Ética radical

27 feb 2014
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A CARLOS PARÍS, in memoriam

Cuando Carlos París, en su último libro Ética Radical, exigía un código de conducta ético ante las grandes decisiones de los gobiernos y de los pueblos, no únicamente el que se impone en las relaciones personales, estaba analizando la degradación moral de unas sociedades, como la española, que desde hace doscientos años se creen ejemplo de democracia, solidaridad, libertad y fraternidad.

Pues bien, me consuela malamente pensar que él no haya podido ver y oír el infame programa de televisión con que nos obsequió la TV1, en el programa La Mañana, orquestado por la presentadora Mariló Montero, el día 18 de febrero pasado, porque hubiese fallecido más triste y desanimado, ante la impunidad y la desfachatez con que una cadena pública, la más veterana, en horario protegido para menores, y de gran audiencia, montó un programa para difundir, publicitar y defender un cursillo para enseñar a las mujeres a ser prostitutas.

La presentadora permitió que la prostituta que imparte el cursillo en Barcelona, y que además se atribuye el título de terapeuta, y que está dirigido por la psicóloga Cristina Garaizabal, nos informara durante largos minutos sobre las ventajas de dedicarse a la prostitución, sobre todo en tiempo de crisis y de paro. En el programa que cualquiera puede consultar en el “decáleg de la bona puta” que se difunde en todas las redes, encontrará cómo dejarse ser utilizada sexualmente por los hombres que paguen, las posturas que se deben adoptar y qué hacer con el dinero que se obtenga. Todo ello, según la entrevistada, con plena libertad de decisión. Si a la prostituta no le gusta la faena lo deja en cualquier momento y no pasa nada. No fue ese el único motivo de escándalo –y en un país serio lo hubiera sido de despido fulminante de la presentadora que estaba haciendo una larga publicidad de la prostitución y del curso– sino que cuando me dieron la palabra para replicar, puesto que a ello me habían invitado, la prostituta se sintió herida en su dignidad, me interrumpió constantemente para no dejarme hablar, con el beneplácito de la moderadora, y se levantó y se fue, interrumpiendo el programa. Que era en realidad lo que habían pactado las organizadoras del curso: que yo no pudiera explicar la corrupción que supone, no sólo aceptar la prostitución como un trabajo normal, sino que encima se impartan cursillos para ser buena puta.

Nos encontramos en un momento histórico en que se produce un fenómeno impensable hace solamente cincuenta años: Que se haya permitido, con el beneplácito de todos los poderes sociales, que se lleve adelante una campaña de gran difusión entre los sectores políticos e intelectuales de nuestro país para que se considere la prostitución como un oficio igual a cualquier otro, perfectamente admisible socialmente, en razón de lo cual resulta imprescindible legalizar su ejercicio.

En la actualidad ha avanzado la aceptación de la organización patriarcal antigua que se une, en el dominio que ejercen los hombres sobre las mujeres prostituidas, al más descarado machismo. Ninguna de las mujeres que se encuentran sometidas a esa explotación sexual lo ha escogido voluntaria y libremente como se pretende, ni se encuentran satisfechas con semejante esclavitud. Todas son utilizadas por uno o varios chulos, todas son expoliadas por el proxeneta y todas son maltratadas por los clientes y por los macarras.

Por ello, la ONU ha declarado que la única esclavitud que subsiste hoy día es la prostitución y el tráfico sexual de mujeres y menores. No es cierto que sea la única que subsiste, porque desgraciadamente sabemos que en muchos países todavía los seres humanos se compran y se venden, pero sí es la única esclavitud que puede ser legal. Como sucede ya en algunos países, y por lo que temo pronto en el nuestro.

La prostitución es una explotación fundamentalmente femenina –incluidas las niñas–. Los hombres, muchachos y niños que se están utilizando actualmente en este comercio son afortunadamente un número mucho más pequeño, y fundamentalmente homosexual. Porque la prostitución es una explotación sexual inventada, organizada y disfrutada por hombres, según las normas del patriarcado. Por eso es tan antigua. Por eso el modelo actual sigue siendo mujer prostituida, hombre prostituidor. Y por eso, porque son los que detentan el poder y el dinero, son los hombres los que pagan y las mujeres las que se prostituyen para cobrar.

