicaban que se trataba de un proyecto médico-científico cuyo objetivo es “la mejora de las técnicas quirúrgicas encaminadas a modificar el aparato genital [...] para resolver alteraciones debidas a malformaciones congénitas en niños u otro tipo de alteraciones patológicas”. Acceder a esta información en internet no lleva más de 30 segundos. Es una lástima que, tras el pago de la indemnización al doctor Montes, Miguel Ángel Rodríguez no pueda permitirse tener ADSL.

Muerte a cuatro manos

28 ago 2011
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Tengo hormigas en casa. Aparecieron con el verano y convirtieron mi cocina en su particular Carrefour. A ella acudían a abastecerse de todo lo que necesitaban para pasar el invierno. Durante un tiempo soporté resignado la invasión. Las he visto escalar en disciplinada columna hasta la mesa o rastrear diligentes la encimera en busca de minúsculas sobras. Hace días, ese laborioso ejército decidió extender sus dominios y conquistar la despensa, pasando de ocuparse de las migas a atacar directamente al pan. Me dije “se acabó” y tomé una decisión drástica: las seguí, localice su hormiguero y… Problema resuelto. Tal como hacen en los supermercados, ahora soy yo el que les acerca la comida a casa. Cada día dejo ante ellas viandas suficientes para tenerlas ocupadas durante toda la jornada. Eso las mantiene a raya, ahora saben quién manda aquí.
Mientras escribo estas líneas una de ellas, no sé si estúpida o heroica, ha vuelto a las andadas. Su insistencia puede salirle cara. Exploraba la mesa, ha subido al portátil y se ha colado dentro de manera que en cualquier momento el certero golpe de una letra puede caer sobre ella. En un siniestro presagio, ha entrado en él justo bajo la tecla “fin”.
Su previsible defunción está sometida al azar de la escritura. Pudiera ser que, en una paradoja del abecedario, le llegara la muerte en el momento en que tecleo la palabra vida. O sucumbir bajo la afilada daga de un signo de admiración. O, como si se tratase de un minúsculo asteroide, sufrir el impacto de un punto, nunca mejor llamado, final. Su sacrificio carecerá en todo caso de cualquier gloria. Ha elegido el teclado equivocado en el peor momento posible. Si el fatal desenlace tuviera lugar mientras, por ejemplo, Muñoz Molina pergeña una novela, sin restarle tristeza, aún serviría de algo. Pero es ridículo caer víctima inocente de la mala reseña de un peor libro.
Así se presenta su autor: “Me llaman showman, actor, filósofo, humorista, comunicador, cantante, polémico, escritor, director, ególatra, prepotente, profundo, disperso, excesivo, sencillo… [...]. Seguro que voy siendo todas ellas de vez en cuando. Pero no soy ninguna a solas”. También es posible que la mayoría no le definan y la Historia le recuerde sólo por haber sido involuntario cómplice del asesinato de un insecto.

Pronovias corre peligro

27 ago 2011
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Comprobada, tras la visita del papa, la realidad innegable y tantas veces proclamada de que la Iglesia en España está perseguida, queda por admitir otra evidencia igualmente pregonada presente en este libro: “Si hoy es preciso escribir en defensa de la familia es porque se trata de una institución agraviada y agredida”. Los protagonistas de ese agravio están bien identificados: el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto, la clonación terapéutica o la facilidad del divorcio. Yo, a esta última facilidad, añadiría la facilidad del despido, aunque tal vez el autor no la considere una amenaza porque un despedido tiene siempre más difícil costearse el divorcio.
La robusta formación intelectual de Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho, se percibe ya en la introducción, en la que, en defensa de la familia como institución natural, no rehúye referirse en sus argumentos a los sofistas, el nominalismo, David Hume, los neokantianos –¡Ah, los neokantianos! Siempre que hay polémica ahí están ellos– o Alasdair Mac-
Intyre y su recuperación de la idea de teleología. El resultado no puede ser otro que un fuerte dolor de cabeza y la tentación de darle la razón sea lo que sea lo que esté diciendo.
Pero a poco que uno descanse de la lectura y acuda a la inestimable ayuda del Gelocatil, se impone la razonable intuición de que toda esa andanada teórica queda disuelta ante el hecho ineluctable de que si el juez Marlaska y su marido se aman y quieren formar una familia o la formada por Imanol y Pastora Vega decide dejar de serlo, no hay razón para impedirlo, se pongan los neokantianos como se pongan.
Sobre la clonación terapéutica se menciona en el libro el caso del niño andaluz que nació seleccionado genéticamente para salvar a su hermano. Su objeción fundamental, amén de nuevas consideraciones filosóficas solventables con más paracetamol, es que para conseguir ese hijo “ha sido necesario sacrificar un buen número de embriones, al menos 50”. Recurramos de nuevo a la familia. Nada cuesta entender un noviazgo como el embrión de un futuro matrimonio. ¿No cabría, por tanto, suponer un mal necesario sacrificar 50 noviazgos anteriores para conseguir una familia tan cool como la de Brad Pitt y Angelina?

