La violencia de género en las elecciones

El debate de anoche, 7 de diciembre, además de caracterizarse por la mediocridad de los participantes, que alcanzaba el aburrimiento, que no hicieron más que repetir lugares comunes, vulgaridades y obviedades, sin pasión ni originalidad alguna –parecían todos opositores repitiendo los temas en el tribunal, como algunos ya lo han hecho–. tendrá el mérito de haber introducido, ¡por primera vez en la historia de los debates electorales en 40 años!, el tema de la violencia contra las mujeres, que, siguiendo el lenguaje oficial llamaron violencia de género.

Las feministas podríamos felicitarnos de que medio siglo de lucha reciente por visibilizar, denunciar, intentar atajar y condenar la violencia machista, se haya materializado en la atención –unos minutos– que ayer le prestaron los cuatro contendientes en la televisión. Y que además fue el único tema que concitó el consenso y la unanimidad de todos, que habían discrepado durante la hora y media que duraba el debate, en la gravedad del “problema”, y que muy seriamente llevó a los candidatos a dolerse del alcance de esta tragedia.

Pero no seamos autocomplacientes, por más que en más de medio siglo, todas las que estamos en esta trinchera nos hayamos dejado la piel y la garganta reclamando atención y solución a la masacre de las mujeres y los niños que se produce en nuestro país. Y cierto que la Marcha contra la Violencia Machista del 7 de noviembre les pudo impresionar un poco.

Pero la verdadera motivación que llevó ayer a los locutores de la cadena de televisión a plantearles este tema a los candidatos del PSOE, Podemos, Ciudadanos y Partido Popular, ha sido la montaña de asesinadas que sumamos en los últimos años, y que constituye una vergüenza para el país.

Recuerdo constantemente el programa de televisión de hace veinte años en el que dije que esperaba, más bien temía, que la reacción de los machistas contra el avance del feminismo no fuera sangrienta, y cómo el ilustre catedrático Javier Pérez Royo, entonces comunista o algo parecido, con la soberbia y la pedantería que le caracteriza, me miró con desprecio y dijo, desde la altura de sus grandes conocimientos y autoridad académica, que semejante afirmación no valía la pena ni contestarla para hacer luego una larga disertación sobre lo bien que vivían las mujeres y lo muy insertadas que se sentían en la sociedad en términos de igualdad con los hombres.

Pues bien, sólo en once años, los que tiene la Ley de Violencia de Género, sumamos más de mil asesinadas y no se sabe cuántos niños y hasta hombres víctimas de la insania machista. Dos millones de apaleadas sistemáticamente, quince mil violadas, mientras el 70% de las trabajadoras han sufrido acoso sexual y los niños víctimas de esa misma violencia son incontables.

Pero que no nos engañen los ilustres políticos que ayer se mostraron tan compungidos en el debate y que prometieron muy solemnemente dedicar todo su esfuerzo a erradicar el “problema” (insistían en denominarlo así). Que no nos engañen, que no engañen a la ciudadanía y sobre todo a las víctimas, porque algunos de ellos tienen curriculum en este tema y otros se lo están haciendo, además de poder leer las promesas de sus programas.

El señor Sánchez, quien presumió de que su partido había sido el que aprobó la famosa Ley de Violencia de Género, podría habérsela leído, así como también algunos de mis artículos y las quejas de las asociaciones de mujeres, antes de mostrarse tan arrogante en la defensa de ese bodrio legal. Podría saber que la norma sólo protege a las casadas o ajuntadas con el maltratador o asesino y que deja en la indefensión a todas las demás. Es el texto legal más curioso del mundo porque divide a las víctimas en mujeres y en género. Las “género” merecen protección estatal, las mujeres no.

A la vez, atribuye a la víctima la carga de la prueba, es decir que tiene que aportar las pruebas del maltrato, y a partir de aquí todas las argucias, desprecios y resoluciones machistas de los jueces están ajustadas a derecho.

Y el señor Sánchez no dijo una palabra de modificarla, simplemente porque no la conoce y no ha leído ni escuchado una palabra de crítica de los millones que hemos pronunciado. Sus promesas son tan vanas como papel mojado será el programa en que se impriman. Y su partido, con el que hemos tenido un contacto continuado para discutir de este tema, se niega sistemáticamente a modificar el texto legal porque sus defensoras siguen presumiendo de haber sido sus redactoras y aprobadoras. Incluso consiguieron este año que los socialdemócratas europeos le dieran un premio. No sé lo que pagaron por él o si fue un favor de familia.