Por ello, Carlos París, en una espléndida ponencia que presentó en el Parlamento y se publicó en diversas revistas, hacía una reflexión sobre la indignidad de los hombres que pretender realizar el sexo mediante el pago, que es la mercantilización total de la persona.

Porque la prostitución no puede ser considerada un trabajo, ya que carece del respeto y la dignidad que se merece el trabajo. La prostitución no es un oficio, ni un empleo, ni una tarea. La prostitución es una explotación, la más grave de todas porque afecta a lo más íntimo del ser humano que es la sexualidad, porque reduce a las mujeres a la categoría de objetos sexuales para disfrute de los hombres. De hombres que disfrutan con tal clase de dominio.

Me parece indignante que se defienda la prostitución alegando que muchos trabajos son igualmente duros y que otros profesionales han sufrido momentos de escasez y de penosas condiciones de vida, al igual que las mujeres prostituidas. Lo que no nos explican es por qué ellos mismos en esos momentos de graves dificultades económicas no han resuelto sus problemas haciendo de chaperos en las calles o en los prostíbulos. Porque esos profesionales que se sienten tan liberales con las prostitutas lo son mucho menos consigo mismos. Conocen muy bien las diferencias que existen entre ser camarero, dar clase, vender en una tienda, o dejarse violar analmente veinte veces cada día. Tal actividad les parece aceptable para las prostitutas y para los pobres chaperos, pero de ninguna manera para ellos mismos.

En la ponencia que presenté en el Senado, dediqué un apartado que quería ser burlón y sarcástico, planteando que si se legalizara podrían organizar cursillos. Me preguntaba, las prostitutas ¿deberán poseer formación profesional? ¿Tendremos que instalar centros de enseñanza de prostitutas, y las niñas cuando terminen la primaria a los 14 o 15 años, podrán ir allí aprender las mejores formas de satisfacer la sexualidad de los hombres que las paguen? Siempre que se sea más experta se podrá ganar más dinero.

También debemos precisar si las mujeres prostituidas dispondrán de los servicios generales de los demás trabajadores, de tal modo que el momento en que se encuentren en paro podrán ir al INEM a solicitar un empleo en un burdel o a pedir el ingreso en otro diferente, y el INEM deberá tener una bolsa de trabajo entre las ofertas que se puedan plantear. En consecuencia, dentro de esta hipótesis, cabe la posibilidad de que a cualquier mujer que se encuentre en el paro, aunque previamente haya trabajado siempre en fábricas u oficinas, se le podrá ofrecer el empleo en un burdel. Si no tiene trabajo en el sector en que se ha formado puede sin embargo ser prostituta. Y si rechaza semejante oferta se la podrá eliminar de las listas y los beneficios del paro.

Pues bien, estas escenas que pertenecían a la literatura del absurdo, el proyecto que parecía totalmente surrealista se ha convertido en realidad. Y además está aceptado por las instituciones, las organizaciones sociales, la moral común, los partidos políticos y los medios de comunicación. Nos dirigimos a la instauración de una sociedad prostituida, un Estado proxeneta, que cobrará buenos impuestos por ello, y un pueblo que aceptará que sus hijas sean prostitutas y sus hijos prostituidores.

La ética de las decisiones radicales debería ser analizada por seres humanos para quienes deseen acabar con la explotación, la perversión sexual y la mercantilización de lo más íntimo y emocionante de la conducta humana que es el amor y la relación sexual. Porque el cuerpo y la sexualidad es la persona misma y no un trozo de la misma. En tal sentido, mucho mejor que yo, Carlos París analiza la identificación de cuerpo con identidad personal. Como dice el profesor París “La mujer comprada se resigna a una función de objeto que se entrega. Simple cuerpo a disposición de quien posee el dinero que ella necesita o anhela. Y más allá de ambos términos, cliente y prostituta, semejante situación es globalmente infamante para la sociedad que la mantiene en cuanto refleja las relaciones de dominio patriarcal en su nivel más primario y normaliza una clara explotación. Y aun en los casos reducidos en que no se producen tales extremos es preciso reconocer que una mujer que ejerce la prostitución para proporcionarse bienes superfluos o elevar su nivel de vida está afirmando su inferioridad y dependencia económica respecto a los hombres a quienes se entrega.”