El cruzado trágico

26 ago 2011
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Lo primero que hay que decir acerca de este libro es que el título es correcto. He mirado en Google Maps y, efectivamente, Chueca no está en Teherán. El autor parte, pues, de una premisa cierta. Sobre la veracidad del resto siento no poder decir lo mismo; en parte porque he leído poco y en parte porque lo que he leído abunda en el error, tan frecuente, de reducir los horrores del integrismo sólo al de origen islamista. La matanza de Utoya, perpetrada por un fundamentalista cristiano, es buena prueba de que, para nuestro mal, ninguna religión se haya libre del peligro de ser fanáticamente interpretada.

La obra se define como un alegato contra la multiculturalidad –aquí denominada “patraña suicida”– entendida, en exclusividad, como la imposible coexistencia con los musulmanes. Es también una severa advertencia sobre su peligro como “auténtico caballo de Troya de la islamización de las sociedades occidentales y, concretamente, de España”. Como reclamo para su venta se añade: “Un libro que no gustará nada a José Luis Rodríguez Zapatero […] ni a quienes crean en la alianza de civilizaciones”. Es posible que, en su modestia, el autor no haya contemplado la posibilidad de que aquellos a los que no guste el libro conformen un espectro más amplio. Y ello pese a la presencia en el índice de títulos tan divertidos como “En Teherán nunca hay Día del Orgullo Gay” o ese otro que, mal que le pese a De Diego, suena a estribillo de pasodoble multicultural: “Qué bonito es ser musulmana en Pozuelo de Alarcón”.
Gays, musulmanes y mascotas
La eterna referencia a los gays como elemento clave de sus argumentos se explica en este párrafo: “Los homosexuales y los islamistas […] constituyen dos grupos de mascotas de los ungidos socialistas españoles. […] La posibilidad de que homosexuales e integristas convivan, como pretenden los socialistas y los progres, es totalmente imposible”. Bueno, a decir verdad, cualquier convivencia con el integrismo, sea del tipo que sea, resulta difícil. En el caso del de origen islamista, da igual que seas homosexual o dueño de una jamonería. Si resultas ser ambas cosas, yo te aconsejaría contratar a un dependiente hetero y ponerle un burka a los jamones.

Amnesia del ambidiestro

25 ago 2011
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Este libro trata de la memoria histórica. En él, Leguina, el nuevo Saulo de la política que la ultraderecha exhibe como prueba inequívoca de la maldad del zapaterismo, nos hace saber que considera su regulación “ante todo, una ley innecesaria”. Sus objeciones se sostienen sobre distintos argumentos. Uno de ellos es la vigencia de la Ley de Amnistía de 1977, que él distingue de las pasteleras leyes de punto final del Cono Sur en atención al tiempo transcurrido desde los sangrientos hechos a que se refiere hasta su promulgación: “Entre los contemporáneos (esposos, hijos, amigos de las víctimas…) se había aceptado ya la necesidad del olvido”. Que la ligereza de esta afirmación provenga de alguien que, como él, es estadístico superior del Estado, sólo puede deberse a que, en el largo tiempo dedicado a la política, haya olvidado los rudimentos de su profesión y otorgue valor como muestra a los esemeses de El gato al agua.