La señora Sáenz de Santamaría tuvo la desvergüenza de mostrarse enormemente preocupada por el “problema” cuando su partido se ha negado a introducir las reformas que le hemos pedido reiteradamente. En unos casos porque el secretario de Estado de Justicia, con el que la Plataforma Feminista nos reunimos, no la había leído y tenía que estudiarla; en otros diputados de esa formación porque a pesar de su supuesto enfrentamiento, no querían pelearse con las defensoras socialistas de la ley. Pero sobre todo para no cansarse en discutir con nosotras, atender nuestras enmiendas y estudiarlas.

Así, la delegada del Gobierno para la Violencia de Género, Blanca Hernández, que tanto en público como en privado exhibe un rostro triste y una expresión doliente, adecuados a la tarea encomendada, repite que las mujeres no denuncian, revirtiendo de tal modo la culpabilidad sobre las víctimas, sin aceptar que las instituciones del Estado no las protegen.

A la vez, en esta legislatura, el Partido Popular ha cerrado Observatorios de Violencia e Institutos de la Mujer, ha eliminado las subvenciones a las asociaciones que trabajan esforzadamente en este “problema”, ha reducido los gabinetes, comités y otros organismos que atendían a las víctimas y ha dejado en la indigencia a los juzgados de violencia.

De modo que, como dice el Eclesiastés: “Por sus hechos los conoceréis”, quienes se fíen de que el PP, si gobierna, va a implantar medios y leyes que erradiquen el terrorismo machista o es un machista o es un estúpido.

Pero además teníamos en el plató a los representantes de dos formaciones políticas nuevas, jóvenes (gran cualidad en estos tiempos) que prometían y prometían como si no tuvieran curriculum anterior. Y aquí el engaño es supremo. Porque cuando desde el Pacto Feminista nos pusimos en contacto con las mujeres de Podemos para que se unieran a nosotras, nos contestaron que no estaban de acuerdo con la abolición de la prostitución, ya que pretenden lo que llaman “regularizarla”, es decir convertirla en una profesión legal.

Y aquí sí que han sido coherentes. Porque ya en los ayuntamientos donde Podemos tiene algún poder, como Barcelona y Madrid, se está hablando de abrir, permitir y legalizar prostíbulos. Y eso significa, aparte de la indignidad de considerar que el cuerpo de las mujeres debe servir de desahogo sexual a los hombres por dinero, y poco, que permiten la mayor violencia contra la mujer. Porque prostituirla es una de las peores formas de violencia. Dejando aparte –y es mucho dejar, como ha sucedido con los casos de Nerva y de Las Palmas– los asesinatos de prostitutas que se cometen continuamente en nuestro país sin que les siga ni investigación ni castigo alguno, las mujeres sometidas a la prostitución sufren toda clase de maltratos: insultos, violaciones, palizas, encierros, castigos varios: dejarlas sin comer, sin ropa, atadas a la cama, privarlas de la droga a la que las han adicionado, abortos provocados contra su voluntad, traslados forzosos. Y todo eso, señores políticos de Podemos y otros y otras que se pronuncian a favor de permitir ese infame comercio, es violencia.

Pues veamos que el pulido y relamido joven presidente de Ciudadanos está convencido de que hay que sumar la prostitución a los negocios productivos, no solo legalizándola sino incluso cobrándoles impuestos, convirtiendo así al Estado en un Estado prostituidor. Amén de pretender legalizar los vientres de alquiler, el último grado de la mercantilización del cuerpo de las mujeres, convertidas en carne de reproducción, como se hace con las vacas y las ovejas.

De modo que aquellas espectadoras y espectadores ingenuos que se dejaran impresionar por las expresiones tensas de los participantes en el coloquio, y creyeran que votando a alguna de las opciones que se les presentaban se conseguiría amenguar el “problema”, caerán víctimas de su propia ingenuidad.

Ninguna de las opciones políticas que ayer nos hicieron su propaganda, ninguno de los líderes que mostraron sus rostros sombríos de indignación ante el “problema”, ni sienten verdadera preocupación ni les importa una higa que cada año se asesinen más de 100 mujeres –no sé cuántas prostitutas, porque ya se sabe que esas se suicidan–, se viole a 15.000, se apalee a 2.500.000, y se abuse, se maltrate, se viole y se asesine a no sé cuántos niños.

Todo en aquel plató era comedia. Pero una comedia infame, hipócrita y cruel, porque estaban hablando de la vida y la felicidad de muchos millones de mujeres y niños.

Mujeres maltratadas no tengáis ninguna esperanza de que vuestra situación mejore con el próximo gobierno, sea del partido que sea.

 

Madrid, 8 de diciembre 2015.