La vergüenza

Hemos asistido a la presentación de la moción de censura en el Congreso por la portavoz de Podemos, Irene Montero, que ha sido la más brillante, la más precisa, con una dicción más clara y unos argumentos más contundentes, de todos los comparecientes. Con mucho se ha diferenciado de los representantes de otros grupos políticos que farfullan en vez de hablar, que utilizan chistes, retórica infantil y argumentos sin consistencia.

La exposición de Montero ha retratado exactamente la situación de este atormentado país, en cuanto a un sistema que se apoya en la corrupción, no como fenómeno aislado protagonizado por unos cuantos delincuentes, sino como organización política y económica que se basa en que las oligarquías económicas esquilman al resto de las clases trabajadoras y a las mujeres, para enriquecerse y seguir detentando el poder político. Gracias, entre otras perversiones, a los fondos públicos de los que se apropian para ganar elecciones.

La exposición de Irene Montero no tenía réplica. Por ello, el Presidente del Gobierno no se la ha dado. Con el cinismo que  caracteriza a Rajoy, como al resto de las clases burguesas que representa, se ha dedicado a hacer frases graciosas, de esas que supongo aprendió en su familia. Ni una respuesta a las denuncias que le ha planteado la diputada, y que en un país avanzado, que no es el nuestro por cierto, habría hecho sonrojar a sus destinatarios. Claro que en ese país, y me refiero a Alemania, Francia, Reino Unido, Holanda, etc. el gobierno habría caído hace varios años. Porque, como le repitió, a la manera de estribillo, Irene Montero, es una vergüenza que se hayan producido los casos de corrupción, que se hayan esquilmado los recursos públicos para lograr falsificar los resultados electorales, que se hayan regalado las empresas públicas a los amiguetes del Partido Popular, que se esté hundiendo en la pobreza y en la miseria a los trabajadores y a las mujeres. Que mientras los dirigentes populares se apropian del erario público, los servicios del Estado padezcan una precariedad que ya es endémica. Por todo ello, y más, que le recordó Montero, el Presidente del Gobierno, y todo su gabinete de ministros y todo su partido deberían estar avergonzados. Si tuvieran vergüenza. Pero no la tienen.

Por eso, con el estilo chulesco y bufón que le caracteriza, el señor Rajoy se permitió burlarse de las denuncias de la diputada, no dedicó más que cuatro palabras a decir que la corrupción afecta a todos los partidos y que los juzgados resolverán, y asegurar que España va bien desde que él gobierna. Y ciertamente para algunas familias y clanes, que conforman las oligarquías, su país va bien. Las cifras están ahí: hoy tres nombres poseen el 30% de la renta española. Mientras las grandes corporaciones pagan el 1% de impuestos, los empleados y los autónomos oscilan entre el 15 y 30% según su nivel de ingresos. Se han regalado a los plutócratas de siempre las grandes empresas energéticas que eran la joya de la corona. Y ahora la ciudadanía, por más pobre que sea, paga unas exorbitantes facturas de gas, electricidad, agua, gasolina, transportes, y no digamos de servicios bancarios.  Y no voy a repetir lo que ha hecho el gobierno del Partido Popular con la reforma laboral, la educación, la sanidad, la dependencia, los servicios sociales, las necesidades de las mujeres, porque ya lo han contado, muy bien, Irene Montero y Pablo Iglesias.

Tampoco es necesario repetir la corrupción de las instituciones supuestamente democráticas bajo el imperio del gobierno: el Consejo del Poder Judicial, la judicatura, la fiscalía, la policía, los servicios de Interior, porque también lo relataron con detalle los defensores de la moción de censura. Aunque no hay que olvidarlo.

A ninguna de estas denuncias respondió Mariano Rajoy. Para él, desde su altura de gran gobernante, con su imagen de político decimonónico, atildado, de barba venerable, traje completo, camisa clara y tradicional corbata, con el aspecto que podría tener Cánovas del Castillo, todas las denuncias, los datos, las pruebas, las cifras, los escritos de las unidades de la policía, las acusaciones de los diversos fiscales, las condenas contra los tesoreros, alcaldes, diputados, senadores, militantes del PP, no le atañen. El está más allá del bien y del mal. Representa a la burguesía de siempre, de antes y de ahora. La industrial que explota a los obreros, la bancaria que estafa a sus accionistas y a sus clientes, la de servicios que exprime a sus trabajadores y trabajadoras, que mantienen por la base el sector turístico del que vivimos.

Y de la misma manera que Cánovas, considera que este es el mejor de los sistemas posibles: en el que los ricos son ricos para siempre y los pobres son pobres para siempre, que para eso están. Y el Parlamento existe para entretener a los señores y señoras que no saben hacer otra cosa que pasar las largas jornadas de debate o ausentes del hemiciclo o jugando a los muñequitos con el móvil. El Parlamento, el Senado, el Poder Judicial, la Fiscalía, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado están para servir al Ejecutivo, que son ellos, que por derecho divino deben ostentar el poder porque así ha sido siempre desde que el mundo es mundo. Y los proletarios, los campesinos, las mujeres, los profesionales, los artistas, los millones de ciudadanos y ciudadanas que se ganan el sustento con trabajo y dificultad, existen para que ellos: oligarcas y gobernantes, vivan con comodidad y lujo y sigan manteniendo este orden social eternamente. Esta es la organización económica que se llama capitalismo, que conocemos desde hace dos siglos, y que a ellos les va muy bien. De modo, ¿qué para qué la vamos a cambiar?

En todo caso, dada la infinita bondad de esa plutocracia que rige los destinos de nuestro país, se permite a algunos partidos que, con infinito esfuerzo, sorteando las trampas, los acosos y las persecuciones del poder,  han logrado que parte de la ciudadanía de a pie les vote y la ley electoral les permita ganar algunos escaños en la Cámara, se desfoguen durante unas horas relatando en el Parlamento “los males de la patria” , que con tanto acierto y brillantez denunciaba hace más de un siglo Lucas Mallada. Y así, el Presidente del Gobierno y sus compinches fingen que creen en la democracia. Pero en realidad lo fingen mal, porque el desdén, las estúpidas bromas y el estilo gracioso de chistoso de taberna con que Mariano Rajoy respondió a Irene Montero, demuestra que ni la respeta –como es una mujer- ni le importan los argumentos que utilizó ni siente la vergüenza por las tropelías cometidas por su gobierno y por su partido, a que varias veces le instó la diputada.

Por ello, es incomprensible que el Partido Socialista Obrero Español no haya apoyado la moción de censura. Hay que suponer que comparte la denuncia de las tropelías del PP y el diagnóstico que el líder de Podemos ha realizado sobre la inviabilidad de que con un gobierno de Rajoy se pueda progresar en España a favor de las clases populares. Lamentablemente la rivalidad entre Iglesias y Sánchez, y sus equipos, puede hacer imposible una alianza que nos quitara a la ciudadanía el insoportable peso del gobierno de derechas que nos esquilma.

Pero Irene Montero padeció un olvido. Obvió decir que todas las corrupciones, abusos y explotaciones que cometen y han cometido los partidos que nos han gobernado y nos gobiernan, no se podrán erradicar más que proclamando la III República.