Y es que, aunque el libro versa sobre la memoria histórica, en realidad retrata mejor la frágil retentiva del autor. Sólo así se explica que escriba: “Poco a poco, los españoles nos hemos ido acostumbrando al sectarismo político […] que no sólo ha invadido la política, también se ha instalado en ámbitos […] como la judicatura y la prensa”. Quizás haya olvidado que publica en La Gaceta, aunque, tal vez, he caído en la trampa y recordárselo me señala ya como portador del virus sectario.

A la desmemoria cabe achacar también que, citando un artículo de otro autor, haga suya la preocupación por la “imposibilidad de debatir razonablemente sobre los asuntos públicos”, o esta otra afirmación: “No parece necesario presentar muchas pruebas de semejante degradación ambiental. Basta pensar en el tenor de las tertulias políticas”. Posiblemente tampoco recuerda Leguina que acudía regularmente a una conducida por Curri Valenzuela y, en alguna ocasión, a otra dirigida por Carlos Cuesta. Dos magníficos ejemplos de debate razonable, siempre que por razonable se entienda arrear sin razón y con igual fiereza tanto a los de izquierdas como a los que no son de derechas.

Leguina, experto en nadar y guardar la ropa. Arte que, como todo el mundo sabe, consiste más que en nadar, en tener ropa guardada en ambas orillas del río.

La fragilidad del resistente

24 ago 2011
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Este libro arranca con una insólita confesión: “El mejor prólogo, la más interesante versión que se pueda escribir de este libro, se me borró. Estuve una semana en blanco […] mientras blasfemaba contra una informática que siempre me ha sido esquiva”. Hombre, Carlos, no vale. Es como si yo digo: “Tenía preparada para hoy una columna buenísima pero por culpa del Windows se van a tener que leer ustedes esta”. Suena a excusa infantil, impropia de un insurgente adulto. Luego añade: “Nunca me traicionó en mis años mozos la Olivetti; era segura y sonora como la trompeta de la legión”. No se preocupe, podría usted escribir en un iPad 2, que lo suyo sonaría siempre como a escrito en tiempos de la Olivetti.

Bien es verdad que, una vez leído el prólogo, resulta creíble que hubo otra versión mejor. Toscamente faltón, confuso, deslavazado –como si la corneta de la legión la tocase la mismísima cabra–, incluye, además, la más rocambolesca historia que, disfrazada de periodismo, haya leído yo nunca.

“Un día apareció por la redacción de La Gaceta un sujeto mal encarado, evangelista de religión, y moro [...] de procedencia” y “soltó sobre mi mesa […] una panoplia de carnés […]: carné de la Guardia Real de Mohamed VI, carné de los Servicios Secretos de Su Majestad alauita…”. Es de sobra sabido que todos los agentes secretos llevan siempre encima un carnet que les identifica como tales para, entre otras cosas, conseguir descuentos en Carrefour. Y sigue: “En fin, toda clase de acreditaciones que parecían, en principio, auténticas”. Normalmente, un periodista hubiera comprobado si, efectivamente, lo eran; los insurgentes, en cambio, alzados contra el sentido común, no lo necesitan. El caso es que, al parecer, este señor pretendía vender a Dávila pruebas irrefutables acerca del 11-M en la dirección que ustedes imaginan, pero las “había escondido en […] Sevilla y tenía que volver a por ellas”. Y se marchó. Y Dávila se lo comentó a dos contactos suyos del CNI. Y no ha vuelto a aparecer. Y no se le conoce paradero, razón por la cual concluye: “Personalmente no le doy por vivo”. No hay que ser tan dramático, tal vez lo esté y se encuentre en la redacción de ABC diciendo que es Jesucristo o en la de Interviú afirmando ser Miss Tánger.

