Enfermos mentales

Hace pocos días un hombre ha asesinado a su mujer y a sus dos hijos, un niño de 8 años y una niña de cinco en Campo de Criptana (Ciudad Real). Ante la espeluznante noticia una prestigiosa psicóloga me dice, en tono de advertencia para que reflexione y salga de mi empecinamiento feminista: “esto no es una cuestión de cultura, es enfermedad mental”. Cuando le argumenté que las mujeres enfermas mentales no matan hombres y niños en la proporción que aquellos lo hacen, me respondió: “Es que las enfermedades mentales también se diferencian por sexo”.  Y ciertamente, en términos universales los hombres asesinan y las mujeres se suicidan, pero plantear estas diferencias en términos de salud mental es desideologizar la enorme opresión y explotación de la mujer. Extraer la gran cuestión social de la violencia contra la mujer del debate político, para recluirlo en los sanatorios es el mayor favor que se le puede hacer a los sectores reaccionarios de nuestra sociedad.

En las cifras mundiales, los feminicidios alcanzan cifras espantosas. En países como Afganistán, Irak, Irán, en Oriente Medio, en África, no existen estadísticas pero sabemos de los casos más horribles. En Arabia Saudí cualquier hombre puede agredir a una mujer si va sola por la calle y se las lapida en público por cualquier delito. En México los secuestros y asesinatos de mujeres han alcanzado difusión en el mundo entero; las feministas argentinas informan que se asesina una mujer cada día y se la viola cada 38 minutos.

En varias naciones musulmanas se ha legalizado el matrimonio entre niñas y hombres adultos. Ya se han reportado varios casos de muerte de la novia por la violación del marido la misma noche de bodas.

En otros países se practica la cliteridectomía, la infibulación y o la recesión de los labios mayores. La prohibición de esta mutilación, que proviene de los tiempos más antiguos, en Egipto, en Mali, en Mauritania, en Senegal, se ha logrado hace pocos años, sin que su práctica haya cesado, mantenida en las familias por la tradición. Se supone que 100 millones de niñas sufren que se las mutiles genitalmente, con la consecuencia de padecer infecciones, dificultades en el parto y hasta la muerte.

Por ello, y muchos más datos, la ONU ha afirmado que “la violencia contra la mujer es el crimen encubierto más numeroso del mundo”. 

En España, en los tres meses de 2017 hemos perdido a 29 hermanas: tiroteadas, estranguladas, acuchilladas, quemadas, asfixiadas, y a varios niños y niñas. Durante los últimos 12 años han asesinado a más de 1.000. Contabilizamos, de forma muy conservadora, 2.500.000 de mujeres golpeadas habitualmente, y el maltrato psicológico apenas está perseguido en un país donde el piropo, el acoso verbal y físico en la calle, en el trabajo, en la Universidad, en los Ayuntamientos, en el Parlamento, están siendo denunciados cada vez con mayor frecuencia. Y esos son los casos que se conocen, la punta del iceberg de los miles que quedan ocultos.

Los asesinatos de prostitutas se hunden en la ignorancia y el olvido, ante la indiferencia de las instituciones, de los medios de comunicación y de la sociedad civil. Ni siquiera cuentan para esos Observatorios de Violencia de Género, que proliferan por toda España, ya que estas víctimas no son género sino simplemente mujeres, para nuestra sofisticada Ley de Violencia, que discrimina a las que mantienen o mantuvieron una relación sentimental con el asesino y las que no, sin que se entienda el propósito del legislador al establecer semejante diferencia.

Y vuelvo a preguntarme, después de la preocupación que me ha embargado ante la segura afirmación de la psicóloga, ¿todos los asesinos y violadores e infanticidas son enfermos mentales? No dudo que en algún caso una patología se haya instalado en la mente del verdugo, pero me resulta imposible aceptar que la violencia contra la mujer sea un problema de salud mental. Asumir semejante diagnóstico significaría eliminar las denuncias y el debate político,  vaciar las cárceles y llenar los manicomios.

Desde los tiempos del Código de Hamburabí hasta el Cödigo Penal Napoléonico, pasando por el Antiguo Testamento y el Corán, los textos legales, religiosos, morales, educativos, han sancionado la inferioridad de la mujer y su situación de sumisión al varón. Y en consecuencia éste puede maltratarla a su libre albedrío hasta la muerte. Ya en la modernidad los científicos dedicaron muchas horas de su precioso tiempo a medir cerebros de hombres y de mujeres para demostrar que éstas eran más tontas, como investigué y escribí en Mujer y Sociedad hace cincuenta años Y eso es cultura.

Cultura machista que significa el poderío del hombre como clase dominante sobre la mujer como clase explotada y dominada, que no se cura ni con fármacos ni con psicoanálisis ni con electroshock.

De la misma forma que sería un despropósito calificar de dementes a los fascistas, cuando bombardean países, imponen dictaduras, encarcelan a sus opositores, torturan a sus detenidos y fusilan a los disidentes.

Pero me preocupa que mientras tal clasificación no se plantea cuando se trata de lo que se llama la lucha política, en lo que se refiere a las reivindicaciones feministas se pueda derivar lo que es, con toda evidencia, la opresión y explotación generalizada de las mujeres a unos diagnósticos médicos. Lo que da argumentos a los machistas de toda laya, empecinados en quitarle importancia a  la violencia que se ejerce contra ellas, e incluso en afirmar que las denuncias son falsas.

O revolucionamos el mundo y el feminismo cambia las relaciones de poder entre el hombre y la mujer y hace imperar la libertad, la igualdad y la solidaridad entre todos: clases sociales, pueblos y sexos o la guerra, la persecución de las razas de color, la tortura de los prisioneros, la explotación económica y el maltrato y el asesinato de mujeres y niños se perpetuarán. Es decir, el machismo.