Entre el mentalismo y el bricolaje

23 ago 2011
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Este libro tiene la apariencia de ser una joya, razón por la cual he preferido no leerlo ante el temor de que un examen más minucioso acabara descubriéndomelo como pura bisutería. Esta aprensión no me ha impedido, sin embargo, ojearlo con el mismo asombro con que contemplaría el cofre de un tesoro. Ya en las primeras páginas anuncia su propósito de responder una por una a las “muchas y muy inquietantes” preguntas que podemos hacernos sobre la telepatía. Luego las enuncia y, en efecto, allí está todo lo que alguna vez nos hemos preguntado sobre este asunto, por ejemplo: “¿Cómo puede ayudar la fuerza telepática a ganar una pelea?”, “¿cómo puede hacerse invisible un telépata?” o “¿puede atracarse un banco telepáticamente?”. Es posible que ustedes, en su comedimiento de neófitos, sólo hayan llegado a preguntarse si puede un telépata invisible evitar que le cobren comisión en un cajero. En ese caso, es aconsejable que se busquen un manual más básico.

El libro lo firma el Grupo de expertos Osiris, y se entiende que la autoría sea coral, porque es imposible que una sola persona domine disciplinas tan dispares como las que refleja su índice: “Divorcios religiosos a causa de la brujería telepática”. “Pellizcos y pinchazos sin contacto”. “Uso parapsicológico de los vegetales”. O la sorprendente conclusión de que “el centro telepático está en lo alto de la cabeza”. Se agradece la revelación pero considero una torpeza hacer público un descubrimiento de este tipo. Cualquier guardia de seguridad podría frustrar un atraco telepático con el simple hecho de ponernos, a traición, una gorra.

A los escépticos para quienes el Grupo Osiris carezca de la solvencia y credibilidad científicas exigibles, hemos de advertir que el libro contiene, también, testimonios basados en obras de prestigiosos profesionales como el doctor Papus, quien en realidad se llamaba Gérard Anaclet Vincent Encausse pero voluntariamente se hizo llamar Papus, sin duda para que sus investigaciones fuesen tomadas en serio. El doctor Papus falleció en 1916, por lo que no deben ustedes temer encontrárselo en ninguna consulta de la Seguridad Social. En todo caso, no les hubiera sido fácil conseguir cita. Al parecer, su consulta estaba llena de telépatas invisibles que se colaban todo el rato.

De iluminado a iluminado

21 ago 2011
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La nota previa de este libro contiene unas curiosas advertencias, como informarnos de que el autor escribe Euskadi en cursiva “por un ser un término puramente ideológico”; o una bastante freak en la que nos avisa de que va a sustituir, por considerarlos inadecuados, los términos Estados Unidos por “USA” y norteamericano por “useño”. Nada que objetar. Chiquito de la Calzada sustituyó Guardia Civil por “Meretérica” y nos hizo mucha gracia.

El libro recopila una serie de artículos publicados en Libertad Digital y, en busca de algo divertido que poder contarles, he descartado leerme algunos como “Negociar con los asesinos es colaborar con ellos”, “Incitación al asesinato y asfixia de la libertad”, o “Cuán grave es la situación”. También deseché “No soy optimista”, pese a lo sorpresivo del título. Finalmente elegí “El condón por banderaSDRq, que arranca así: “El Gobierno y la progresía en general están enarbolando el condón como su penúltima bandera jacobina contra la Iglesia”. Espero que se trate de una metáfora o, al menos, que a la hora de enarbolarlo, ni el Gobierno ni la progresía lo lleven puesto.

Para el autor, “la progresía y la izquierda han ensalzado y procurado extender al máximo tanto la promiscuidad como la droga presentándolas como elementos de liberación” frente a la Iglesia que “siempre ha condenado ambas”. En disculpa de la izquierda, cabe precisar que, a veces, extender la droga era la única forma de acceder a la promiscuidad. Todo el mundo sabe que Azaña, poco agraciado en lo físico, como la mayoría de políticos progresistas, llevaba siempre consigo un dispensador de opio para procurarse sexo, previo atontamiento de la chica. El que muriera sin hijos, en tiempos en que la anticoncepción era rara práctica, nos revela que, o el opio era de mala calidad, o se enganchó a él y se negaba a compartirlo.

Luego, Pío entra en barrena y cuesta seguirle: “La política progre de alentar tales cosas es tan absurda como la de promover al mismo tiempo el alcoholismo y las pastillas contra la resaca, o la venta de comida en mal estado y la de vasos de leche para paliar sus efectos”. Sin duda es mucho más lógico promover la castidad, que es como ser alérgico a las gramíneas y que el médico te recomiende que en primavera no respires.